Ático sin ascensor (2014), de Richard Loncraine – Crítica

Ático sin ascensor

Es difícil desprenderse de algo que está envuelto en recuerdos, sobre todo si se ha llegado a la tercera edad en perfecto estado de armonía. Pero también es difícil resistirse cuando el boom inmobiliario induce a la especulación y se percibe que se tiene más pasado que futuro, con más nitidez, si cabe, al subir cinco pisos sin ascensor. No hay nada en esta película que no sea real como la vida misma, de ahí que calificarla de “drama” parece excesivo. Es seguramente una película sobre la tercera edad, sobre la degradación de la vida en las grandes ciudades, sobre el tiempo pasado, y sobre todo sobre nuestro momento histórico que parece hecho a partes iguales de vulgaridad, irrelevancia, riesgos e inestabilidad.

Podemos aconsejar sin fisuras esta película a los seguidores de Morgan Freeman y Diane Keaton. A ellos les corresponde defender un guión flojo y desaprovechado en muchos momentos, a pesar del buen punto de partida. A pesar de sus largas trayectorias profesionales (la de Freeman se remonta a mediados de los años sesenta y la de su compañera de reparto se inició en el teatro en 1968 con la representación de la ópera rock ‘Hair’ en Broadway) nunca habían coincidido en una misma película. En los setenta ambos ya eran suficientemente conocidos (Freeman era uno de los inolvidables presidiarios que acompañaron a Robert Redford en ‘Brubaker’ 1980, mientras que Diane Keaton había alcanzado una temprana fama como novia de Michael Corleone en ‘El padrino’ 1972), pero sus carreras profesionales derivaron en direcciones distintas.

Cuando hace poco comentábamos la película ‘Ricki’, decíamos que uno de los aciertos de Meryl Streep es haber sabido envejecer con dignidad, fuera de cualquier cirugía estética, y evitar la tentación de mantener (o intentar mantener) la misma tersura del rostro en el primer siglo de vida y unos labios progresivamente hinchados que hagan olvidar esos ojos cada vez menos brillantes que ningún quirófano puede restablecer. Pues bien, eso mismo puede decirse de los dos protagonistas de ‘Ático sin ascensor’, que si han sido elegidos para protagonizar esta película es porque asumen sus papeles otoñales con toda naturalidad y sin intentar engañar al paso del tiempo.

Esta es una película en la que los actores interpretan los crecientes problemas que van apareciendo a medida que la madurez va siendo reemplazada por la tercera edad. Bordan las interpretaciones seguramente porque en toda su carrera han interpretado los más inverosímiles registros y porque siempre han tenido particular interés en cuidar los papeles que interpretan.

Indudablemente, la carrera de Diane Keaton fue durante un tiempo inseparable de Woody Allen, pero también fue capaz, en los años que convivió con él, de ser nominada al Oscar a la mejor actriz en ‘Reds’ (1981) rodada poco después de que protagonizara ‘Interiores’ (1979), casi una consecuencia de ‘Annie Hall’ (1977).

En lo que se refiere a Freeman, que recordemos viene realizando papeles de anciano desde que encarnó a Ned Logan, un pistolero que había vuelto sobre sus pasos en ‘Sin Perdón’ (1992), película en la que borda incluso su papel como cadáver expuesto en el ataúd a la entrada del “salón” Far West. Antes ya nos había emocionado con ‘Paseando a Miss Daisy’ (1989) y volvería a hacerlo como policía en ‘Seven’ (1995), y mucho más reciente en ‘Oblivion’ (2013). Si hemos elegido estos títulos es porque ninguno se parece al anterior, y todos ellos son muestra de la versatilidad de este actor que está próximo a los 80 años, nueve más que Diane Keaton.

Si esto es lo que puede decirse de los dos pilares de la película, conviene recordar también la trayectoria del director Richard Loncraine, un británico modelado por la BBC, polifacético y que se prodiga poco (apenas once largometrajes en cuarenta años y otras tantas tele-movies). Recordamos, por ejemplo, ‘El Misionero’ (1982) protagonizada por Michael Palin (ex Monty Python, por entonces todavía en ejercicio) y ‘Ricardo III’ (1995), adaptación de la obra de Shakeaspeare a los años treinta en los que el fascismo progresaba y que mereció ser nominada a varios Oscar. Recibió premios de la BAFTA y obtuvo el Oso de Plata al Mejor Director en el Festival de Berlín. Loncraine, a pesar de una filmografía más bien escasa, no es ningún primerizo y esto se nota en el dominio de la cámara, en las escenas de interior y en el manejo de flashbacks.

Gracias al buen oficio de Loncraine y de la pareja protagonista, lo que debería ser solamente la toma de decisión sobre la venta de un apartamento en Brooklyn, se convierte en un repaso a la situación de la sociedad neoyorkina y a sus reacciones ante el fenómeno del terrorismo, la creciente degradación de las condiciones de vida en la Gran Manzana, la escasa educación de las nuevas generaciones y las particularidades psicológicas de buena parte de la población, sus manías, el negocio de los veterinarios cuando estamos enamorados de nuestras mascotas y, en definitiva, los miedos que rodean a una pareja que irremediablemente van derechos a la ancianidad. Y todo para intentar subirse al carro del boom inmobiliario, ese pretender vender y comprar algo con prisas, como si cruzando la calle estuviéramos en la acera de la felicidad, como si el prado que viéramos al otro lado nos pareciera el más verde que hayamos contemplado sin darnos cuenta de la frescura y la vitalidad de la hierba que estamos pisando.

Falla el guión. Escrito por el canadiense Charlie Peters, no apura las posibilidades del tema e incluso deja algunos puntos oscuros. Le faltan sorpresas, situaciones de clímax, giros inesperados, tanto como le sobran algunas metáforas demasiado forzadas; hubiera sido de agradecer la irrupción de lo inesperado en algún momento. El espectador no lo advierte mientras dura la proyección porque está entretenido siguiendo las interpretaciones de la pareja protagonista y solamente cuando se encienden las luces de la sala, cae en la cuenta de que a esta cinta le ha faltado algo para ser una película memorable. Quizás haya sido que el guionista se ha encontrado con que debía respetar las líneas generales de la novela de Jill Clement, ‘Heroic Measures’, y no haya tenido libertad suficiente como para hacer evolucionar la narración por caminos más llamativos.

Al acabar la proyección uno no puede evitar experimentar una sensación agridulce, pero el espectador no debe abandonar la sala de proyección o de lo contrario se perderá los créditos acompañados por la deliciosa balada “Have I told you lataly That I love you” de Van Morrison. Cuarenta años de matrimonio hacen que la pareja reaccione como una sola persona, sin embargo dudan a la hora de tomar una decisión (la venta del apartamento), y la gente que les rodea, así como el contexto, parece sugerirle que el número de tarados por metro cuadrado va aumentando de día en día. Bueno, pues a pesar de todo esto, si uno decide seguir viviendo, no le queda más remedio que hacer todo lo posible por ser feliz. Tal es el mensaje positivo de la película. Sean felices ustedes también.

Ático sin ascensor

Sinopsis Una pareja casada desde hace muchos años pasarán un fin de semana lleno de emociones cuando se ven obligados a vender su querido apartamento de Brooklyn.
País Estados Unidos
Director Richard Loncraine
Guión Charlie Peters
Música David Newman
Fotografía Jonathan Freeman
Reparto Morgan Freeman, Diane Keaton, Cynthia Nixon, Claire van der Boom, Korey Jackson, Carrie Preston, Sterling Jerins, Josh Pais, Miriam Shor
Productora Focus World / Manu Propria Entertainment / Revelations Entertainment / Latitude Productions
Género Drama
Duración 92 min.
Título original 5 Flights Up aka
Estreno 04/09/15

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Calificación5
5

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Amor Díaz Boyero

Trabaja en el mundo editorial, y le gusta la arquitectura, viajar, el cine, la robótica-nanotecnología, hacer tortilla de patata, el té y la buena educación.

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