Batman: la Lego Película (2017), de Chris McKay – Crítica

«Ninguna de sus virtudes serviría si Batman: la Lego Película no fuera graciosa, ¿no? Pues bien. Es desternillante.»

Todos los géneros cinematográficos tienen sus puntos fuertes, pero la comedia es especial. El humor ayuda a lanzar mensajes, a definir personajes que parecían indefinibles y a conectar con el público de forma más profunda.

Cuándo yo estudiaba Comunicación Audiovisual, había algo que nos repitieron varias veces: que la comedia funcionaba al revés que el drama. Esto quiere decir que, claro, en el drama lloras cuando alguien sufre y que en la comedia te ríes.

Bien. Esta afirmación es una estupidez y una mentira monstruosa. Cualquier persona que predique semejante mantra, dentro o fuera de la universidad, sabe muy poco de cine.

Para empezar porque, en caso de ser cierto, lloraríamos cuando en una comedia viéramos triunfar al héroe, porque nos daría una pena tremenda. No sólo no ocurre eso sino que nos emocionamos con las victorias de los personajes cómicos, muchas veces incluso más que con otro tipo de héroes, pues los vemos más humanos, más cercanos. Precisamente porque conocemos sus defectos de cerca, porque hemos reído con sus fracasos y sus desmanes, precisamente por eso, deseamos su éxito con aún más fuerza.

¿Acaso la recreación en clave de humor de la clase obrera de Full Monty provoca que despreciemos a los personajes? No. ¿Acaso los chistes de La última cruzada la inhabilitan como una memorable epopeya de aventuras? No. ¿Acaso la ironía de La princesa prometida hace que la película sea menos intensa o romántica? No.

Los artífices de Batman: la Lego Película saben perfectamente que sólo les han dado cien millones de dólares porque hay una empresa que quiere promocionar sus juguetes. Que están utilizando un personaje archiconocido porque eso asegura un mínimo de taquilla. Que el público va a estar formado mayoritariamente por chavales a los que les da igual si la cosa sale bien o mal. Que el propio título de la cinta parece inhabilitarla para los Oscar. Pero se niegan a resignarse, a poner en movimiento la maquinaria del cieno y dejar que los planos se sucedan hasta rellenar cien minutos. Muy al contrario, Chris McKay (director de numerosos sketches de Robot Chicken) ha reunido un buen equipo de guionistas y, juntos, han puesto todo su ingenio y su esfuerzo en una comedia que funciona a muchos niveles.

Sí, esta es una buena película.

Lo curioso es que Batman ha sido, o bien protagonista, o bien un elemento fundamental en numerosos largometrajes en los últimos años… ¡y este es el mejor de todos! ¡Con mucha diferencia!

Mucho se ha dicho de Batman contra Superman y no tiene sentido que vuelva a criticarla aquí pero, si tiene un defecto destacable (más allá de los numerosos baches argumentales) es que no entiende a sus personajes lo más mínimo. No sabe por qué Batman y Superman tienen que llevarse mal, de forma que trata de justificarlo con que eso ya ha pasado antes en las viñetas. El guion descontextualiza frases y escenas de los comics a lo largo de dos interminables horas en las que no ocurre nada en absoluto, para resolverlo todo a base de tortazos. Desde el primer minuto, el supuesto “héroe” de Gotham es un psicópata que desea asesinar al alienígena de la capa roja, misión que ocupa la totalidad de su trama. Pero claro, al final tienen que hacerse amigos. De forma que, sin haber construido un arco de transformación lógico, el personaje cambia de opinión en el último minuto ¿Y cómo se relaciona con Alfred, su eterno aliado? De ninguna forma. En versiones anteriores, el mayordomo utilizaba el sarcasmo para dar consejos a Wayne el cual, con una media sonrisa, da a entender que no es totalmente ajeno al mundo que le rodea. En el infame filme de Zack Snyder, Alfred insulta abiertamente a su amigo el cual no reacciona de ningún modo. Es decir, no hay interacción entre personajes. Es un diálogo de besugos.

Los elementos estéticos pueden ser correctos, pero no existe el menor interés en los “por qués”.

Tres cuartos de lo mismo ocurre en El escuadrón suicida. Los personajes son coloridos y parecen tener voz propia, pero sólo en la superficie. Carecen de la menor consistencia interna, del menor crecimiento o del menor interés dramático. Harley Queen no aprende a alejarse de la influencia de Joker, Deadshot no aprende a dejar de tomar “malas decisiones” y el Capitán Boomerang… bueno, ni yo sé lo que pretendían hacer con ese personaje. En una escena de glorioso ridículo, Rick Flag, que se supone que es el “péndulo moral” del equipo, observa como su jefa asesina a un montón de gente inocente y reacciona únicamente con un “pues bien, pues vale. Tampoco les conocía de nada”.

No todas las películas necesitan arcos de transformación obvios, pero es que hay algunas historias que lo piden a gritos, sobre todo cuando la estructura da a entender que las cosas han cambiado y tu primera reacción como espectador es decir “pues no veo cómo”.

Hay otras dos películas de 2016 que han sido terriblemente decepcionantes: los largometrajes de animación La broma asesina y El retorno del enmascarado. En la superficie, no pueden ser más distintos. El primero es una adaptación ultraviolenta de un comic de Alan Moore, en la cual se deconstruye tanto a Batman como a Joker. El otro es una recreación de la mítica serie de 1966 con las voces originales de Adam West y Burt Ward en los papeles que les hicieron famosos. En ambos filmes se puede ver una falta de entendimiento total de lo que hacía interesante el material original. En el primer caso se intenta solucionar un supuesto caso de “sexismo” (que no era tal) con un montón de escenas inútiles que provocan una obligada lectura psicosexual de la segunda mitad que convierte el relato, ya no en sexista, sino en una cosa de una misoginia monstruosa. En el segundo caso, se intenta construir algo ligero y divertido para toda la familia, pero se fracasa estrepitosamente, con un humor que no funciona, una acción repetitiva, unos personajes privados de sus rasgos de personalidad más característicos (más allá de un par de “latiguillos”) y demostrando en cada secuencia una falta de imaginación preocupante (cosa de la que, en ningún caso, se podía acusar a la serie de los 60). No hablamos de superproducciones, sino de cintas de bajo presupuesto destinados al mercado doméstico… pero eso no debería justificar una dirección plana y un guion mediocre.

Las mejores parodias son aquellas con cierto apego a la realidad, en las cuales se exageran cosas que sabemos ciertas. Y todo el humor de Batman: la Lego película parte de una comprensión profunda del personaje, de su universo y de sus fans. Esta película sería imposible sin el “Dark Knight Returns” de Frank Miller, al cual referencia una y mil veces. Del mismo modo, tampoco podría existir sin los filmes de Nolan, que acercaron al gran público algunas ideas fundamentales de los comics que, hasta entonces, no habían sido exploradas en el cine. Por ejemplo: el hecho de que Bruce Wayne sea la máscara y Batman la identidad verdadera. O la extraña relación simbiótica entre Batman y Joker.

La historia que hoy nos ocupa sitúa al hombre murciélago en una situación de depresión y soledad permanente. A ojos de los demás, su vida es envidiable: es un superhéroe millonario que viste de negro, machaca a los malos y conduce una amplia variedad de lujosos vehículos. Pero, al final, es todo fachada. En su vida personal es un niño malcriado, antipático, huraño, y un tanto violento. Pasa las horas muertas viendo la comida dar vueltas en el microondas y viendo comedias románticas. Batman, por muy molón que parezca, no deja de ser un hombre (o una figurita de Lego) y, como tal, tiene necesidades humanas. No se atreve a abrirse a los demás y, por este motivo, vive encerrado en una isla, metafórica y literalmente. A partir de aquí, la película explora cómo semejante individuo aprende a confiar en los demás y cómo esto cambia su vida… ¡igual que en Mejor imposible!

Lo interesante es que el arco de transformación del héroe nos afecta de una manera extraordinariamente emotiva. Porque está trabajado en cada diálogo, porque está integrado en la narración de forma que es indisoluble de la misma y, sobre todo, porque nos vemos reflejados en los personajes y en sus decisiones.

No hay nada necesariamente “nuevo” en la interpretación que se hace de los susodichos personajes. Muy al contrario, es la sintetización de lo que ya sabíamos lo que hace que funcionen tan estupendamente. Una sintetización en clave de humor, claro, y mostrando absoluto respeto hacia estos seres de ficción que tan importantes han sido en la cultura popular.

Y es que Alfred siempre ha sido el auténtico padre de Bruce Wayne, y no esa desgraciada pareja que muere en el callejón del crimen. Robin siempre ha sido su hijo. Batgirl siempre ha sido su “extraña compañera de trabajo”. En los tebeos se llamaba a este pintoresco grupo “la bat-familia”, término que se utiliza en la película de forma literal. No sólo resulta adecuado, sino, además, enternecedor.

Pero de nada serviría todo esto si la película no fuera graciosa, ¿no? Pues bien. Es desternillante.

Ya desde el primer minuto, la voz ronca del superhéroe nos informa que todas las películas buenas empiezan con una pantalla en negro y que, por cierto, él tiene nueve abdominales. En otra ocasión, contemplamos el origen del disfraz de Robin que es, obviamente, una versión Reggae del traje de Batman sin pantalones. Después de cada momento triste, hay una carcajada esperando a la vuelta de la esquina y algún delirio visual para mantener ocupado la parte reptiliana del cerebro. Si hace falta, se rompe la cuarta pared, la quinta o la sexta. A esto hay que sumarle un ritmo loquísimo que aplica sin piedad la norma de “tres chistes por minuto”. ¡Desviar la mirada puede hacer que te pierdas un chascarrillo brillante!

El guion también incluye multitud de guiños y referencias que sólo entenderán los fans más acérrimos del personaje, cómo el hecho de que Dos Caras tenga un curioso parecido con Billy Dee Williams (al cual dobla en la versión original) o la breve aparición de Vincent Price como Cabeza de Huevo.

Cuándo la trama se complica ya no sólo se acude a la galería de villanos de DC sino a la galería de Warner Brothers al completo… lo cual resulta hilarante y del todo disparatado.

No creamos que hacer reír es fácil, maldición, y menos cuando se examina psicológicamente a un personaje con un millar de historias a sus espaldas. Al final, podemos divertirnos mucho, pero no se deja de lado el conflicto interno. Estamos hablando del dolor de la pérdida y de la necesidad de aceptar nuestras propias vulnerabilidades para llegar a sentirnos completos como seres humanos… ¡y todo esto utilizando juguetes que hablan y caminan! ¡Qué osadía!

Sé que es feo hablar de estadísticas, pero hay una buena razón por la cual Batman: la Lego película ha conseguido una nota media de 8.1 en Internet Movie Database y un 90% en Rotten Tomatoes. Eso en lo que respecta a la crítica, claro, pero confío que el éxito de taquilla sea similar.

Y ahora, amigos míos, amados lectores, voy a ser totalmente sincero.

Quien esto escribe tiene un conjunto de experiencias y de rarezas muy concreto que le ayudan a disfrutar especialmente con una película de Batman protagonizada por figuritas de Lego y en la que aparecen nada menos que Sauron y el Kraken de Furia de titanes. No soy objetivo (nadie lo es). Pero lo que hace formidable este curioso experimento no es su estética, en absoluto. Lo que hace formidable este curioso experimento es que es gracioso y es humano. Muy gracioso y muy humano.

Recordad: siempre hay que apostar al negro.

Sinopsis En esta ocasión, el irreverente Batman, que también tiene algo de artista frustrado, intentará salvar la ciudad de Gotham de un peligroso villano, el Joker. Pero no podrá hacerlo solo, y tendrá que aprender a trabajar con sus demás aliados.
País Estados Unidos
Director Chris McKay
Guion Seth Grahame-Smith, Chris McKenna, Erik Sommers, Jared Stern, John Whittington
Música Lorne Balfe
Género Animación
Duración 104 min.
Título original The LEGO Batman Movie
Estreno 10/02/2017

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Calificación7.5
7.5

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Enrique Dueñas

Enrique Dueñas , escritor y guionista, aficionado al género fantástico y la tarta de queso.

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