Confessions (2010), de Tetsuya Nakashima – Crítica

«Confessions trata el tema de la venganza, y hace una crítica a la (poca) actuación de la ley contra criminales menores»

Tetsuya Nakashima apareció en el panorama internacional a principios de los años 2000 con películas tales como Kamikaze Girls o Conociemdo a Matsuko. Con su filme Confessions, que fue elegida para representar a Japón en los Oscars (finalmente no seleccionada), fue con la que ganó un mayor reconocimiento.

告白, Kokuhaku en rōmaji o Confessions en inglés, es un largometraje japonés dirigido y escrito (basado en la novela de Kanae Minato) por Nakashima, estrenado en 2010 por primera vez en Japón.

El título hace referencia a la trama principal, en un argumento en que los protagonistas irán confesando sus crímenes hasta llegar a la apoteósica confesión final que rematará el ciclo de venganza: el último día de clase, Moriguchi, una profesora de secundaria, decide hacerles a sus alumnos una confesión: su hija, muerta accidentalmente ahogada hace unas semanas, fue en realidad asesinada, y los autores de aquel crimen estaban entre aquellas cuatro paredes: el Alumno A (Shuya) y el Alumno B (Naoki). Además, les confiesa que les ha infectado a ambos con el VIH como castigo.

Cuando un occidental piensa en una típica clase japonesa se imagina una clase diligente, ejemplar o al menos con un respeto hacia el profesor que nosotros hemos ido perdiendo progresivamente. Todo esto a causa de la importancia tan grande que se da entre los japoneses a sacar buenas notas y a respetar a la figura del profesor, su guía en los estudios. Sin embargo, Nakashima nos presenta una clase indisciplinada, que interrumpe con cualquier tontería a la profesora, que están con los móviles, que responden a lo que se les dice y hacen, en definitiva, lo que quieren. Además, a lo largo de la película se intercalan escenas en las que alumnos acosan a otros, les pegan, en la azotea del edificio. No dudan a la hora de juzgar y de actuar todos contra los parias. La clase se convierte en un personaje colectivo y resulta siendo casi el peor monstruo.

Se trata tanto el tema de la venganza ciega, que llega hasta límites insospechados y bajo el cual también se hace una crítica a la poca actuación de la ley contra criminales menores y el omnipresente tema de la madre que afecta a todos y cada uno de los personajes de formas diferentes: una madre que pierde a su hija, un hijo rechazado por su madre y otro con una demasiado sobreprotectora.

Confessions, pese a tener muchos giros, no deja de tener una introducción de casi más de media hora que podría ser perfectamente un mediometraje independiente. Algo que choca bastante y que pocos directores se atreven a hacer ya que la regla básica es 20% de introducción, 60% de desarrollo y 20% de final, o incluso menos.

Esta película ha sido “acusada” de tener una estética, un estilo, propio de los videoclips. Ya que, dentro de la misma, la música cobra gran importancia y mientras se reproduce una canción, por ejemplo, vemos escenas a cámara lenta, escenas relevantes que nos informan de lo que va pasando de una forma muy visual. El encargado de la banda sonora, Toyohiko Kanebashi, recurre a lo largo de todo el filme de bastante música prestada. El argumento, nada agradable y violento, se ve reforzado mediante el contrapunto de musiquillas amenas y juguetonas como con Milk de Takeshi Shibuya o Gloomy del grupo Boris que contrastan con realidades totalmente opuestas a lo que transmitirían sin esos vídeos.

A lo largo de toda la película el narrador va cambiando entre los protagonistas para ir contando poco a poco y en montaje paralelo cómo se van desarrollando sus vidas. Sin embargo, la última confesión, la que resuelve toda la enjundia la narra Moriguchi, la profesora interpretada por Takako Matsu (La casa del tejado rojo, La espada oculta ).

Confessions tiene alguna que otra escena perturbadora no muy agradable fruto de la locura a la que sucumben algunos de los personajes y una cantidad considerable de planos cenitales en los que normalmente no sucede gran cosa sino que nos recuerdan más a un cuadro, con una composición interesante y de un momento destacable.

Confessions

Shuya (izquierda) y Mizuki (derecha). El primero aparece atado con cinta americana, presa del acoso de sus propios compañeros. Sus figuras en el plano recuerdan a la figura del yin y el yang: dos fuerzas fundamentales opuestas y complementarias, en este caso más complementarias que opuestas ya que ambos personajes vivirán un breve romance.

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