La cabaña (2017), de Stuart Hazeldine – Crítica

«El problema de La cabaña no radica en el prisma espiritual, sino en condenar o culpabilizar cualquier otro punto de vista posible»

Exponer o vender cierto discurso religioso al espectador puede traer nefastas consecuencias y provocar un rechazo inmediato. Más aún, si se realiza con una seguridad pasmosa y se retratan de forma simplona e infantil ciertos temas espinosos como la muerte, la superación o la venganza. El problema no radica solamente en el prisma espiritual sino en condenar o culpabilizar cualquier otro punto de vista posible. Tratar de forma tajante cómo afrontar la vida y la muerte o resaltar el discurso del perdón y el sacrificio desde la imposición, no es otra cosa que un acto de necedad, independientemente de tu condición religiosa. La cuestión es no tomar al espectador por idiota y elaborar concienzudamente una obra que plantee dudas, que sugiera, o en el mejor de los casos que produzca cierta inquietud moral. Notables ejemplos sobre crisis espirituales hemos visto en manos de maestros como Scorsese (La última tentación de Cristo, KundunSilencio) o Bergman (El séptimo sello) que supieron crear con astucia una fábula o una reflexión sobre la fe sin aplicar un enfoque obtuso, o lo que es peor, sesgado y moralista.

La Cabaña de Stuart Hazeldine nos muestra la historia de Mack Phillips (Sam Worthington), el padre de una familia perfecta y devota que tras el asesinato de su hija sufre una profunda depresión y una crisis de fe. Tras largos meses de desesperación, Mack recibe una misteriosa carta firmada por Dios para reunirse con él en la cabaña donde su hija fue asesinada. Allí deberá encontrar la redención y el perdón al traspasar la barrera de la realidad y convivir con el misterio de la santísima trinidad: Dios, hijo y espíritu santo. Mack se enfrentará así a un duro proceso de reconversión cristiana que provocará un giro de 180 grados en su vida y en la de su familia.

Suena disparatado y absurdo, y ciertamente lo es, pues el trinomio espiritual parece una mala parodia de Saturday Night Live que trata de enchufarnos una buena dosis de optimismo. Desde su inicio, La Cabaña es un film desastroso que nos vende pura propaganda eclesiástica mezclada con el peor de los libros de autoayuda y cuyo único propósito parece ser culpabilizar a los escépticos y engatusar a los más crédulos con un sermón barato y edulcorado. Dos horas y cuarto con el regusto de una película de sobremesa convertida en comedia involuntaria y que eleva su absurdez al máximo exponente. Este producto de lágrima fácil y mal gusto estético debería haberse replanteado en la fase de preproducción, partiendo de su lamentable elenco encabezado por un Sam Worthington inexpresivo y forzado (ridículas conversaciones con Octavia Spencer). En definitiva, una innecesaria inyección de moralina caducada que todo organismo sano rechazara de entrada y que provocará la estampida en sala de cualquier espectador sensato.

Sinopsis Después de sufrir una tragedia familiar, Mack Phillips (Sam Worthington) cae en una profunda depresión que le lleva a cuestionar todas sus creencias. Sumido en una crisis de fe, recibe una enigmática carta donde un misterioso personaje le cita en una cabaña abandonada en lo más profundo de los bosques de Oregón. A pesar de sus dudas, Mack viaja a la cabaña, donde se encontrará con alguien inesperado. Este encuentro conducirá a Mack a enfrentarse a importantes verdades, que no solo transformarán su comprensión de la tragedia, sino que harán que su vida cambie para siempre.
País Estados Unidos
Director Stuart Hazeldine
Guion John Fusco, Andrew Lanham, Destin Daniel Cretton (Novela: William Paul Young)
Música Aaron Zigman
Fotografía Declan Quinn
Reparto Sam Worthington, Octavia Spencer, Tim McGraw, Radha Mitchell, Graham Greene, Megan Charpentier, Ryan Robbins, Gage Munroe, Jordyn Ashley Olson, Alice Braga, Sumire Matsubara, Avraham Aviv Alush, Lane Edwards, Carolyn Adair
Género Drama
Duración 132 min
Título original The Shack
Estreno 06/10/2017

Calificación1
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