El periodismo según “Matar al mensajero”

Matar al mensajero

El mundo actual es uno moldeado por las tecnologías de la información (TIC), constituyendo así una sociedad de la información (SI). Esta sociedad está caracterizada por la capacidad que tienen los usuarios de acceder a información de casi cualquier clase, con una tremenda facilidad de alimentarse de conceptos y teorías. No obstante, este mundo se ve amenazado por un batiburrillo de falacias y medias verdades, aludiendo a una autodenominada sociedad de la desinformación.

Matar al mensajero (Michael Cuesta, 2014) trata de poner al espectador en conocimiento, tratando un hecho basado en la realidad, acercándonos más a la cruda situación actual que causa estragos en el mundo del periodismo.

Gary Webb – interpretado por Jeremy Renner – es un periodista de un determinado diario. Cierto día, tras recibir una llamada para cubrir una historia, observa algo extraño que no encaja. Incidiendo en el tema y recurriendo a la investigación, descubre una conspiración que relaciona a la CIA y a la guerra del narcotráfico.

Matar al mensajero

“¿Seguridad nacional, crack y cocaína en la misma frase? ¿No le resulta extraño?”

Actualmente en muchos países, el periodista honesto no predomina en el campo, tornando en un periodista que prefiere alterar la realidad para enganchar a más lectores, generando más ingresos y lecturas, pero sobretodo controversia. Desgraciadamente, el periodista honesto se encuentra en peligro de extinción, y en una situación de busca y captura en muchos otros países. Este periodista piensa que la verdad debe ser un derecho accesible para todos, hasta que se ve en la encrucijada entre compartir la historia o guardársela y olvidarse, siempre por temor hacia su propia vida y la de los que le rodean ante las amenazas de unos u otros.

Nuestro Gary Webb es uno de esos periodistas honestos. Cubriendo una simple historia, descubre una traza conspirativa. Al principio todo marcha normal, pero a medida que se va acercando al núcleo, va llamando la atención y se gestionan las amenazas. El miedo a relatar los hechos es algo que Gary decide afrontar, pues está en juego desvelar una verdad que afecta a la confianza y a la seguridad de toda la nación.

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“Hay historias demasiado reales para contarlas”

Esta conspiración es una que relaciona a la CIA y al narcotráfico, habiendo esta permitido y potenciado la proliferación de la droga por las calles de muchas ciudades para financiar una guerra ilegal. La trama es encubierta y enterrada, por supuesto, y no están dispuestos a que nadie desentrañe los misterios de la oscura trama que se llevó a cabo.

Cuando la CIA se entera de que Gary se está acercando a la verdad, le ponen la zancadilla. Tras superar los obstáculos que le colocan, amedrentada y violenta, procede a las amenazas. Y es tras sufrir estas amenazas cuando Gary comprende que la situación es más grave de lo que él pensaba, y debe tomar la decisión más importante de su vida: decidir si lo comparte o no.

La CIA comienza a acosarlo, calumniando y acechando desde las sombras, manchando su relación familiar, atentando gravemente contra su cordura y machacando su reputación de periodista, valor más importante que poseen.

Matar al mensajero

Este marco argumental se corresponde con el contexto actual de la historia del periodismo. En los medios de información es difícil encontrar información que sea verídica en su totalidad, pues la mayoría de los grandes medios se encuentran a disposición del dinero, del poder, del gobierno y del miedo y, por tanto, cuentan lo que les conviene y moldean la historia según su beneficio.

Al final, los periodistas honestos pueden ser considerados auténticos soldados al servicio del bien y del orden, arriesgando sus vidas para relatar hechos veraces que se hayan ocultos ante una bruma de falsos juicios y corrupción. La propaganda y el periodismo pueden llegar a ser las armas más mortíferas del siglo XXI y cada vez son menos los periodistas que se atreven a tratar con casos de tal magnitud.

Gary Webb no es uno solo. Gary Webb es muchos. Son muchos los periodistas honestos que no ignoran la ética y marchan tras la verdad, tratando de documentarla y divulgarla. Pero son demasiados los que son castigados por ello, acusados y encerrados por crimen de pensamiento, o incluso siendo asesinados en los países más radicalizados.

La verdad es un derecho para todos, y debe ser accesible para todo el mundo. Ser alimentados por falacias y medias verdades nos convierte en autómatas al servicio del mejor mentiroso, incapaces de elaborar juicios sensatos y racionales y alimentando al analfabetismo. Como dijo G. Orwell en su célebre ‘1984’: “La ignorancia es el poder.”

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