Roma (2004): Memorias ante el río de la vida

Roma

«Roma nos hace partícipes del tortuoso proceso de escritura de un libro autobiográfico. Del miedo de un novelista a desnudarse ante sus lectores, de los recuerdos que acechan insistentes en la memoria y que golpean sin miramientos tras el paso del tiempo»

En Roma, Adolfo Aristarain narra con lirismo y sensibilidad la vida de un escritor desde su más tierna infancia en la Argentina de los años cincuenta hasta su vejez en un apartado pueblo de la Sierra de Madrid.

Cuenta con profunda sinceridad los anhelos, vivencias y crisis existenciales de un joven apasionado de la literatura en unos tiempos convulsos, donde el amor libre y las reivindicaciones estudiantiles se daban la mano en conversaciones nocturnas sobre temas tan dispares como el jazz y la política.

Roma nos hace partícipes del difícil y tortuoso proceso de escritura de un libro autobiográfico. Del miedo de un novelista a desnudarse ante sus lectores, de los recuerdos que acechan insistentes en la memoria y que golpean sin miramientos tras el paso del tiempo.

Recuerdos de una madre que servirá de guía en el difícil tránsito a la madurez. Mujer independiente, liberal y sincera. Comprensiva y fiel respecto a las decisiones vitales de un hijo al que apoyará hasta las últimas consecuencias. Es tal la importancia del personaje materno en la trama, que su nombre da título al film. Melancolía por un amor interrumpido y cuya huella quedará en el corazón de un escritor que lleva grabado en su rostro el signo de la tristeza y la soledad. Nostalgia de un tiempo pasado donde la felicidad residía en acompañar a la mujer amada a su casa mientras la noche arropaba una conversación sobre las lecturas favoritas de cada uno. Tristeza por amigos perdidos en la lucha contra regímenes dictatoriales. Palabras que nunca se dijeron y que pugnan por salir cuando ya es demasiado tarde. Consejos paternales para afrontar la pena y la desolación. Todo esto es lo que rememora el viejo escritor ante el vacío de la página en blanco.

José Sacristán compone un personaje memorable. Escritor solitario cuya vida transcurre entre música de Brahms y lecturas de Kipling mientras espera el final de sus días.

Juan Diego Botto da vida el escritor durante su juventud y al ayudante de este durante la escritura de su testamento literario con la finalidad de llevar a cabo un juego temporal en el que el espectador tenga la siguiente sensación; escritor y lector son uno solo, dando a entender que la literatura es un proceso de identificación entre personaje y lector.

El film nos deja secuencias memorables, como aquella en la que el padre del protagonista le explica durante su niñez el sentido verdadero que tienen los ríos y que tiempo después replicará solitario, junto al arrullo del agua en un monólogo que debería estudiarse en las escuelas de interpretación y donde Sacristán nos hace partícipes de la vulnerabilidad de su personaje.

Roma es un retrato certero de las etapas vitales, del paso del tiempo y la perdida. De amor maternal incondicional. De sentimientos que acorralan durante años. De pensamientos que hay que lanzar en voz alta, para que las corrientes del río de la vida se los lleven y quedarnos, aunque únicamente sea con eso, con nuestra tristeza.

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