Salvaje (Wild, 2016), de Nicolette Krebitz – Crítica

Salvaje

«Salvaje huye de lo políticamente correcto, tratando de provocar al espectador a base de zoofilia, escatología, etc.»

Todos tenemos un lado salvaje. Casi oscuro, oculto incluso para nosotros mismos. Un Mr. Hyde particular, dispuesto a tomar el mando en el momento menos pensado. Afortunadamente, en la mayoría de las ocasiones, nuestra mente racional es capaz de mantener el control. Otras, sin embargo, ese lobo estepario convive junto a nosotros, como un (in)cómodo invitado que no tiene intención de partir y que nos acerca, peligrosamente, al animal primigenio que todos somos en última instancia.

Ania, la protagonista de Salvaje (Wild), es una joven introvertida, sumamente apocada, que vive en un mundo con el que no ha logrado conectar. En una sociedad que no entiende, y de la que se mantiene distante, casi aislada. Su existencia está marcada por graves carencias comunicativas. Aunque quiere a su hermana, no soporta al cretino de su cuñado. En el trabajo, es menospreciada tanto por sus superiores como por sus compañeros. Y su abuelo, la persona más importante de su vida, se encuentra en coma debatiéndose entre la vida y la muerte.

Todo cambiará el día en el que un lobo se cruce en el camino de Ania. Dispuesta a dar caza al animal, la joven experimentará una insana obsesión que le llevará, lentamente, a perder el juicio. En su atracción (física y emocional) por el cánido, descuidará su aspecto, su trabajo, su integridad, su salud mental y sus relaciones personales, consumiendo energías, tiempo y dinero. ¿Quién es la presa y quién el depredador? ¿Quién es verdaderamente la bestia salvaje?

La actriz Nicolette Krebitz firma su tercer largometraje en solitario (tras Jeans y El corazón es un bosque oscuro) con esta obra de puesta en escena malsana y enfermiza, de planos cerrados y repetitiva banda sonora. Krebitz huye de lo políticamente correcto tratando de provocar al espectador (zoofilia, escatología…), aunque lo hace de una forma burda en exceso. La transformación de Ania nunca llega a resultar creíble, quizá porque sus motivaciones nos son extrañas e incomprensibles. “Ya no quiero ser la misma de antes”, se excusa ante su jefe, como si sus palabras explicaran su particular descenso a la locura.

Es difícil empatizar de modo alguno con Ania, a pesar de la admirable actuación de Lilith Stangenberg, muy física y visceral. Salvaje (Wild) se contagia de la demencia de su protagonista, perdiendo el norte a medida que avanza el metraje. La provocación pronto torna en la más absoluta indiferencia. El drama psicológico resulta vacuo y falto de interés. La búsqueda de uno mismo (o la reafirmación del yo interior), la desconexión respecto al resto de la sociedad, la sensación de soledad o la crisis de la propia identidad quedan aquí ciertamente desdibujadas, muy lejos de lo visto en cintas como la también alemana Oh boy (2012) o la estadounidense Alma salvaje (2014) -con la que comparte nombre en su título original-. Nos encontramos ante un film fallido, un lobo al que rápidamente se le ven las orejas, que en su pretensión de transgredir los límites morales de la sociedad occidental, termina resultando ridículo en su planteamiento.

Salvaje

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Guillermo Gil Gómez

Técnico Superior en Realización de Audiovisuales y Espectáculos y graduado en Periodismo. Entre mis aficiones están el cine, los videojuegos y viajar. Podéis leerme también en mi blog personal, Cámara Subjetivo

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