Suntan (2016), de Argyris Papadimitropoulos – Crítica

 Suntan

«A pesar de que el argumento de Suntan es sencillo, una mezcla entre la típica historia de amor de verano y la del hombre mayor que conoce a una joven y recupera la felicidad, el desarrollo consigue que el metraje sea interesante.»

Si uno está al tanto de las películas que han salido de Grecia en los últimos años no puede evitar que la etiqueta “nueva ola griega” aparezca en su cabeza. Películas como Canino (Lanthimos, 2009), Attenberg (Tsangari, 2010), L (Makridis, 2012) o Boy Eating the Bird’s Food (Lygizos, 2012) se acercan a la realidad de una forma surrealista, absurda, extravagante, algo que no deja indiferente a nadie. La potencia de esta “ola” provoca que el acercamiento a una nueva película griega genere ciertas expectativas y el espectador espere encontrar cierta rareza o extravagancia.

Suntan no se deja llevar por los presupuestos de sus contemporáneos, no surfea la misma ola. Si bien es cierto que Papadimitropoulos presenta cierta rareza en su película, el argumento, así como su desarrollo, son bastante más convencionales. Presenciamos el devenir de un médico cuarentón que empieza a ejercer en una isla griega que en invierno está casi vacía, pero que en verano se llena de turistas. Todo monotonía hasta que llega el verano y conoce a una veinteañera y a su grupo de amigos. El médico empieza a reunirse con los jóvenes y a pernoctar hasta que todo se complica.

El médico encaja en el perfil del perdedor cuarentón que no ha podido crear una familia, no se come una rosca, no es divertido, no es atractivo, etc. El grupo de jóvenes entra como una brisa fresca en su vida, algo que le permite recuperar en cierta manera la alegría y sentirse más joven. Borracheras, fiestas, locuras… Sin embargo, la situación empeora cuando desarrolla sentimientos por la chica del grupo con la que más feeling tiene, llegando a acostarse con ella –con una resolución un tanto triste–. Estos sentimientos desencadenan una conducta que resulta inapropiada para el grupo de jóvenes. Cuando estos hacen una visita de unos días a otra isla sin avisar al médico, éste, cuando vuelven, le pide explicaciones a la chica, mostrando así su preocupación y sus sentimientos por ella. Ésta se queda sorprendida ante sus demandas y desde entonces decide evitarlo. A partir de ahí los sentimientos del médico degeneran en obsesión, hasta llegar a un desenlace bastante turbio.

Uno de los elementos más destacados de la película es su desarrollo. A pesar de que el argumento es bastante sencillo, una mezcla entre la típica historia de amor de verano y la del hombre mayor que conoce a una joven y recupera la felicidad, el desarrollo consigue que el metraje sea interesante. Todo esto bañado con ciertas excentricidades muy de “ola griega” y con un humor bastante acertado, aunque a veces recurre demasiado a las bromas sexuales. El ritmo es bueno, excepto en algún tramo de la segunda mitad en el que se intenta transmitir la misma idea a través de la acumulación de diferentes acciones del médico y resulta algo repetitivo.

Quedan claros los contrastes, por un lado, entre la gente local y los turistas y, por otro lado, entre los jóvenes y el médico, de mayor edad. Conceptualmente, abstrayendo los elementos, la película establece un conflicto entre la dualidad que conforman lo estático y lo dinámico, lo estable y lo efímero. Hay que respetar a la gente local porque son los que están todo el año y los turistas son algo pasajero, pero a su vez la gente de la isla sobrevive gracias a los turistas. Asimismo, los jóvenes son juerguistas, practican el amor libre, quieren pasarlo bien, carpe diem, mientras que el médico, más mayor, se encuentra en el hemisferio de lo estable, estático. La paradoja es que él empieza a desatender a la gente local, a los que están siempre ahí, lo estable, en favor de algo pasajero, del grupo de jóvenes y de una chica que tarde o temprano se irá. El problema aparece cuando él pretende fijar algo que por naturaleza es efímero –bien sea el turista, bien sea el amor libre, de verano, juvenil–. Toda la tensión nace de esa ansia del médico por estatizar algo que es dinámico.

El final es previsible y algo basto en su ejecución, pero resulta muy desconcertante por su ambigüedad. Es evidente que hace hincapié en la dualidad anteriormente mencionada. La contradicción es mayúscula, pues el espectador no conoce el estado de la chica, pero el médico la cura –tras su incapacidad para violarla, ya que no estamos ante un pervertido–. La muerte se presenta como el antídoto ante lo dinámico, un estado que estabiliza para siempre: quita la vida a lo dinámico pero lo hace eterno.

Suntan

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Jaime Fa de Lucas

Graduado en Estudios Ingleses, con un Máster en Estudios Literarios y actualmente cursando el Doctorado. Redactor jefe de cine en Culturamas y colaborador en otros medios. Apasionado de la literatura, el cine y la música, tanto a nivel crítico como creativo.

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