El caso Fischer (2014), de Edward Zwick – Crítica

El caso Fischer

«El caso Fischer es una buena película, superior en ambiciones a otros productos previos que ya habían tratado la imagen de Bobby Fischer.»

Es de agradecer que, además de la figura del ajedrecista (relevante sobre todo para los que se interesan por el ajedrez), esta película sea también un fresco de la Guerra Fría. Así pues, la película es recomendable para los amantes de los biopics y mucho más si sienten pasión por el ajedrez. También a los que se quieran hacer una idea de lo que fue la Guerra Fría desde el punto de vista de los norteamericanos. Y, finalmente, a los que, sin amar nada de lo anterior, quieren entretenerse, porque la película, especialmente en su segunda hora, es amena y está hecha con un buen tono narrativo, mantiene el interés y contiene giros inesperados a los que da pie la excentricidad de los dos ajedrecistas.

El ajedrez es un juego que cuenta con seguidores, pero no es, desde luego, un juego de masas, ni suscita los entusiasmos de la Eurocopa o de un torneo de voley-playa femenino. Ha tenido sus mejores momentos cuando no existía la televisión, ni videojuegos, ni internet. Requiere concentración y técnica, visión global y capacidad de anticipación, intuición, agresividad (era un juego para la casta guerrera, los khsatriyas hindúes) y seguridad, pero sobre toda una claridad mental que no está al alcance de todos, especialmente en esta época con aroma a porro, decibelios disparados y telebasura a tutiplé. De ahí que el guión se centre en el ajedrez, pero considerado desde dos puntos de vista: el perfil psicológico de Fischer y cómo llegó a ser lo que fue, y las características de un tiempo excepcionalmente tenso a escala internacional.

Todos los grandes ases del ajedrez han sido, por un motivo u otro, gente rara. Las cualidades que se requieren para jugar al ajedrez como usted y como yo haríamos, no son las que precisa un Gran Maestro Internacional de primera línea. En España tuvimos el caso de Arturito Pomar, que hizo tablas precisamente con Bobby Fischer en 1962 y que, de niño, fue recibido por Franco cuando ya era una promesa. Pomar terminó haciendo oposiciones a cartero en Cienpozuelos a la vista de que nadie le ayudaba. Incluso tenía que pedir días no remunerados para poder acudir a torneos internacionales. Harto de tener que verse solo y abandonado por el Estado, se retiró en 1977 y murió olvidado por todos hace menos de un mes, en mayo de 2016. Arturito Pomar se merecía un biopic porque lo suyo fue un auténtico “drama español”: un tipo normal bien dotado para el ajedrez por el que el Estado no apuesta ni a sabiendas de que es caballo ganador, sino que lo olvida tras filmarlo unos segundos en el NO-DO.

Dicho sea esto para recordar la memoria de Arturito Pomar y para poner las cosas en su punto: Bobby Fischer, como su rival Boris Vasílievich Spasski,  no eran “normales”, eran genios cuyas personalidades estaban absorbidas por el ajedrez. Había algo en su psique que los hacía radicalmente diferentes. Fischer derrotó a Spassky (no es spoiler explicar quién se llevó la mítica partida de Reikiavik en 1972, como no es spoiler explicar que el Titanic se hunde antes de ver la película que dio gloria a Di Caprio) y lo volvió a derrotar en 1992, cuando un empresario yugoslavo organizó una revancha entre ambos con una bolsa de 3,35 millones de dólares para el ganador y 1,65 para el perdedor. Gano otra vez Fischer. Nunca más se volvió a saber de Spassky, salvo que murió en 2008, tras nacionalizarse francés. A Fischer no le fue mejor: cometió el desliz de decir a una radio filipina que se “alegraba” de los ataques del 11-S y a raíz de la partida de Yugoslavia, los EEUU que había decretado el bloqueo a ese país, le retiraron el pasaporte. Finalmente, en 2004 fue detenido en el aeropuerto de Narita por llevar un “pasaporte no válido”. Pasó unos meses en la cárcel. Se nacionalizó islandés en 2005 (gracias a lo cual pudo salir de la cárcel en Japón) y falleció en 2008. ¿Para cuándo un biopic sobre el derrumbe paralelo de ambos ajedrecistas?

La película refleja muy bien las personalidades anómalas de ambos jugadores, si bien, obviamente, el hecho de que la película tenga nacionalidad norteamericana, inclina la balanza a favor de Fischer que es mejor tratado que Spassky (presentado casi como un ídolo del rock promocionado por el KGB) y, en consecuencia, el director tome partido por los EEUU (que es, a fin de cuentas, a quien representaba Fischer). Esta parte hay que recibirla con enormes reservas: la película, lo que hace, es encuadrar correctamente la “partida del siglo” en Reikiavik dentro de un período histórico concreto (la fase intermedia de la Guerra Fría); lo que cuenta es la descripción del clima mucho más que la veracidad histórica de algunos puntos que narra. En realidad, el enfrentamiento Fischer-Spassky fue la traslación de la lucha por la hegemonía mundial entre EEUU y la URSS, llevada a un tablero de ajedrez. De ahí su importancia.

El director, Edward Zwick, hace un buen trabajo. Curtido en películas en las que destacan Leyendas de pasión (1994), El último samurái (2003) o Diamantes de Sangre(2006), esta entraría dentro de sus mejores realizaciones. Es un director metódico que deja poco al azar y la espontaneidad. Demasiado rígido dicen algunos críticos. No diremos tanto, pero sí es cierto que en sus películas todo es cálculo y se entiende el porqué ha aceptado dirigir esta película sobre ajedrez.

Los papeles principales están bordados y rematados. Es cierto que a Tobey Maguire le falta esa mirada escrutadora e inexpresiva hasta lo inquietante que tenía el auténtico Bobby Fischer, pero realiza una interpretación sobria que demuestra que su papel como Spiderman no le atrapó en la tela de araña de los “super héroes” de guardarropía. En cuanto a Peter Sarsgaard resulta creíble en el papel de “Padre Lombardy”. Y Michael Sthulbarg, a quien recordábamos de su memorable interpretación en Boardwalk Empire (2010-2013) como el gánster judío-americano Arnold Rohstein y encarnando a Edward G. Robinson en la más reciente Trumbo (2015), demuestra aquí también su versatilidad y rigor interpretativo.

Una buena película, en definitiva, superior en ambiciones a otros productos previos que ya habían tratado la imagen de Bobby Fischer. Recordamos especialmente a Buscando a Boby Fischer (1993) de Steven Zaillian que contó con un plantel de actores de primera fila y tuvo una nominación a los Oscars. Y si buscamos alguna película sobre ajedrez accesible, sin duda, toparemos con La defensa Luzhin (2001) en donde John Turturro hace uno de esos papeles de tipo raro que tanto le van y a los que tanto debe. Otro obsesionado por el ajedrez. Aunque hay una que resulta de obligada mención: la inolvidable partida de ajedrez con la muerte que se marca Max von Sydow, en El séptimo sello(1957) ante cuya mención, cualquier otra película sobre el ajedrez palidece. Incluida ésta.

Pero, claro El Séptimo Sello forma parte ya de la historia del cine. El caso Fischer no llegará a tanto pero merece verse. Os gustará.

El caso Fischer

Sinopsis “Pawn Sacrifice” narra la historia de la preparación y del legendario enfrentamiento por el campeonato del mundo entre Bobby Fischer, campeón de ajedrez norteamericano, y el campeón soviético Boris Spassky. El duelo, que tuvo lugar en 1972, en plena Guerra Fría, fue mucho más que un conjunto de partidas para conquistar un campeonato; prueba de ello es que captó la atención televisada de todo el mundo.
País Estados Unidos
Director Edward Zwick
Guión Steven Knight
Música James Newton Howard
Fotografía Bradford Young
Reparto Tobey Maguire, Michael Stuhlbarg, Peter Sarsgaard, Liev Schreiber, Lily Rabe, Conrad Pla, Seamus Davey-Fitzpatrick, Sophie Nélisse, Robin Weigert, Evelyne Brochu, John Maclaren, Andreas Apergis, Ilia Volok, Alexandre Gorchkov, Aiden Lovekamp
Productora Gail Katz Productions / Material Pictures / MICA Entertainment / PalmStar Entertainment / Saga Film
Género Drama
Duración 114 min.
Título original Pawn Sacrifice
Estreno 12/08/2016

Trailer

Calificación7
7

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Amor DiBó

Trabaja en el mundo editorial, y le gusta la arquitectura, viajar, el cine, la robótica-nanotecnología, hacer tortilla de patata, el té y la buena educación.

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