FILMADRID 2018 – DÍA 2

A la hora de contar un testimonio, este puede mutar en infinitas formas de expresión. Si atendemos a las relacionadas al cine, las radiografías sociales nos suelen llegar desde cierto convencionalismo. Sacar adelante proyectos radicales y lejos de la norma supone muchos trámites. Trabas sorteadas por los tres cineastas que abren la Competición Oficial de FILMADRID. La película inaugural era Also Known as Jihadi (2017) de Eric Baudelaire, un nuevo acercamiento a la ‘teoría del paisaje’ de Masao Adachi para estudiar el proceso de radicalización yihadista desde Francia hasta Siria. Un gélido documento que era sucedido por una doble sesión constituida por The Drift (2018) de Maeve Brennan, una elegante combinación de documental y videoarte para incidir en la memoria de Líbano, y Notes on an Appearance (2018) de Ricky D’Ambrose, un tedioso ejercicio de estilo sobre el existencialismo ‘millennial’. No obstante, la proyección excepcional de la jornada fue la apertura del Foco Endless Nights: Die Strasse (1923) de Karl Grüne. Un fabuloso descubrimiento en gran parte por la osadía de sonorizar el filme mudo en directo. De esta manera, el grupo formado por dos músicos y una cantante generaron una experiencia única y revirtieron el relato para conectarle con la actualidad. Un testimonio de 1923 que encuentra un insospechado aliado en el techno. Una coartada perfecta para no olvidar y volver a disfrutar.

 


ALSO KNOWN AS JIHADI (2017), DE ERIC BAUDELAIRE – COMPETICIÓN OFICIAL

Also Known As Jihadi

Recorremos la pantalla y llegamos a un sello de la Policía Nacional de Francia. El plano es el documento oficial de una investigación sobre el yihadismo escaneado. Antes de llegar a la estampa, hemos leído la declaración de uno de los implicados, un joven francés que viajó a Siria con intención de alistarse en el ISIS. Un viaje de ida y vuelta resumido en una de sus revelaciones: “Allí me di cuenta que había idealizado la guerra.” Sentencia que golpea implacablemente en la esencia y la verdad de Also Known as Jihadi de Eric Baudelaire. Este largometraje es la adaptación a la actualidad de la ‘teoría del paisaje’ (fūkeiron) concebida por Masao Adachi, cineasta comprometido con el activismo político. Esta teoría consiste en estudiar las dinámicas sociopolíticas desde la observación del entorno que rodea a un personaje. En 1969, Adachi realizó el film experimental A.K.A. Serial Killer, búsqueda de una nueva narrativa política y una subversión genérica. Un tratado documental-radical en que se muestran los lugares por los que el pasó el asesino en serie Norio Nagayama. De esta forma, se podían estudiar las dinámicas sociales de Japón y su impacto en la psicología de las personas. Si en ese caso, Adachi se centraba en Japón, Eric Baudelaire toma prestado su trabajo para trasladarlo al proceso de radicalización de Abdel Aziz Mekki. Como indica el título (También conocido como Yihadista), ahora la indagación en los paisajes naturales se ha globalizado. A lo largo del metraje, transcurriremos por Francia, Argelia, Turquía, Siria o España. Territorios en los que la única constante es el cielo. En los títulos de crédito, Baudelaire nos da dos pistas. La primera es que los títulos aparecen aleatoriamente por toda la pantalla, recordándonos que no debemos dejar sin observar ningún punto del plano para no pasar por alto ningún detalle. En segundo lugar, la importancia que se le da a la investigación. Entre paisaje y paisaje, se suceden los folios escaneados de múltiples documentos policiales. Declaraciones de los familiares, amigos y del propio Abdel Aziz Mekki. Un complemento a los planos fijos y totalmente objetivos. No veremos el rostro de ningún implicado. Esta narrativa política es cruda, objetiva y gélida. Un tratamiento exigente en las antípodas de la implicación emocional. Tras trabajar como transportista en Francia, la función de Abdel Aziz Mekki en Siria era conducir por la frontera entre Turquía y Siria. Baudelaire nos deja ante el punto de vista del protagonista en diferentes carreteras de varios países. Vías vacías que vamos rellenamos con cada vez más información. Poco a poco surgen del paisaje fuerzas antes invisibles. Una sensación de angustia nos recorre.

 


‘THE DRIFT’ (2018), DE MAEVE BRENNAN – COMPETICIÓN OFICIAL

Numerosos fragmentos de un jarrón reposan en una mesa. Un restaurador va cogiendo uno a uno para contemplar cómo puede ir uniéndolos. Mas los bordes son extremadamente irregulares. Al encajar dos partes, siempre quedan pequeños vacíos en su asociación. Su reconstrucción ideal es ilusoria; su actividad se convierte en todo un acto de resistencia. En el sugestivo y estiloso The Drift (2018), Maeve Brennan nos presenta a tres personajes para reflexionar sobre la situación de Líbano: un guardián de los templos romanos de Niha en el valle de la Becá, un joven mecánico originario de Britel y un arqueólogo trabajando para la Universidad Americana de Beirut. Todos ellos dedican su vida a reparar y cuidar objetos; ya sea templos, coches o hallazgos históricos respectivamente. Un modo de vida que les ha sido heredado de generaciones pasadas y del que no podrán salir. Con este interesante punto de partida, la joven directora medita con elegancia sobre los legados culturales y cómo estos pueden definir a un país y una sociedad. Intercalando documental y escenas planificadas más cercanas al videoarte (este trabajo se ha expuesto en diversas galerías), The Drift logra crear un reflejo certero de la forma de cuantificar el valor de los objetos reparados. Porque frente al valor económico tangible, el emocional emerge como un gran contrapeso. Entre los diversos testimonios sobre la relación de los protagonistas con los vestigios culturales, pronto se advierte su arraigo a ellos. Unas raíces que nacieron por situaciones familiares y personales. No obstante, alrededor de su mimo por conservar construcciones derruidas o coches destrozados se intuyen peligros que amenazan con asestar otro golpe. Desde los tiempos de la guerra civil, el arte y el patrimonio histórico pasó a un segundo plano. Las columnas de los templos podían ser vendidas y, en la actualidad, existen traficantes que ven un negocio fructífero. Mientras que el joven mecánico conduce su BMW con piezas de otros muchos coches, cuenta que hace tiempo se descubrió un cementerio romano y la policía acordonó su perímetro para su exploración. Una barrera retirada cuando vieron que no había oro. La prueba de la existencia de los vínculos impalpables entre los sentimientos y la memoria histórica, una que puede ser cuidada y restaurada o destruida. Como los jarrones reconstruidos, a lo largo de The Drift se empieza a apreciar que los paisajes de Líbano también presentan espacios vacíos. Huecos generados por la violencia del pasado. Oquedades que no paran de aumentar en el presente, en las que su última esperanza es volver a dar vida a una memoria resquebrajada.

 


‘NOTES ON AN APPEARANCE’ (2018), DE RICKY D’AMBROSE – COMPETICIÓN OFICIAL

En la pared de la habitación cuelga una bolsa de tela. Dentro de ella, postales, diarios, mapas de metro y otras notas. Una amalgama de evocaciones, sin lugar para la tecnología, de un viaje pasado. Estas migas corresponden a los puntos por los que el joven David ha vagado últimamente. Desde una estancia en Milán a su regreso a Nueva York en su conato de emancipación. Con vistas a diversas entrevistas de trabajo, David ayuda temporalmente a su compañero de piso Todd con su investigación sobre un filósofo nihilista moderno llamado Steven Taubes. Su función es etiquetar los vídeos que grabó durante su vida para proseguir con el libro que está escribiendo su amigo. Indagación en la realidad del también teórico político que pronto se ve impregnada por el carácter cosmopolita de la cinta. Ante su vacío existencial, David se perderá entre la música clásica y el vértigo de los edificios neoyorquinos. Una desaparición utilizada por Ricky D’Ambrose para sumergirse en los documentos que dejaron detrás de sí los dos desaparecidos. Con una puesta en escena siguiendo la estética de Bresson, Notes on an Appearance (2018) propone una intriga salpicada de sátira en torno a el esnobismo y elitismo de los ‘millennials’. Cuando los amigos de David emprenden su búsqueda, chocarán con artistas, escritores o traductores. Un ambiente al que el director estadounidense dota de cierta apatía, una sensación que pasa del fondo a los espectadores. Su original tratamiento epistolar con vaivenes temporales se ve engullido por la naturaleza inapetente. Los días pasan y entre café y café, las postales se empapan de soledad. Nueva York es un reciente laberinto de lacónicos fantasmas.

 


‘DIE STRASSE’ (1923), DE KARL GRÜNE – FOCO ENDLESS NIGHTS

Die Strasse

El sofá es incómodo. Cierro los ojos, mas la luz no para de llamarme. Entra por una ventana abierta, cuyas sombras proyectadas nos sitúa en el expresionismo alemán. Entonces decido dejar a mi mujer y sucumbir a la llamada de ‘la calle’. Esta sería la traducción de Die Strasse (1923) de Karl Grüne. El paseo noctámbulo de un hombre por las calles de Berlín, la fotografía moral de una sociedad. Una odisea en la que se siguen sus pasos paralelamente a los de una pareja formada por un anciano ciego y su nieto. Una muestra que le sirve al director para analizar los apuntes socioeconómicos según los diferentes status. Porque la calle y la noche hacen un tándem imbatible, no se puede escapar de sus garras. Una copa llena de celos, lascivia y pecados que tienen como origen el sufrimiento del ser. En una de sus escenas más representativas, el protagonista acude a un club de baile. Teniendo en cuenta que es una película muda, la realización de Grüne le inyecta un ritmo endiablo. No obstante, la propuesta realizada por FILMADRID de sonorizar la película en directo con música electrónica multiplica la garra del relato. El grupo de músicos ha seleccionado música techno para la fiesta; decisión que establece un diálogo entre el Berlín de los años 20 y el actual, entre unos pecados y sociedades con una naturaleza animal intacta. Una experiencia única donde el disfrute es colectivo. Los ojos que vigilan la calle y a sus transeúntes en busca de la serenidad han permanecido indemnes al paso del tiempo. Se apagan las sombras expresionistas y el techno se difumina, sólo quedan instintos primitivos. Eternos.

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Carlos Chaparro

Estudió Comunicación Audiovisual, permitiéndole trabajar en su pasión: el cine. Un amor incondicional que nació al descubrir a Patricia y Michel paseando por los Campos Elíseos.

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