Filmadrid – Día 2: The last of us, The dust Channel, Vendredi 13

Se abre la Competición Oficial de FILMADRID con una amplia mirada a la situación geopolítica del mundo. La primera jornada ha estado compuesta por tres películas sobre diferentes reacciones ante el horror. En la tunecina The Last of Us (2016) de Ala Eddine Slim, un hombre lucha por sobrevivir en la migración hacia la esperanza europea. Por otro lado, el israelí Roee Rosen denuncia el trato a los refugiados por parte de su país en The Dust Channel (2016). Y por último, Vendredi 13 (2016) de Nicolas Klotz captura el duelo y la resistencia de una nación después del atentado en la sala Bataclan. Todas ellas, historias atrevidas que definen el mundo que nos rodea. Porque la visualización es más necesaria que nunca. Y la cámara, el mejor símbolo de conciencia y valentía.


‘THE LAST OF US’ (2016), DE ALA EDDINE SLIM – COMPETICIÓN OFICIAL

En el árido paisaje del desierto africano, la silueta de un ser humano se desdobla. Asediados por el incesante sol, la transformación es tan difusa como el horizonte, indistinguibles espejismos. El viaje en esta inhospitalidad corresponde a la migración de N, protagonista de The Last of Us. Un hombre camino de Túnez en busca de la esperanza europea. Temática que el joven director tunecino Ala Eddine Slim ya trató en su ópera prima Babylon (2012), documental sobre los viajes de estos individuos invisibles. Porque en su travesía no se atisba una pizca de duda, únicamente la certeza de su brújula. Como una decisión ética del realizador, cuando transcurre un desplazamiento, se muestra lo que queda a la espalda del protagonista. No advertimos su destino utópico, sino los metros ganados en su pulso por no desfallecer. Ya que The Last of Us es la espera de una tragedia anunciada. Una lucha entre el hombre y la naturaleza con la situación geopolítica como árbitro. En el fondo, una derrota contranatural.

Durante el éxodo de N, nos adentramos en todos los paisajes imaginables. La naturaleza nómada abarca la primera parte del filme, donde se establece un potente diálogo entre la Tierra y el hombre. Conversación sin pronunciar una sola palabra, dejando que las imágenes narren por sí mismas. Pues en esta mitad, el lenguaje universal usado son los territorios difuminados. Un cielo oscuro mezclado con el oleaje, el sol desdibujando el paisaje desértico o la niebla escondiendo un bosque. Factores que dejan solo a N, impregnando su odisea de una angustia desasosegante. Ya que todo los mensajes lanzados por las barreras naturales son de advertencia, de peligro. Señales a las que N no atiende, al recordar la crueldad en su hogar de origen. La huida a pesar de la adversidad es el mensaje más poderoso de The Last of Us. Porque, a mitad de camino, la pantalla se funde a negro y leemos un especie de poema. Versos que rezan la mutación del hombre en un fantasma para sus iguales. No queda comunicación ni empatía, sólo supervivencia.

Tras pasar por una ciudad donde nadie mira a N. Este decide robar una barca y lanzarse al mar. Travesía que termina en un inhóspito bosque, donde finalmente la naturaleza gana la batalla. Es en ese preciso momento cuando las formas difuminadas logran definirse. Pasamos a un paisaje frondoso donde el estilo documental de la primera parte deviene en realismo mágico. En la nueva situación, los mensajes que leemos en las imágenes se han calmado. Ya no hay gritos desesperados, sino un cierto indicio de ayuda. La muerte intrínseca del oleaje del mar ha sido frenada hasta convertirse en la vida del agua de un río. Una relación con el entorno que nos retrotrae a otro tiempo, a una edad primitiva. En ella, N logra conectar con los árboles y los animales. Una experiencia salvaje donde las sensaciones unen a los dos enemigos que luchaban en la migración a Europa. En el nuevo carácter sedentario, el hombre ya no es un fantasma. Ahora es un espíritu vagando entre conocidos. Porque la naturaleza siempre va a conseguir su propósito; pero a veces, es la humanidad quien la obliga a matar.

A través del intenso diálogo nacido en sus imágenes, The Last of Us logra ponernos en la piel de un hombre sin otra opción que avanzar. La segunda película de Ala Eddine Slim es puro atrevimiento, mas la crudeza del estilo documental es mucho más directa que una menos estimulante mirada fantástica. Con todo, constituye una obra desde los fondos difuminados, dando visibilidad a un retrato de hombres invisibles. De fantasmas que han finalizado su viaje antes de empezar. Pues la aguja de la brújula se desdibujó incluso antes que el horizonte. La esperanza europea siempre ha sido otro espejismo. La única travesía que hemos presenciado es la supervivencia, donde la naturaleza ha pasado de verdugo a aliada. Un cambio de roles producido por la violencia y desinterés humano. Espíritus que vomitan la humanidad.


‘THE DUST CHANNEL’ (2016), DE ROEE ROSEN – COMPETICIÓN OFICIAL

Motas de polvo. Innumerables partículas invisibles a primera vista, pero descubiertas por la luz. Presencias que al ser advertidas por los humanos, nace la necesidad de aglomerar y borrar todo rastro de suciedad. Pues en The Dust Channel de Roee Rosen, el personaje principal es una aspiradora Dyson. Esta no es una aspiradora cualquiera, sino la primera en suprimir las bolsas para el polvo. Cuenta su inventor, el británico James Dyson, que diseñó más de cinco mil prototipos hasta dar con la solución ideal. El remedio para resolver el problema de la progresiva disminución de rendimiento era no esconder el polvo. Dejarlo a plena vista. Y este singular proceso sirve como analogía del núcleo de The Dust Channel: Holot, el centro de detención de refugiados de Israel. Su nombre significa arena en hebreo, y como el polvo para James Dyson, la solución del gobierno israelí es concentrar a refugiados en medio del desierto del Néguev. Una aspiradora institucional que aprisiona y menosprecia legalmente a los inmigrantes desde la xenofobia. Un abuso denunciado por Roee Rosen, artista multidisciplinar enmarcado en una incansable dura oposición contra el gobierno israelí. En The Dust Channel, la protesta social cobra forma de una opereta con el libreto en ruso. El surrealismo como vía artística para dotar de fuerza un mensaje. Para Roee Rosen, su país natal pretende aparentar una moral y ética impolutas, sin embargo, más que ayudar a limpiar los conflictos internacionales, ensucian su propio terreno. Una nación que comienza a olvidar su historia y el sufrimiento pasado. En medio de la mugre, el absurdo de The Dust Channel deja impoluta la memoria.

Al comienzo de la película de Roee Rosen, contemplamos vello axilar, un ojo y una cuchilla de afeitar. Homenaje a Un perro andaluz (1929) de Luis Buñuel y Salvador Dalí, que logra asentar el surrealismo en pocas imágenes. El relato tiene lugar en el apartamento de una joven pareja burguesa, acompañada de los músicos que tocan las composiciones. Teniendo a la aspiradora Dyson como inspiración, la pareja comienza a cantar sobre sus innegables capacidades. Un objeto que limpia el polvo indeseado, un gran producto en términos económicos y, sobre todo, siempre bajo los requisitos de los estándares internacionales. Pero antes de llegar al foco de la película, Holot, Roee Rosen se encarga de sacar brillo a todos los rincones del piso. A la condena a la sexualidad en todas sus variantes, a la ceguera de familia burguesa su alrededor y al abuso como naturaleza del sistema israelí. Hay que tener en cuenta que The Dust Channel dura 23 minutos, en los que no se desperdicia ni una imagen para denunciar la dura realidad. Opereta que se silencia junto al surrealismo para acabar la película con la programación del propio canal del polvo. En su variada programación, Roee Rosen va cambiando de canal para explicitar su mensaje. En los distintos fragmentos que se suceden se combinan discursos sobre Holot y  distintas referencias históricas a las aspiradoras. Aunque artísticamente este abrupto viraje rompe la esencia de la película, es indispensable para hacer llegar el mensaje de forma clara. Transición que no derrumba la película gracias a la conexión por el humor absurdo que reina en todo momento. Risas contrastadas con el horror que viven los refugiados en Holot, sin tener capacidad para pedir su estatus, y en última instancia, obligados a pedir ser deportados a su país de origen. El polvo se ve y el diseño de esta aspiradora funciona perfectamente. Porque como dice un fragmento de The Dust Channel, parte del El fuego inextinguible (1969) de Harun Farocki: “Esta aspiradora se puede convertir en un arma útil. Esta ametralladora se puede convertir en un útil aparato doméstico. Lo que fabricamos aquí depende de los obreros, estudiantes e ingenieros.” La limpieza ha conseguido que sólo haya suciedad.


‘VENDREDI 13’ (2016), DE NICOLAS KLOTZ – COMPETICIÓN OFICIAL

El 15 de noviembre de 2015, Nicolas Klotz y Michka Assayas tenían planeado filmar el programa radiofónico de este último. Un espacio que existe por y para el rock and roll. Dos días antes, en la emblemática sala Bataclan de París, se producía un atentado. Un horror en medio del género musical asociado por antonomasia a la vitalidad. Horas más tarde, Nicolas y Michka decidían no cambiar su plan. Tanto el setlist como su grabación no se modificarían. Pero en el trágico viernes 13 todo había cambiado. Y el proyecto se abstraía en el duelo personal de dos artistas mediante sus pasiones. Michka Assayas, hermano del director de cine Olivier, es historiador de rock and roll; mientras que Nicolas Klotz no comprende el mundo sin una cámara. Al combinar estas dos artes, se crea un documento conmovedor, íntimo y tremendamente respetuoso. El director francés mezcla imágenes del estudio con piezas que realizó durante tres días en las calles de París. Todo ello en un blanco y negro como primera respuesta al dolor y el duelo. Para conseguir el metraje, Nicolas recorrió París en un ambiente desolador para capturar cómo lo asimilaba cada persona. Para ello, es relevante la quietud, distancia y nitidez de la cámara. En los inmóviles primeros planos, los rostros son filmados sin sobrepasar el límite del dolor ajeno. Una muestra de apoyo y unión. Una cámara para resistir y seguir adelante.

Al comenzar el programa, Michka Assayas anuncia que va conducir el programa como tenía previsto desde hace tiempo. Sólo va a haber un cambio, Eagles of Death Metal va a ser la primera canción. Una canción que continúa el concierto del viernes. Como la banda estadounidense hiciera un mes después en París o el regreso de Ariana Grande a Manchester, después del silencio la música debe continuar. Michka y Nicolas tenían amigos entre los fallecidos, y el sentimiento colectivo se centraliza en la intimidad personal. En la vida de Michka, la alegría va asociada al rock and roll. Energía vital mostrada en el programa, donde se suceden leyendas como The Clash, The Fleshtones y Elvis Costello. Sintonías festivas y eléctricas a las que el presentador incorpora la historia detrás de cada banda. Un conjunto de grupos con un bagaje que suele acabar con una combinación de muerte y juventud. Vivir la vida rápido y rodeado de amigos. En Vendredi 13, la cima emocional se alcanza cuando Michka  intercambia mensajes con el líder de U2, Bono. Ellos son compañeros desde los 35 años y la música les contagia a ambos. Al reproducir Peace On Earth de U2, Michka se rompe. Un desahogo entre el baile y el canto. Pues sin alegría no hay resistencia. Lo contrario llevaría a la desesperación y al final, otra vez al horror. Nunca debe dejar de sonar rock and roll. La música es nuestro símbolo de resistencia.

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Carlos Chaparro

Estudió Comunicación Audiovisual, permitiéndole trabajar en su pasión: el cine. Un amor incondicional que nació al descubrir a Patricia y Michel paseando por los Campos Elíseos.

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