La noche americana (1973): Trenes en la noche

“Las películas son más armoniosas que la vida. En ellas no hay atascos, no hay tiempos muertos. Las películas avanzan como trenes en la noche”.

La trayectoria del cineasta francés François Truffaut puede entenderse como un ondulante vínculo bajo el que se perciben distintas constantes que, una y otra vez, pugnan por emerger a la superficie, reconocibles en cuanto vertebran el conjunto de su filmografía. Los sentimientos, la infancia, la literatura o la muerte, se encuentran trenzados por un irrefrenable amor por el cine, un elemento siempre presente en muy distintas intensidades y proyecciones, y que da su primer sentido a La noche americana (1973). El rodaje de una película, en la que el propio Truffaut interpreta a su director, es la premisa de esta obra en la que, bajo una aparente sencillez argumental y formal, consigue realizar una sincera y lúcida reflexión sobre el proceso de creación cinematográfica.

La noche americana es una de las declaraciones más sinceras que un director ha realizado sobre el séptimo arte.

A lo largo de la filmografía de François Truffaut son innumerables las referencias a  determinados directores y películas que marcaron su vocación y le influyeron como cineasta, desde sus primeros años como crítico de Cahiers du Cinéma, junto a otros jóvenes integrantes de la Nouvelle Vague. Tras una infancia infeliz y una conflictiva adolescencia –una conmovedora realidad reflejada años más tarde en su celebrado primer largometraje Los cuatrocientos golpes (1959)-, fue su decisivo su encuentro y posterior trabajo junto al crítico cinematográfico André Bazin, quien logró encauzar la energía, las confusas inquietudes y el intenso anhelo de aprendizaje de un joven Truffaut hacia el medio cinematográfico. El cine como forma de vida, una convicción que le acompañaría a lo largo de los años, y que adquiere un primer plano en La noche americana. Un film en el que Truffaut parece deleitarse al poder revelar los detalles de su oficio, y donde los pequeños homenajes a los cineastas que admiraba se hacen todavía más explícitos. Los innumerables dudas y decisiones a las que se enfrenta un director, el trabajo del equipo durante unas pocas semanas de rodaje, y los inesperados vínculos que pueden llegar a establecerse en este intenso periodo, marcado por su temporalidad, son algunos de los elementos de una película que, pese a su evidente ligereza, desprende un innegable encanto.

Un enorme decorado abandonado que Truffaut descubrió en los estudios cinematográficos Victorine, Niza, es uno de los escenarios principales de La noche americana, y en el que se desarrolla una primera secuencia que contiene los rasgos esenciales del film. El doble juego que propone la película -en la línea de la larga tradición de largometrajes del cine recreando el propio cine-, comienza con el rodaje de una escena en este decorado que simula las calles de una ciudad. Los personajes, junto a gran cantidad de extras en movimiento, deben coordinarse y actuar en tiempo preciso. Truffaut muestra las numerosas repeticiones, los detalles técnicos y el componente industrial que implica un rodaje, y que el espectador por lo general no imagina. Sin embargo, en cierto momento la grúa de la cámara se eleva y Truffaut introduce los primeros acordes de la célebre música que Georges Delerue compuso para el film –un compositor habitual en la filmografía de Truffaut, autor de partituras tan hermosas como las creadas para La piel suave (1964) o Las dos inglesas y el amor (1971)-. De esta forma, elevándose sobre los aspectos más prosaicos y repetitivos de la realización de una película, el airoso movimiento de cámara y los acordes de Delerue consiguen introducirnos en las connotaciones mágicas que para Truffaut reflejaba siempre el cine.

El doble juego de La noche americana recrea las dificultades del equipo durante el rodaje, el trabajo de los técnicos o diversos trucos cinematográficos –entre otros, el que da título a la película, la noche americana: colocar un filtro delante del objetivo para simular un plano durante la noche-. Detrás de las cámaras, se suceden las continuas negociaciones entre director y productor –“El productor debe permanecer siempre en la sombra”-, y las siempre delicadas relaciones con los intérpretes. Entran en escena la inestabilidad emocional de la protagonista británica Julie Baker –Jacqueline Bisset-, la nostalgia de la veterana actriz Séverine –Valentina Cortese-, consciente del paso del tiempo en la pantalla, o las inseguridades del joven Alphonse –Jean Pierre Léaud, actor que a los 14 años interpretó a Antoine Doinel en Los 400 golpes y que a lo largo del tiempo siguió dándole vida en las películas sobre este mismo personaje en el denominado “Ciclo Doinel”-. Orquestando el conjunto, Truffaut encarna a Ferrand, un director con problemas auditivos, en clara referencia a Luis Buñuel, cineasta que aparece también en un paquete de libros que recibe Ferrand, junto a otros sobre Hitchcock, Rossellini o Howard Hawks. Estas referencias se multiplican, de forma implícita o explícita, surgiendo en la pantalla nombres como Fellini, Jean Cocteau o Jeanne Moreau, integrados en los diálogos o como simples alusiones visuales.

“¿Qué es un director? Un director es una persona a la que le hacen preguntas sin parar”. Esta es una de las reflexiones en off que el propio Ferrand/Truffaut realiza sobre el arte del cine a lo largo del metraje, y que se constituyen en el aspecto más interesante de la película. Entre sus pensamientos, aborda la forma de afrontar los imprevistos, la evaluación a mitad del rodaje o sus esfuerzos para conseguir terminar el film. Truffaut alterna las escenas del rodaje y de aquello que sucede tras las cámaras, imprimiendo fluidez a un argumento lineal, que sólo se ve interrumpido por un recurrente sueño. El recuerdo de un adolescente que consigue llevarse de la marquesina de un cine unas fotografías de Ciudadano Kane (1941). Unas imágenes que remiten a la escena en la que Antoine Doinel robaba en Los 400 golpes una fotografía de Un verano con Mónica (1953) de Ingmar Bergman.

El rodaje de una película, en la que el propio Truffaut interpreta a su director, es la premisa de esta obra en la que, bajo una aparente sencillez argumental y formal, consigue realizar una sincera y lúcida reflexión sobre el proceso de creación cinematográfica.

Antoine Doinel, el inquieto adolescente que veía por primera vez el mar en los instantes finales de Los cuatrocientos golpes, y que asumía en la pantalla los rasgos y experiencias de Truffaut, fue creciendo ante las cámaras en El amor a los veinte años (1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y El amor en fuga (1979), al tiempo que lo hacía el actor que nunca dejaría de identificarse con este personaje, Jean Pierre Léaud. Por tanto, no resulta fortuito que, en uno de los momentos de La noche americana en los que parecen fundirse ficción y realidad, Ferrand se dirija a Alphonse -Truffaut se dirija al actor al que siempre estuvo vinculado, Léaud-, para consolarle con unas reveladoras palabras que confiesan su entrega al cine, más armonioso que la propia vida, en el que “las películas avanzan como trenes en la noche”. Una de las declaraciones más sinceras que un director ha realizado sobre el séptimo arte.

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