Western (2017) de Valeska Grisebach – Crítica

Western de Valeska Grisebach es un bello tratado sobre las fronteras y el entendimiento en la Europa actual, sobre idiomas diferentes y sentimientos universales, sobre la colisión entre la memoria y la búsqueda de un hogar. En definitiva, cine comprometido con su espacio y su tiempo para aprender a escuchar y observar nuestro alrededor.

Hace tiempo que el río queda atrás. Su sonido se desvanece a la par que empieza a aumentar la frondosidad del paisaje. Densidad tal que llega a cortar por completo el camino. Al apartar con cuidado las ramas y las hojas, una figura blanca rompe la homogeneidad del paisaje. Es un precioso caballo. Tras advertir el ruido, su mirada choca contra la nuestra. Un instante en el que se definirá el porvenir más inmediato. Con nuestro próximo movimiento decidiremos cómo queremos continuar nuestra travesía. Se presenta una infinidad de posibilidades entre las cuales le podemos ahuyentar, hablar o simplemente darnos la vuelta. Una disyuntiva en la que el protagonista de Western decide acercarse serenamente y mostrarle su afecto en forma de una sentida caricia. Una actitud hacia los demás que define a la perfección la visión del cine de Valeska Grisebach. Una mirada honesta sobre los gestos que realizamos y sus valores implícitos. En los once años transcurridos desde la pequeña y emocionante Sehnsucht (2006), la directora alemana ha sido madre, ha dado clases en una escuela cinematográfica y ha ayudado en la escritura de otros guiones, como por ejemplo Toni Erdmann (2016). Su directora, Maren Ade, ya aparecía en los agradecimientos de Sehnsucht (2006) y Western ha sido producida por su compañía Komplizen Film. Una colaboración profesional que también se traslada a sus últimas obras. Películas sobre alemanes en el extranjero con vacíos emocionales y sin esperanza de encontrar un hogar. Ambas sin alardes técnicos ni dramatismos más allá de intentar descubrir los sentimientos de una forma orgánica. Porque si Toni Erdmann era una de las películas más importantes de 2016, Western lo es de 2017. El filme de Valeska Grisebach es un bello tratado sobre las fronteras y el entendimiento en la Europa actual, sobre idiomas diferentes y sentimientos universales, sobre la colisión entre la memoria y la búsqueda de un hogar. En definitiva, cine comprometido con su espacio y su tiempo para aprender a ver el mundo.

El paisaje natural no da ninguna pista de la presencia de seres humanos. Un panorama inexplorado al que no se puede relacionar ni con un periodo ni con un territorio. La condición de atemporalidad de la naturaleza. Una ambivalencia que pronto es resuelta gracias a la aparición de una bandera alemana en lo alto de un barracón. La afirmación de una localización de no ser porque en realidad la vista corresponde a Bulgaria. El emblema nacional es el recuerdo y el sentir hacia su país natal de un grupo de trabajadores movilizados a una tierra extranjera. Allí deberán construir una carretera, corrompiendo con su maquinaria la calma presente. Un equipo de profesionales del que poco sabemos, mas sobrevuela la única certeza de la necesidad de dinero. No obstante, entre sus integrantes destacan dos figuras: el jefe Vincent y la nueva incorporación Meinhard. Por un lado, Vincent representa el liderazgo y el carácter implacable respetado por cuadrilla llena de testosterona. Ante los diálogos relacionados con armas o mujeres que ponen de relieve su masculinidad, la llegada de Meinhard no sigue los patrones de su alrededor. Contemplativo, tranquilo y parco en palabras, protege su interior de manera feroz. Las emociones no son bienvenidas en esa tesitura. Una debilidad para llegar a formar parte del grupo. Sin embargo, la directora y guionista no tarda en presentar el contrapunto a los obreros germanos: los habitantes nacidos en un pueblo cercano. La constatación de que la bandera alemana había sido colgada en tierras foráneas. En un momento de relajación, mientras que la banda capitaneada por Vincent descansaba en un río, tres mujeres del pueblo aparecen en la otra orilla. Una presencia que quiebra su indiferencia y desvía sus miradas. Un primer contacto que parece destinado a producirse desde la distancia hasta que el sombrero de una de las chicas se escapa. Este llega a manos de Vincent que juega con él y lo aleja de su propietaria. Es la ocasión perfecta para demostrar su poder, tanto a sus socios como a las desconocidas. El primer contacto definitorio con los que serán por largo tiempo sus vecinos. Por otro lado, poco después Meinhard se encuentra con un caballo en una situación homóloga y resuelta de forma contraria. Dos presentaciones que establecen el tablero del que podría ser un wéstern clásico. Dos pueblos, un horizonte donde reina la naturaleza, un héroe y un villano. Una introducción desde la ambigüedad entre la tradición y lo contemporáneo, con una lucha impaciente por aclarar las incógnitas. Al igual que la necesidad de romper la coraza de cada personaje, de descubrir si las apariencias corresponden con su reverso. Un viaje hacia el interior que Western encara con la honestidad y el humanismo como estandarte. Una de las señas de identidad del cine de Valeska Grisebach es explorar la verdad y no crearla, en la que la presencia de actores no profesionales es capital. Cuenta que para el protagonista Meinhard buscaba a una apariencia que remitiese a los héroes clásicos de aspecto duro, encontrándola en Meinhard Neumann mientras que asistía a un mercado de caballos en Berlín. Hecho que hace que su interacción con el corcel sea mágica. El contrapunto a la disputa acaecida en el río. El primer capítulo de un conflicto que surgirá al quedarse sin agua para avanzar con la obra. Un problema del que avistamos su resolución incluso antes de comenzar. El acoso y el respeto no son valores puntuales.

Western

Montado en el caballo, Meinhard se adentra en el pueblo con la determinación de un vaquero. Sus existencias de tabaco se han agotado, por lo que se dispone a intentar reponerlas. Fin para el que deberá sortear dos barreras iniciales. La primera será el idioma, pues no conoce nada de búlgaro. En segundo lugar, una actitud hostil hacia él. Si el animal equino esperaba un primer movimiento para desactivar su posición de alerta, la animosidad de la dependienta parece innata. En el municipio las noticias vuelan y la confrontación en el río ya es conocida por todos. Asimismo, las consecuencias son para todo el grupo por igual, todos extranjeros. De esta manera, se empezarán a suceder encuentros con diferentes vecinos. El protagonista entablará conversaciones en las que los mensajes son unidireccionales. Cada uno de los interlocutores expondrá su discurso, mas el otro oyente deberá interpretar el tono y el lenguaje corporal. Una comunicación incompleta en la que cada detalle es vital. Una sonrisa, aprender algunas palabras del idioma extranjero, ser agradecido, pedir perdón o interesarse por las tradiciones locales son algunas de las señas que Valeska Grisebach retrata. En Western no hay lugar para la mentira, pues no atendemos a la palabra sino a los actos. La directora alemana invita a acompañar su mirada y nos propone innumerables preguntas, siempre nacidas de subtextos. Entre ellos se pueden encontrar abundantes temas de gran vigencia sociopolítica, de los que pueden resultar significativos dos de sus vías. En los paseos de Meinhard por el pueblo, se encuentra con personas de diferentes edades. Si la narración se centra mayormente en los adultos, cabe destacar las interacciones con los jóvenes y los ancianos. Por un lado, los adolescentes atienden con curiosidad como lidian sus mayores con los extranjeros. Cada decisión tomada la absorben y poco después la replican, desde el cuidado de un animal a la violencia más primitiva. Un aprendizaje y camino a la madurez que nos guía a los ancianos que aparecen en la cinta. Al enterarse que los trabajadores de la futura carretera son alemanes, recuerdan cuando hace décadas la guerra había llevado a germanos al pueblo. Memoria que hace que su hospitalidad sea más bondadosa, con mucha más consciencia de los tiempos pasados. Experiencia e incomprensión que piden con vehemencia una transferencia de conocimiento para no necesitar del idioma para comprender a alguien.

Al entrar en su habitación junto a sus compatriotas o al asistir a una comida familiar en el pueblo, Meinhard reconoce en ambas reuniones la necesidad de sentir un hogar. En un lado, se sienten lejos de su tierra y sus familiares y amigos; en el otro, sus hijos han partido a Sofía a estudiar o han emigrado en busca de trabajo. Una calidez que no depende del lugar y cuyo equilibrio se antoja imposible o efímero. Western transcurre y todos van intentando construir su propia casa con los cimientos establecidos con las personas que les rodean. Una odisea que le otorga a la película de Valeska Grisebach una firme vigencia. Aun siendo un relato que únicamente toca dos nacionalidades, su mirada humanista hace que su discurso sea universal. Una obra que en el futuro será el fiel retrato de una era, pero que en el presente su impacto es extraordinario. No sólo su mensaje político y social es admirable, sino la manera de la directora de entender el cine. Si Western toma su título del clásico género, la violencia implícita en él es una constante en la obra. Desde el primer contacto entre los extranjeros y los locales, el estado de alerta se activa y una explosión inminente se avecina. Un nerviosismo que impregna todo el metraje y deja dos apuntes reveladores sobre la violencia en el cine y en nuestra sociedad. En esa ambigüedad que caracteriza al héroe, exterioriza su furia de dos modos íntimamente ligados. La violencia emocional con la que cuenta su pasado y la física al exteriorizar su rabia en forma de baile. De esta manera, Valeska Grisebach se pregunta si los espectadores estamos más cómodos con la violencia o la emoción explícita, cuál de las dos nos fue enseñada con mayor importancia en nuestra juventud como a los adolescentes de la cinta. Quizás estemos perdiendo memoria y olvidando a observar y escuchar. Quizás el caballo nos mire y decida huir antes de que decidamos ir a acariciarle.


Sinopsis Una cuadrilla de obreros alemanes sienta campamento en un pueblo búlgaro para levantar una central hidráulica. Molesta el descaro zafio de su despliegue, ofende la saña eficiente con que desarraigan el paisaje, y agravian con sus sudores masculinos de beberse la paga y silbar agudo al paso de las chicas. Va a estallar el conflicto…
País Alemania
Dirección Valeska Grisebach
Guion Valeska Grisebach
Fotografía Bernhard Keller
Reparto Meinhard Neumann, Reinhardt Wetrek, Waldemar Zang, Detlef Schaich
Género Drama
Duración 100 min.
Título original Western
Estreno 15/06/2018

Calificación8.5
8.5

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Carlos Chaparro

Estudió Comunicación Audiovisual, permitiéndole trabajar en su pasión: el cine. Un amor incondicional que nació al descubrir a Patricia y Michel paseando por los Campos Elíseos.

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