Los miedos incorrectos

Una reflexión inspirada por la película En el Corazón del Mar, dirigida por Ron Howard (2015).

Por Rubén Chacón, autor de Reflexiones de Película

Bienvenidos a una nueva cita en la que os invito a reflexionar sobre una película. Pero no sobre una película cualquiera, no sobre una en particular que quizás no hayas visto, sino sobre una de esas superproducciones en cuyo reparto también aparecemos tú y yo. Porque independientemente de que la hayas o no la hayas visto, está aquí, entre nosotros, proyectándonos a ti y a mí sobre la gran pantalla de la vida.

Mi trabajo consiste en hacer que te des cuenta de que actúas en ella. Averiguar si eres protagonista, la estrella invitada o un mero figurante, te corresponde a ti. Las conclusiones a las que llegues pueden llegar a ser inquietantes, te lo aseguro. Y te invito a que las compartas con tu pareja, tus amigos y familiares. Y en cualquier caso, tanto si les interesan como si no, quiero que tengas en cuenta que a mí me encantaría conocerla de iniciar un apasionante y lúcido diálogo contigo.

La peli de hoy va sobre la hipnosis. “¡Ah sí! -te dirás-, ya sé: nos vas a hablar sobre todos esos magos e ilusionistas que, a través de los medios de comunicación y dispositivos electrónicos, mediante spots publicitarios, informativos, videoclips, eslóganes políticos y frases contundentes de toda índole, se van apropiando poco a poco de nuestra voluntad hasta conseguir que obedezcamos sus órdenes como si estuviéramos en estado de trance, ¿a que si?”

Pues, no…

Quien más, quien menos, conoce las bases sugestivas de la hipnosis así como sus distintas aplicaciones. Y como ocurre en el caso del cine y del resto de los medios de comunicación, estas cubren un amplio espectro entre las terapéuticas, beneficiosas y formativas, y aquellas otras más perniciosas, dañinas y manipulativas.

Como sois unos espectadores cultivados, reflexivos e informados de los últimos estrenos en la cartelera de las películas que nos intentan vender las grandes productoras, hoy he venido a hablaros de otro tipo de hipnosis mucho más sutil y a menudo desapercibida: la autosugestión. Una forma de lavado de cerebro autoinducido, mediante la cual un individuo bombardea sin cesar su subconsciente con pensamientos repetitivos (positivos o negativos), con la esperanza de convertir los pensamientos en creencias, e incluso en realidades.

La autosugestión o autohipnósis inducida es uno de los sistemas de control social más refinados y peligrosos que existen. Seguramente todos vosotros hayáis experimentado la tentación de llegar a creer que alguna de esas frases contundentes que suelen pregonar los curas, los políticos o los predicadores del pensamiento mágico, eran ciertas únicamente porque os las han repetido (y te las has repetido) hasta la saciedad.

Para que comprendáis mejor a lo que me refiero y lleguéis a percibir el peligro de no reflexionar suficientemente acerca de esto, me gustaría ilustrar este punto con una historia que parece extraída de una película, cuando en realidad fue al contrario…

Supongo que estáis familiarizados con la novela Moby Dick. Lo que quizás no todos sepáis es que está basada en acontecimientos que ocurrieron en realidad y que, además de la novela de Herman Melville, inspiró la película En el Corazón del Mar (2015). Unos hechos con los que, a pesar de que ocurrieron hace casi 200 años, nos podríamos sentir representados… Nuestro relato comienza un día de 1819, a 4.800 kilómetros de la costa de Chile, en una de las zonas más remotas del océano Pacífico. Ese fatídico día, 20 marineros estadounidenses vieron como su barco se inundaba: los había golpeado un cachalote, abriendo una vía de agua insalvable. Mientras su embarcación se hundía bajo el oleaje, los hombres se amontonaron en tres pequeños botes balleneros. Estos hombres estaban a 16.000 kilómetros de casa y a más de 1.600 kilómetros del pedazo de tierra más cercano. En sus pequeños botes sólo llevaban equipo rudimentario de navegación y reservas limitadas de comida y agua. Ellos eran la tripulación del ballenero Essex, cuya historia como os digo inspiraría algunas partes de la novela de Melville.

Incluso hoy, su situación sería terrible, pero imaginaos cuán peor habría sido entonces. Nadie en tierra firme tenía idea de que algo había salido mal. Ningún equipo de rescate iba a salir en su búsqueda. La mayoría de nosotros nunca ha experimentado una situación tan aterradora como en la que se encontraron estos marineros, pero todos sabemos lo que es estar asustado. Sabemos qué se siente cuando se siente miedo, pero no creo que dediquemos tiempo suficiente a pensar lo que significan nuestros temores.

Conforme crecemos, se fomenta que pensemos en el miedo como una debilidad, otra cosa infantil para desechar, como los dientes de leche o los ruedines de las bicis. Y no creo que esto sea casualidad. Los neurocientíficos han demostrado que los humanos realmente estamos predispuestos a ser optimistas. Pero también han demostrado que no existe ninguna otra emoción que estimule tanto nuestra imaginación como el miedo.

Es más fácil ver esta relación entre el miedo y la imaginación en los niños pequeños, cuyos temores son a menudo extraordinariamente vívidos. Cuando yo era niño, recuerdo que había noches en las que el miedo a que algo horrible le sucediera a mis padres me hacía llorar hasta el hipo. En noches de luna llena suelo jugar con mis hijos a un juego de rol llamado “Agencia de Pequeños Detectives de Monstruos”: lo jugamos Gael, Unai y yo. En nuestra casa. Quiero decir que nos conocemos todos y que el entorno es familiar: nada nos amenaza. Y, sin embargo, raro es el día en que no tenemos que parar la partida para calmar los temblores y el llanto de mi hijo más pequeño. Se sugestiona tanto que, de pronto, la casa ya no es nuestra casa y su hermano y yo, que soy su padre, ya hemos dejado de serlo, y sus muñecos de peluche pueden saltar a morder en cualquier momento… En su imaginación todos y todo constituyen una posible amenaza fatal.

Lo que decimos acerca de los niños con temores como ese es que tienen una imaginación vivaz. Pero en algún punto, la mayoría de nosotros maduramos y aprendemos a dejar atrás este tipo de visiones. Aprendemos que no hay monstruos escondidos debajo de la cama y que no todos los rayos van a ir a caer sobre nuestras cabezas. “No te preocupes,” nos gusta decirnos unos a otros. “No te asustes.” Decimos que conquistamos el miedo. Lo combatimos. Lo superamos. Pero, ¿realmente lo hacemos? ¿No será que sencillamente hemos desplazado nuestros monstruos hacia otros lugares, identificándolos con los rostros de personas desconocidas, con situaciones que nos aterraría vivenciar…?

Bien, regresemos por un instante al año 1819, al escenario al que se enfrentaba la tripulación del ballenero Essex. Echemos un vistazo a los temores que se generaban en su imaginación mientras iban a la deriva a mitad del Pacífico. Habían pasado 24 horas desde el naufragio. Había llegado el momento de elaborar un plan, pero los marineros tenían muy pocas opciones. Sabían que las islas más cercanas a las que podían llegar eran las Marquesas, a 1.600 kilómetros de distancia. Pero habían oído algunos rumores escalofriantes. Alguien les había contado que en esas islas, y en otras cercanas a ellas, habitaban caníbales. Así, los hombres se imaginaron desembarcando solo para ser asesinados y servidos como cena.

Otro destino posible era Hawái, pero dada la temporada, el capitán temía que una tormenta severa los golpeara y todos perecieran ahogados… La última opción era la más larga y la más difícil: navegar 2400 kilómetros hacia el sur con la esperanza de encontrar una corriente de viento que finalmente podría llevarlos hacia la costa de América del Sur. Pero sabían que la duración misma del viaje podría acabar con sus reservas de comida y agua.

Ser comidos por caníbales, golpeados por tormentas o morir de hambre antes de tocar tierra. Esos eran los miedos que bailaban en la imaginación de estos pobres hombres, y como veréis, el miedo al que eligieron escuchar determinaría si vivirían o morirían.

Ahora, fácilmente podríamos llamar a estos miedos por otro nombre. ¿Qué tal si en lugar de llamarlos miedos los llamamos historias? Decía Mark Rowlands, un filósofo que vivió acompañado únicamente por un lobo hasta que comprendió (o creyó comprender) el sentido de la vida, que el hombre es el único animal que se cree sus propias historias. ¿Acaso su lobo no tenía miedo? Claro que sí: su miedo era algo notorio cuando se enfrentaba a una amenaza real y atroz. Peor su lobo no tenía miedo de las historias creadas por su imaginación, porque carecía de ella.

Como todas las historias, los miedos tienen personajes y, casualmente, siempre somos nosotros los protagonistas de nuestros miedos. Los miedos también tienen siempre una estructura de planteamiento, nudo y desenlace, tramas y giros dramáticos: Abordas el avión. El avión despega. Los motores fallan…

Nuestros temores también contienen imágenes que pueden ser tan vívidas como las que podríais encontrar en el interior de una caverna, en las vidrieras de una catedral o en una película. Imaginar no es fantasear alocadamente, no… Imaginar es meter algo en imágenes. Y nuestros miedos no nos hacen imaginar a un isleño pacífico que vive a su rollo y nos aloja en su cabaña hasta que un barco pueda venir a recogernos. Nuestro miedo imagina a un caníbal: dientes humanos hundiéndose en nuestra piel, carne humana desgarrándose mientras escuchamos nuestros propios alaridos, antes de perder el conocimiento asándonos al fuego.

Los miedos también tienen suspense. Si hoy he hecho bien mi trabajo como narrador de historias, vosotros deberíais estaros preguntado qué sucedió con la tripulación del ballenero Essex. Nuestros temores nos provocan ese tipo de suspense. Al igual que las grandes historias, los miedos concentran nuestra atención en una pregunta que es tan importante en la vida como lo es en el cine o la literatura: ¿Qué pasará ahora? En otras palabras, nuestros miedos nos hacen pensar en el futuro. Y por cierto, los humanos somos las únicas criaturas capaces de pensar en el futuro de esta forma, de proyectarnos hacia delante en el tiempo, y este viaje mental en el tiempo es otra de las cosas que los miedos comparten con las historias.

Como escritor, os puedo decir que un elemento importante al escribir tanto ensayo como ficción es aprender a predecir cómo un suceso en la historia afectará al resto de los sucesos, y los miedos funcionan igual. En el miedo, como en la ficción, una cosa siempre lleva a otra. Mientras escribía mi primer libro, “El Sorprendedor”, pasé meses pensando qué implicaciones tendría si los gobernantes de la isla de Apâthia se saliesen con la suya y lograsen erradicar el apasionamiento. ¿Cómo sería la sucesión de los días en una vida así? ¿Qué sucedería con las mentes de los âpathas? ¿Qué sucedería con aquellas personas que no se aviniesen a deshacerse de sus pasiones?

Entonces me di cuenta de lo parecidas que eran estas preguntas a las que me hacía de niño, aterrado en la noche por temor a que mis padres tuviesen un accidente mortal o sencillamente decidieran huir dejándonos a mis hermanos y a mí solos… Y la respuesta a esas preguntas siempre tomaba la forma de una historia. Entonces, si pensamos en nuestros temores no sólo como miedos sino como historias, deberíamos pararnos a plantearnos si somos nosotros los autores de tales historias o son otros los que las crean para nosotros. Y si es así, ¿por qué lo hacen? ¿Con qué objetivo? ¿Cómo pretenden que actúe yo frente a ese miedo…? Y tan importante o más que identificar nuestros miedos y su origen, es pensar en nosotros como espectadores de nuestros propios miedos, y ser realmente conscientes de que la forma en que elijamos interpretarlos puede afectar profundamente nuestras vidas y las de aquellos que nos rodean.

Ahora, algunos enfrentamos y analizamos nuestros miedos con mayor detenimiento que otros. Hace poco leí sobre un estudio acerca de emprendedores exitosos, y el autor descubrió que estas personas compartían un hábito al que llamó “paranoia productiva”; significa que en lugar de ignorar sus temores, los analizaban detenidamente, los estudiaban, y luego traducían ese miedo en preparación y acción. De esa forma, si sus mayores temores se volvían realidad, sus empresas estaban preparadas.

Por supuesto, a veces nuestros peores miedos se vuelven realidad. Es una de las cosas más extraordinarias sobre el miedo. De vez en cuando, nuestros miedos pueden predecir el futuro. Aunque es imposible prepararnos para todos los miedos que crean nuestras mentes. Así que, ¿cómo podemos distinguir entre los miedos a los que vale la pena hacer caso del resto?

Creo que el final de la historia del ballenero Essex ofrece un ejemplo esclarecedor, aunque trágico. Después de mucho deliberar, los marineros por fin tomaron una decisión. Aterrados por los relatos de los hipotéticos caníbales, decidieron evitar las islas más cercanas y en su lugar se embarcaron en la ruta más larga y difícil hacia América del Sur. Después de más de dos meses en el mar, los hombres se quedaron sin comida, como sabían que podría ocurrir, y aún estaban muy lejos de tierra firme. Cuando los últimos supervivientes por fin fueron rescatados por dos barcos que pasaban, menos de la mitad de los hombres quedaban vivos, y algunos habían recurrido a su propia forma de canibalismo. Huyendo de sus miedos sin fundamento empírico, ellos mismos se transformaron en su peor pesadilla.

Herman Melville, quien estudió esta historia como investigación para “Moby Dick”, escribió años después y desde tierra firme que “los sufrimientos de estos desdichados hombres del Essex podrían haberse evitado, con toda probabilidad, si hubieran ido directos hacia Tahití después de abandonar el buque. Pero,” como dijo Melville, “le tenían pavor a los caníbales.”

La cuestión es, ¿por qué estos hombres temían a los caníbales mucho más que a la enorme posibilidad de morir de hambre? ¿Por qué se vieron mucho más influenciados por una historia que por otra? Visto desde esta perspectiva, su historia se convierte en una de interpretación. El novelista Vladimir Nabokov dijo que el mejor receptor de historia tiene una combinación de dos temperamentos muy distintos: el artístico y el científico. Un buen lector o espectador tiene la pasión del artista, la disposición de perderse en la historia, pero de igual importancia, el lector necesita el juicio imparcial del científico, que actúa para templar las reacciones intuitivas. Como hemos visto, los hombres del Essex no tenían dificultad con la parte artística. Se imaginaron una diversidad de escenarios horripilantes. De todos los escenarios que surgieron de sus miedos, respondieron solo al más espeluznante y vívido, aquél que les era más fácil imaginar: los caníbales. Pero quizá si hubieran sido capaces de interpretar sus miedos más como un científico, con mayor objetividad, hubieran escuchado la historia menos violenta, pero más probable, la del hambre, y se hubieran dirigido a Tahití, como sugiere el lúgubre comentario de Melville. El problema fue, pues, que prestaron atención a la historia incorrecta.

Y he aquí la madre del cordero: ¿cómo saber si estamos prestando atención a la historia correcta o a la incorrecta? Pues por la misma razón que sabes cuando estás sometido a un chantaje emocional. Es difícil no prestar atención a un chantaje emocional, ¿verdad? Cuesta resistirse. El chantaje puede adoptar la forma de algo terriblemente atractivo y tentador, o bien puede impelernos a huir despavoridos de algo abrumadoramente atroz. Y, ¿por qué ocurre esto? Porque el chantajeador nos conoce bien: sabe exactamente cuáles son nuestros miedos más cervales y no tiene remilgos en utilizarlos para manipularnos. Tememos las posibles consecuencias desastrosas de no someternos al dictamen del chantajeador. En nuestro fuero interno nos sentimos impelidos a actuar impulsivamente, sin pensar, como quien retira la mano del fuego, instintivamente. De pronto una afirmación, una exigencia, un consejo, o un ruego se nos antojan como una verdad revelada. De pronto, sin saber muy bien por qué, tenemos fe en que son verdad, aunque no tengan ninguna base real.

Esto que seguramente todos vosotros habéis experimentado alguna vez en vuestra vida frente a un cura, o a un político, o a un predicador del pensamiento mágico, es lo que se denomina postverdad, un término que acuñó el sociólogo norteamericano Ralph Keyes en 2004. Es una verdad que Trump ha ganado las elecciones, que Gran Bretaña abandona la UE, que Colombia renuncia a la paz, que en España Rajoy sigue al frente del gobierno… Pero también es una postverdad, precisamente porque estos acontecimientos no se habrían producido sin las variables del chantaje emocional. En otras palabras: si los votantes en cualquiera de esos comicios, si los marineros que iban en ese barco, únicamente hubieran tenido en cuenta elementos de juicio racionales, jamás se habrían dado los resultados que ahora conocemos.

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Rubén Chacón

Periodista, publicista, colaborador habitual en distintos medios, autor de El Sorprendedor (Temas de Hoy, 2011), diseñador de juegos, cantante de End of Party, cinéfilo empedernido y padre de dos hijos.

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