Los niños de Winton (2023), de James Hawes

«Una historia basada en hechos reales que conmueve por su elegancia, su contención y su ternura».

Creía que iba a ver una versión actualizada de La lista de Schindler y ya estaba enfurruñado pensando en la falta de creatividad de los directores de cine actuales, cuando Anthony Hopkins, quien encarna a Nicky Winton, un anciano enternecedor, sarcástico y bondadoso sin gazmoñerías (algo que es de agradecer en los tiempos que corren), me mostró en la pantalla una historia basada en hechos reales que conmueve por su elegancia, su contención y su ternura.

El protagonista, Nicholas Winton (Hopkins en su interpretación anciana y Johnny Flynn en su interpretación joven), fue un ciudadano británico y corredor de bolsa, que organizó el rescate y transporte de cientos de niños, la mayoría judíos, desde Checoslovaquia a Inglaterra en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Esta es la acción heroica; pero luego está la persona o las personas (como indica Sir Nicholas Winton quitándose protagonismo), entre las cuales está su madre (interpretada por Helena Bonham Carter), que participaron activamente en este acto humanitario de inmensa solidaridad y altura humana.

Anthony Hopkins (quien nos sobrecogió con Hannibal Lecter, y no es fácil de olvidar) se nos presenta como un venerable abuelo, algo desordenado y casado con una señora muy señora (Lena Olin), quien lo alienta a cerrar capítulos de su pasado. Animado por ella, decide, tras cincuenta años, tomar una serie de decisiones con respecto a su hazaña, ocasionando algo que no voy a contar, algo que me emocionó, algo que provocó que me olvidara de que estaba en el cine en calidad de redactor de prensa y que me convirtió, ipso facto, en un simple espectador sollozante. No detallaré más porque quiero que vayan a verla. Solo decirles que la mirada de Hopkins no es ya la de Hannibal Lecter, porque está teñida de esa calma que da la senectud, un sosiego ahíto de sabiduría que es, en cierto modo, una conducta preparatoria para la vida eterna.

Lena Olin, discreta y correcta en su papel, y Helena Bonham Carter, cuya interpretación como madre de Winton no logra satisfacerme plenamente, quedan eclipsadas por la actuación estelar de Sir Anthony Hopkins. Aunque los demás actores desempeñan un rol adecuado que no desentona, su trabajo queda deslucido por el del también compositor británico, quien, con 86 años, da vida a un Sir (como lo es él), llevándolos a ambos (al actor y al personaje) a esferas que trascienden lo mundano y lo vulgar (a lo que lamentablemente estamos acostumbrados).

En definitiva, este prolífico actor, director y productor (me refiero a don Antonio), quien tanto nos ha hecho disfrutar con su oficio, ha vuelto a silenciar a los lobos disfrazados de corderos, entre los que yo me incluyo.

 ¡Chapeau!

Calificación8
8

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Guillermo Pérez-Aranda Mejías

Soy un escritor romántico con matices quevedescos. Disfruto con lo absurdo del surrealismo y me apasiona encarcelarme en mi castiza torre de marfil, donde desarrollo mi creatividad rodeado de música, de libros, de cine y de lo más selecto de la humanidad huyendo así, en la medida de lo posible, de lo más mundano. Roquero trasnochado y poeta de lo grotesco, he decidido, como si fuera un samurái que se destripa por su honor, entregar mi vida por entero al arte.

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