En la ciudad blanca (1983), de Alain Tanner – Crítica

En la ciudad blancaEn la ciudad blanca

Descubrí En la ciudad blanca (Dans la Ville blanche, 1983) hace muchos años, de la mejor manera en que uno da con una joya, de casualidad. Fue por televisión, en una de esas noches de verano, a esas horas en las que ya todo el mundo duerme.

Me atrapó en seguida el hipnotismo de sus imágenes y el increíble actor Bruno Ganz, que aún no conocía. Desde entonces me grabé mentalmente el nombre de este actor y del director de la película, Alain Tanner, ambos suizos.

Ya el comienzo te sumerge completamente en el mundo que verás durante la hora y 44 minutos de metraje:

Paul, el personaje que interpreta Bruno Ganz, es un mecánico en la sala de máquinas de un buque mercante. Al desembarcar en Lisboa deserta.

No se preocupe el lector si desvelo algo de la película, no importa, pues es como un poema visual. No importa que te cuenten un poema, lo que importa son las sensaciones que te produce al leerlo. Cada vez que lo leas será diferente porque tú serás diferente: habrás crecido, cambiado, y verás la vida con otros ojos. Ciertamente esta película es la vida, no esperen planos rápidos y estructuras narrativas tradicionales, esta película es la vida. Apenas hubo guión, en cada escena se captaba lo que de verdad pasaba en el momento, una película que trata en condiciones sobre la libertad debe ser rodada con libertad.

Es inevitable pensar en Pessoa, cuando sentimos esa intuición de que siempre hay algo, mucho más que se nos escapa, que no podemos comprender (la incapacidad de la mente para comprenderse a sí misma). Pero es Alain Tanner, es Bruno Ganz, que lo impregna todo con su magnética y carismática personalidad. Es la búsqueda de libertad, y la imposibilidad de conseguirla, es el amor, es la belleza.

Paul dice que en su trabajo él no viaja, vive en una fábrica flotante, por eso todos los marineros están locos. El ser humano necesita libertad. Cuando es privado de esa libertad y confinado a un sitio ruidoso, estrecho, 50 grados, el ser humano sufre tanto que el cerebro puede disociarse. Paul dice necesitar encontrar una nueva voz para ver el mundo, parece perder la noción de la memoria y la realidad, viaja sin moverse, se fuga. En un momento de la película el personaje es comparado con un axolotl, un anfibio caudado de los lagos de México. Cortázar escribió lo siguiente sobre los axolotl:

“Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl.”

Paul dice no poder escribir, ha perdido su voz, sin embargo nos habla por las imágenes que capta en su cámara de super 8. La toma que quizás mejor capta el estado mental de Paul es aquella en que, desde un barco en movimiento, muestra un plano cerrado del mar; el mar en abstracto: incesante, infinito, hipnótico, obsesivo, inabarcable, inaprensible, como la mente en plena fuga disociativa.

Dicen que toda una generación de personas se enamoró de Lisboa viendo esta película, yo fui una de esas personas. Con su aire decadente, suspendida en el tiempo, y a la vez el tiempo se escribe en todas sus corroídas fachadas, en el incesante río, el infinito mar, y en los interminables adoquines de sus calles. Calles laberínticas, en las que perderse, en las que fugarse, en las que puedes viajar sin moverte, igual que en el cine.

Paul dice estar cansado, necesita estar así, sin hacer nada, en plena libertad. Ama a dos mujeres, su mujer suiza, que le espera en Ginebra; y Rosa, interpretada por Teresa Madruga, la mujer que conoce en la pensión de Lisboa. Rosa, incapaz de conocerle o de saber quien es, dice que le quiere, pero que un día se irá, y ella también.

Mención especial merece el saxo de Jean-Luc Barbier, que recuerda vagamente las sensaciones de melancolía y soledad de otro saxo, el compuesto por Bernard Herrmann para Taxi Driver:

Dos grandes suizos en estado de gracia, Ganz y Tanner, mítica conjunción estelar en el momento único para crear una obra única e irrepetible. Rodaron esta película de la única forma en que debía ser rodada y con el ritmo en que debía ser rodada. La cotidianidad de la vida, los pequeños cambios que suceden de forma imperceptible en esa vacuidad del día a día. Un hombre tocando la armónica frente al mar, jugando al billar, contemplando a una mujer bella, un hombre cansado que contempla una ciudad que en sueños ve blanca, una película que sólo podía ser rodada en plena libertad.

“Mi única patria verdadera es el mar”.

En la ciudad blanca

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Pedro Hoyos González

"Estudiante de psicología, apasionado de la música, de las artes y de la política. Regento los siguientes blogs: https://emisionenelvientredeunaballena.wordpress.com/ https://psicoenelvientredeunaballena.wordpress.com/ Búscame si quieres debatir con un whiskey irlandés en la mano."

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