Fotogenia de la Guerra Fría (XIII): Las guerras de oriente medio (I)

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Una de las zonas más calientes del planeta en el período comprendido entre el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, es Oriente Medio. Si tenemos en cuenta que en los años 20 ya se habían producido frecuentes choques entre judíos y palestinos, podemos decir que aquella zona ha vivido noventa y cinco años –que se dice pronto: ¡noventa y cinco!– en estado de guerra; cuatro generaciones: abuelos, padres, hijos, nietos, solamente han conocido guerra. Y lo que es peor, se han demostrado incapaces para ponerse de acuerdo con la otra parte. Nunca puede ser sano el que dos comunidades lleven a la greña casi un siglo. No me extraña, por tanto, que muchos judíos (especialmente askenazíes) abandonen decepcionados el Estado de Israel siendo sustituidos por otros procedentes de zonas sefardíes. De la misma forma que tampoco me extraña que del lado palestino los haya que tiendan a inmolarse para optar por un improbable renacimiento en el paraíso de Alá. Comprender, claro, no es disculpar.

A finales del siglo XIX apareció el sionismo, el nacionalismo judío que proponía el fin de la diáspora y la creación de un “hogar nacional judío” en las tierras que históricamente les habían pertenecido. La idea era buena e incluso el Tercer Reich negoció con la Organización Mundial Sionista, la repatriación de los judíos alemanes a Palestina. El plan no pudo avanzar por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, pero desde los años 20 ya existía una migración masiva de judíos hacia Palestina. El célebre escritor Arthur Koestler fue uno de los que creyeron en el experimento y permanecieron unos meses en los kibutz antes de decepcionarse.

Durante siglos, aquellos territorios habían formado parte del Imperio Otomano, pero al derrumbarse definitivamente tras la Primera Guerra Mundial, la zona quedó bajo administración británica. Y los ingleses no eran muy partidarios de que la llegada masiva de judíos generara conflictos con los palestinos, así que obstaculizaron esa migración con todas sus fuerzas. No pudieron evitar que se produjeran distintas “olas” migratorias: la tercera (de 1919 a 1923) y la cuarta (de 1924 a 1929) fueron particularmente importantes. Ya por entonces hubo masacres. A partir de 1920, los judíos se dotaron de grupos armados para proteger sus comunidades y realizar represalias. La Haganah, el ejército secreto de Israel, nació en eses años; su nombre era sinónimo de “protección” para judíos y siniestro tanto para palestinos como para ingleses. Del lado palestino, se afianzó el liderazgo de Amin al–Huseini, Gran Muftí de Jerusalén, que terminó pactando con el Tercer Reich y colaborando activamente en el reclutamiento de musulmanes bosnios, albaneses y magrebíes para el ejército alemán. Falleció en 1974 cuando había cedido el liderazgo a su sobrino Mohammed Yasser Abdel Rahman Raouf Arafat al–Quedwa al–Husseini, más conocido como Yasser Arafat.

Coincidiendo con los primeros chispazos de la Guerra Fría, las Naciones Unidas en 1947 aprobaron la partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe. Jerusalén y Belén quedaban fuera de la partición y serían administradas por la ONU. No parecía un mal plan, pero la Liga Árabe lo rechazó. Y, por lo demás, la ONU no hizo nada para que se pusiera en marcha. Así que el 14 de mayo de 1948, el Estado de Israel fue proclamado en el territorio que le había otorgado la ONU. Afluyeron en masa judíos de todo el mundo. Al día siguiente cinco países árabes declaraban la guerra al nuevo Estado.

Aquella primera guerra judeo–árabe duro quince meses. Venció Israel que amplió su territorio un 26%, expulsando a 711.000 palestinos que fueron a parar a los primeros campamentos de refugiados de la franja de Gaza. Apenas habían pasado ocho años cuando estalló la llamada Guerra del Sinaí. El presidente egipcio Nasser había nacionalizado el Canal de Suez y bloqueado el estrecho de Tirán impidiendo la salida de Israel al Mar Rojo. Francia y el Reino unido ocuparon el canal, derrotaron al ejército egipcio, mientras los judíos ocupaban la Península del Sinaí. Nuevo fracaso bélico, por tanto, del mundo árabe. La atención preferencial que le dedicaron los medios occidentales a este conflicto fue tal que los soviéticos aprovecharan para atacar Budapest y hacer renunciar al pueblo húngaro a cualquier veleidad independentista.

No acabó ahí la cosa. Once años después, en 1967, estalló la Tercera Guerra Árabe Israelí: su única virtud fue su brevedad; en efecto, apenas duró una semana: fue la llamada Guerra de los Seis Días. La derrota árabe tuvo dimensiones incluso superiores a las dos anteriores. Israel ocupó la Cisjordania a Jordania, los Altos del Golán a Siria y la Península del Sinaí a Egipto. Y todavía habría una Cuarta Guerra Árabe Israelí en 1973, la llamada Guerra del Yom Kippur, en que los egipcios lograron ocupar parte de la península del Sinaí antes de ser de nuevo derrotados. En los Altos del Golán ocurrió otro tanto y los judíos se plantaron a 30 kilómetros de Damasco. Para colmo, los refugiados palestinos se habían hecho conflictivos en el Líbano; lanzaban desde allí sus ataques a Israel y los judíos respondían indiscriminadamente bombardeando territorios fronterizos de aquel país. Esta dinámica hizo que estallara una guerra civil que se prolongó en la segunda mitad de los años setenta. Hoy incluso, esporádicamente, se producen ataques palestinos, represalias israelíes y la situación dista mucho de haberse pacificado por completo.

Durante la Guerra Fría, Oriente Medio pudo considerarse como un “frente secundario” del enfrentamiento entre los EEUU y la URSS: estos tomaron partido por el mundo árabe, mientras que los norteamericanos apoyaban a Israel. De hecho, las victorias judías a partir de 1967 se debieron en buena medida a que los pilotos judíos pudieron contar con informaciones facilitadas por los satélites espía norteamericanos.

El cine ofrece algunas películas brillantes sobre este conflicto, pero aquí, quizás, más que en ninguna otra guerra, hay que ir con mucho cuidado: en tanto que el conflicto sigue todavía latente, abunda el partidismo e incluso la pura propaganda política a favor de unos o de otros. Raras son las películas que tratan el tema con ecuanimidad. Y menos aún con brillantez. Hemos seleccionado lo mejor filmado sobre el conflicto.


 

Éxodo, o el viaje a los orígenes

Éxodo

La película Exodus (1960, Éxodo), basada en la novela del mismo título de León Uris (escrita en 1958), es, sin duda, la más famosa sobre los pasos previos a la fundación del Estado de Israel. Dirigida por Otto Preminger, lo menos que puede decirse de ella es que ve las cosas con la óptica propia del bando israelita. Se suele achacar a la película que los miembros de algunos grupos terroristas judíos, especialmente el Irgum, son tratados con demasiada deferencia y el Haganah con simpatía declarada. La acción se sitúa en 1948, año en el que se crea oficialmente el Estado de Israel. Un barco, el Estrella de David es interceptado por las autoridades inglesas cuando conduce a 300 judíos en dirección a Palestina. Existía entonces un bloqueo impuesto por las autoridades inglesas, así que el “capitán de la Haganah Ari–Ben Canaan” (interpretado por Paul Newman) consigue otro barco, el Exodus, y logra que lleguen justo en el momento de la creación del Estado de Israel. Las críticas a la película vinieron por la referencia a la Haganah y al Irgum que los ingleses consideraban como “organizaciones terrorista”. Esto y otras incorrecciones históricas hacen que la película tenga valor como muestra del impacto emocional que generó en la comunidad judía de todo el mundo la independencia del Estado de Israel, mucho más que como documento histórico. Se trató de la habitual superproducción hollywoodiense que contaba con el concurso de algunos de los mejores actores del momento: Peter Lawford, Lee J. Cobb, Sal Mineo, John Derek. Hay algo de dramón excesivamente sentimental en la película, pero puede ser interesante a la hora de reflejar aquellos momentos y el espíritu con los que los vivieron los protagonistas israelitas. El guión, por cierto, es de Dalton Trumbo.

Si Exodus no convence, puede recurrirse a Kedma (2002), película producida en Israel, mucho más tardía y que trata los hechos sin tanta épica e incluso con sobredosis de realismo. Los hechos narrados en Kedma tienen lugar en mayo de 1948, poco antes de la creación del Estado de Israel. El navío en el que llegan los judíos que han sobrevivido a la guerra en Europa, es aquí el “Kedma” palabra que, al parecer, en hebreo significa “hacia el Oriente”. Al llegar a Palestina y como ya había ocurrido con otros testimonios anteriores (empezando por el ya mencionado de Arthur Koestler), las cosas no son cómo se las imaginaban: el territorio es un erial, un pedregal yermo que, para colmo, está habitado por palestinos oriundos que se resisten a ser desplazados. La película dirigida por Amos Gitai llega casi medio siglo después de la rodada por Preminger. Muestra como un proyecto político, a lo largo de ese tiempo, se ha ido redimensionando.

Los interesados en profundizar en el período fundacional del Estado de Israel pueden recurrir también a The Juggler (1953, Hombres olvidados) de Edward Dmytryk, dramón con los frenos rotos en el que un refugiado judío que emigra a Israel tras la Segunda Guerra Mundial no puede evitar verse aquejado por traumas psicológicos hasta terminar siendo perseguido en su propio país por agredir a un policía.

Cabría hablar también de The Little Drummer Girl (1984, La chica del tambor) basada en una novela de John Le Carré e interpretada por una juvenil Diane Keaton y un madurito jefe del Mosad con mirada de psicopatón, Klaus Kinsky, entre otros. Su director, George Roy Hill, da la sensación de que se perdió a la hora de llevar a la pantalla una película complicada, seguramente de las que registran a más terroristas y de más nacionalidades por fotograma. Le Carré se mueve bien en intrigas basadas en servicios secretos, pero en este caso, la trama es demasiado retorcida como para que pueda tener visos de verosimilitud. Vale la pena verla porque nos dice algo sobre cómo trabajaban los servicios secretos judíos en los primeros años del Estado de Israel. Película frustrada, por lo demás.

En Ô Jérusalem (2006, Oh Jerusalén) se narra la creación del Estado de Israel tal como lo vieron los escritores Dominique Lapierre y Larry Collins en su relato del mismo título. La película de nacionalidad francesa, dirigida por Elie Chouraqui, es un verdadero drama sobre el conflicto árabe–israelí visto desde la perspectiva de dos amigos separados por su origen: uno árabe y otro judío. Lo esencial de la trama discurre en el período de la independencia y de la Primera Guerra Árabe–Israelí: en las secuencias se perciben los episodios más significativos del conflicto, con especial atención a la masacre de Deir–Yassin en la que fueron fríamente asesinados por terroristas del Irgum entre 107 y 120 palestinos desarmados. Hay que decir que los autores de la novela se documentaban extraordinariamente antes de escribir sus libros. Aquí hacen otro tanto pero la trama está ligeramente viciada por los valores positivos que quieren aportar a los protagonistas y que no estamos muy convencidos de que, al menos en 1948, estuvieran presentes ya en la mayoría de actores del conflicto.

También ambientado en esa época está Cast a Giant Shadow (1966, La sombra de un gigante) en el que Melville Shavelson dirige a un elenco de estrellas o futuras estrellas Kirk Douglas, Senta Berger, Angie Dickinson, Yul Brynner, John Wayne. La película está ambientada en la Primera Guerra Árabe–Israelí que sucedió inmediatamente a la partición de Palestina y a la creación del Estado de Israel. En este clima, un coronel norteamericano de origen judío (Douglas) se pone al frente de los judíos convirtiéndose en el primer general del Ejército Israelí. Película algo retórica y alambicada, pero que tiene la virtud de describir aquellos momentos fundacionales en los que solamente el ingenuo Dalton Trumbo en Exodus se había forjado una esperanza de que palestinos y judíos tuvieran un futuro en paz.

La sombra de un gigante

Por último, la película Eden (2001), dirigida de nuevo por Amos Gitai, remite al período fundacional, pero con un argumento más elaborado. Narra las relaciones de una pareja entre 1940 y 1946, ambos son sionistas norteamericanos y emigran a Palestina. Él es comunista y arquitecto. Ha dedicado toda su vida a la lucha por la formación del Estado de Israel, dejando de lado a su mujer. El hermano de ella es un capitalista norteamericano que también marcha a participar en la construcción de Israel pensando que allí podrá hacer grandes negocios. Durante la guerra, el arquitecto, siempre muy comprometido con su causa, se une a la Brigada Judía que combatirá contra los alemanes y vuelve a dejar otra vez a su mujer al margen de su vida, la cual apaña su vida –por decirlo así– con un librero judío alemán que ha perdido a su familia. Personajes angustiados y superados por los acontecimientos que sirven como excusas para que en el trasfondo de la película se muestren los hechos históricos que, a fin de cuentas, son los que nos interesan.

Si esto es lo que nos ofrece el cine sobre la fundación del Estado de Israel, veamos ahora lo relativo a las Guerras de Oriente Medio.


 

La crisis de Suez

En 1956, los ingleses (que habían perdido la India) y los franceses (que habían perdido Indochina) no se resignaban a reconocer que su plaza de primeras potencias estaba ocupada por los EEUU y la URSS y que ya no eran imperios como los de antes de la guerra. La gota que colmó el vaso fue la nacionalización de la Compañía del Canal de Suez realizada el 26 de julio de 1956 por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser. Los ingleses eran conscientes de que quien gobernara Suez gobernaría, así mismo, el tráfico petrolero procedente del Golfo Pérsico en dirección a Europa y decidieron intervenir militarmente para derrocar a Nasser. Por su parte, los franceses, hartos de los envíos de armas egipcias a los rebeldes argelinos, les secundaron. Los EEUU se inhibieron de la campaña y la URSS les dejó hacer por un buen motivo: éste país había decidido intervenir militarmente en Hungría para atajar las veleidades democráticas que habían florecido allí y precisaba que alguna noticia internacional creara una pantalla que impidiera percibir en Occidente la brutalidad de la intervención. Ingleses y franceses pactaron con Israel su papel en el conflicto. Primero, los judíos atacaron posiciones egipcias en el Sinaí, mientras Francia e Inglaterra exigían la retirada egipcia de la zona del canal. Egipto se negó a aceptar el ultimátum y la RAF y la aviación francesa bombardearon sus aeropuertos. La ONU decretó el cese el fuego y la retirada israelí, pero los paracaidistas anglo–franceses se lanzaron sobre el canal y derrotaron a las tropas egipcias. Los países árabes decretaron el embargo petrolero a los países intervencionistas. Éstos, por su parte, debieron retirar sus tropas el 3 de diciembre en lo que constituye una de las grandes derrotas del Reino Unido en el siglo XX. El premier inglés, Anthony Eden, dimitió poco después. En la Guerra Fría no había lugar para los imperios del siglo XIX.

Si esto es lo que nos dice la historia ¿cómo nos lo cuenta el cine?

Apenas hemos localizado una película que nos narre los hechos, Suez (1956), dirigida por Michael Darlow. No es una gran película, ni siquiera es completamente fiel a lo sucedido. Defiende la intervención inglesa, sin más, pero sí es rigurosamente fiel en lo que respecta a lo que el fracaso de la operación significó como colofón para la carrera política de Anthony Eden.

La miniserie de TV británica The Hour (2011), en sus dos temporadas de seis episodios cada una y cuyo telón de fondo es la crisis de Suez y el papel de los medios de comunicación, merece ser recordada. La serie nos sitúa en el Reino Unido de aquella época: espionaje, política interior, medios de comunicación, sospechas, personajes inquietantes, etc, evolucionan en torno a la intervención franco-británica. La serie, de muy buena calidad, fue improvisadamente cancelada cuando se empezaba a rodar la tercera temporada. Además de ser históricamente rigurosa, nos muestra cómo era la sociedad inglesa en aquel momento. The Hour era un programa informativo sobre política internacional en el que un joven reportero descubre una conspiración del MI6 para encubrir la participación real del Reino Unido en la crisis de Suez y los pactos con el Estado de Israel.

The Hour

Cabría también añadir dos películas sobre la invasión soviética de Hungría que se desarrolló paralelamente a la intervención en Suez y para la que ésta fue la cortina de humo. Mucho más como muestra de cine anticomunista que como narración histórica, Rapsodia de sangre (1957) dirigida por Antonio Isasi–Isasmendi y música del notable Xavier Montsalvatge, nos muestra la vida de un joven pianista (Vicente Parra) que, inicialmente, se niega a dar un concierto en homenaje a un dirigente comunista. La trama se completa con la historia de amor del pianista con la hija de un periodista comunista. Los hechos se desarrollan durante lo que se ha dado en llamar “la rebelión húngara”. Por su parte, The Journey (1959, Rojo atardecer), dirigida por Anatole Litvak, es un dramón encebollado (esto es, lacrimógeno) construido a base de un amor imposible entre un oficial soviético (Brynner) y una inglesa (Deborah Kerr) que trata de huir de Hungría en los momentos en los que se ha desencadenado la revuelta popular. Tema no particularmente sólido y poco creíble que se salva por la interpretación de la pareja protagonista. Y una última curiosidad: Puskás Hungary (2009, The Real Puskas), documental de Tamás Almási, sobre la vida del futbolista que realizó lo mejor de su carrera profesional en el Real Madrid después de que huyera de su tierra natal a raíz de la revolución húngara de 1956.


 

Películas para conocer más sobre el tema: 

Peliculas sobre conflicto oriente medio

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Amor DiBó

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