Elle (2016), de Paul Verhoeven – Crítica

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Desde la turbadora mirada de Paul Verhoeven, Elle nos proporciona placer insano al jugar con la moralidad de los espectadores. Una gran película destinada a lsabelle Huppert, convirtiendo un salto al vacío en una interpretación magistral.

Cuando entramos en una sala de cine, esperamos que cuando se apaguen las luces empiecen a florecer sensaciones. Emociones casi siempre acotadas a unas estrictas reglas impuestas por los estudios detrás de la financiación. Por desgracia, no es habitual apostar por un proyecto incómodo para el público. Situación que genera que el cine sea nuestra casa, un refugio donde nos estimulan, pero ante todo nuestro hogar. Por ello, es vital para el medio la presencia de directores como Paul Verhoeven. Un oasis de libertad frente a la comodidad y corrección política, propiedades que se han vuelto endémicas del séptimo arte, terreno más que fértil para la perversión. Si durante dos horas podemos sentarnos en la plácida butaca de nuestro chalet, Verhoeven conoce todas las entradas y no dudará en forzarlas para entrar. Un extraño que irrumpe en nuestro bienestar a golpe de inteligencia, evitando la ruidosa y gruesa provocación. Consiguiendo con Elle, como con su dilatada carrera, que no queramos cambiar las cerraduras, ya que el síndrome de Estocolmo emerge con los secuestros del veterano director.

Si por algo se ha caracterizado la filmografía del realizador belga es por explotación de la ambigüedad moral. En Elle, la primera secuencia que nos golpea es la de una violación. No hay manera más fría y desagradable de imponernos un juicio, entrando en un dominio con una alta probabilidad de quemarse. Por si fuera poco, tras la agresión se muestra un impasible baño de la protagonista, Michèle, que desconcierta por partida doble. Este acontecimiento nos sumerge en un mundo sin piedad, en el que Verhoeven presenta al género masculino como patente culpable. Todas las relaciones de Michèle con los hombres están impregnadas de sexo y violencia, a excepción de los integrantes de su familia, que sirven como respuestas para desmarcarse de la simple provocación. Como las noches posteriores en su solitaria casa, la amenaza es constante y de la  inseguridad nacen las acusaciones. Cada posible agresor deambula entre el adulterio, el maltrato y el odio; lo que nos hace coger distancia y esperar a que se descubra el suspense. Sin embargo, hacia donde vira la película es al humor negro, inesperado giro que la convierte en una gran obra. Poco a poco se crea un torbellino de risas en torno a una víctima, lo que deja indefenso al espectador. Si ya de por sí es tremendamente reprochable entrar en el juego infecto, todavía lo es más no querer salir.

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Desde el primer momento, Elle nos deja desamparados, confiando en que la trama evolucione de la manera aceptada como adecuada. Ante los sucesos traumáticos, la sociedad ha abrazado unas repuestas moralmente más correctas que otras. Al igual que el tratamiento humorístico para una película que debería ser seria y atormentada. Apreciamos como el comportamiento de Michèle no es el esperado, paralelamente a la visión subversiva de Verhoeven. El director no da las claves para entender porque la protagonista se comporta de esa manera, si no que nos acerca a su rostro en el presente. Casi todas las acciones que realiza son reprochables y generan animadversión, preparando el terreno para el golpe de efecto. Mediante temas difuminados alrededor de la casa de Michèle, Verhoeven va mostrándonos la imposición de una ética que afecta al razonamiento de Elle por parte del público. Al frente del bien y el mal, el Papa Francisco aparece como profesor de una clase que se ha descontrolado, asistiendo a los más variados pecados de una comunidad repulsiva. El pasado ha pertenecido a la Iglesia, de donde era difícil escapar, y el futuro está en manos de la propia Michèle. Ella trabaja como  directiva de una compañía de software de videojuegos, en la que la provocación fluye con fuerza. Al contrario que en los tiempos pasados, la violencia se ha tendido a interiorizar, evitando la reflexión sobre ella. Los pasajes del videojuego que están diseñando son igual de mórbidos que la realidad, pero menos impactantes debido a su carácter virtual. Un proyecto incómodo en el que la actriz protagonista tiene tanto peso como el director, únicamente escrito para intérpretes sin miedo.

‘Leí el guión y me asusté. Reconozco que entonces no tuve el coraje suficiente para convertirme en la mujer que sufre aquella aterradora agresión. Pero me arrepentí inmediatamente después de negarme’. Este podría ser el testimonio de Marion Cotillard, Diane Lane o Nicole Kidman, integrantes de una lista de renombradas actrices que no dudaron en rechazar el papel propuesto por Verhoeven. No obstante, la transcripción corresponde a la cobertura del diario El País de una de las jornadas del Festival de Cannes de 2001. Ante el estreno de La pianista de Michael Haneke, Isabelle Huppert explicaba las razones que le  llevaron a rechazar Funny Games (1997) del director austriaco. Extrapolando a Elle, resulta paradójica la sentencia que proporcionaba una actriz que lleva el riesgo por bandera. No hay segundo del metraje en el que no se exponga ante la cámara, gravitando alrededor de ella un universo turbio y espeso. Michèle LeBlanc es un gran estudio de personaje; mas a diferencia de lo usual, no se busca la empatía. El vínculo con el público se forja a través de su condición, poniendo todos los impedimentos posibles para encontrar un nexo emocional. La elegante interpretación de Huppert nos hipnotiza, escondiendo en la frialdad a una mujer tan cínica como independiente. La fuerza de su interpretación reside en un buscado distanciamiento que nos perturba y nos atrae a partes iguales. Ya que si Verhoeven no nos proporciona los puentes para andar junto a Michèle, buscamos la manera de acercarnos a una mujer que nunca sucumbe a las adversidades. Aunque ansiamos ver a Huppert vengarse con un hacha; la sutileza y la elegancia con la que maneja a los demás personajes del filme son mucho más satisfactorias. Una actriz sobre la que se agotaron los calificativos hace tiempo, agrandando desde la sensatez su leyenda en la historia del cine.

Así pues, la identificación con las ideas remitentes por parte de la cámara de Verhoeven han progresado imparables. Tras concluir Elle y escapar de la inquietante atmósfera, cabe recapitular sobre las sensaciones encontradas. El desconcierto ha calado tan hondo que hace inclasificable una obra de inmenso valor. Sobrevivir con Michèle y su incompetente gato el azaroso camino es una experiencia sumamente grata, a la vez que enferma al formar parte de tal cuadro. Placer eléctrico provocado por el cortocircuito producido en nuestras cabezas. Al final, Elle se desmarca como una excelente película gracias a la perfecta conjunción de la pareja reunida para este proyecto. Una actriz como Isabelle Huppert, cuya clase y valentía volverán a quedarse grabados en nuestra memoria, y Paul Verhoeven, agitador insaciable de la moralidad. Ya que al terminar los créditos finales extrañamos inmediatamente a ambos, sucumbiendo al retrato al que nos hemos visto expuestos. Pues el trastorno psicológico se ha transmitido poderosamente, deseando volver al secuestro tras ser liberados.

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Calificación9
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Carlos Chaparro

Estudió Comunicación Audiovisual, permitiéndole trabajar en su pasión: el cine. Un amor incondicional que nació al descubrir a Patricia y Michel paseando por los Campos Elíseos.

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