¡CANTOS A LA TIERRA! A propósito de Byung-Chul Han y “Mother!”

Mother! de Darren Aronofsky

“De la tierra nos llega el imperativo de cuidarla bien, es decir, de tratarla con esmero… Lo bello nos obliga, es más, nos ordena tratarlo con cuidado. Hay que tratar cuidadosamente lo bello. Es una tarea urgente, una obligación de la humanidad, tratar con cuidado la tierra, pues ella es hermosa, e incluso esplendorosa

-Loa a la tierra- (Byung-Chul Han)

Aronofsky está ubicado por mucho entre mis directores favoritos dentro del cine contemporáneo, así como el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han es uno de mis autores predilectos a la hora de reflexionar sobre los fundamentos del conocimiento y el mundo actual. En 2017 cada uno a su manera y por separado –quizás no se conozcan el uno y el otro– elaboró una obra que elogia al planeta tierra y a la vida, pero a la vez nos hacen ver las consecuencias funestas de la vida humana sobre la misma. En el libro Loa a la tierra, entre pensamientos y confesiones que pasan por lo filosófico, el cultivo, lo espiritual y lo poético, Han entre muchas de sus deliberaciones y meditaciones parece como si estuviera haciendo una reseña sobre el film de Aronofsky (o si se quiere la película pareciera estar llevando a las imágenes las palabras del filósofo):

“Esta Loa a la tierra  debe sonar como una hermosa canción de la tierra. Pero en vista de las violentas catástrofes naturales que hoy nos azotan, para algunos esta loa debería leerse como una noticia funesta. Esas catástrofes naturales son la iracunda respuesta de la tierra a la falta de escrúpulos y a la violencia humana. Hemos perdido por completo la veneración a la tierra. Hemos dejado de verla y de oírla… Hoy hace más falta que nunca una loa a la tierra. Tenemos que tratar con cuidado la tierra. De lo contrario, pereceremos por culpa de la destrucción que nosotros mismos causamos” (Han, 2019: 13, 173).

Efectivamente, la película de Aronofsky es una alegoría y un alegato sobre las nefastas consecuencias del irrespeto humano ante la vida y la tierra, el hogar que les ha dado y brindado. Al mismo tiempo es un discurso contra el patriarcado y el fanatismo religioso. Pero en general y sobre todo nos muestra la potencia de vida, creación y renovación de la tierra ante el caos que siempre ha estado y siempre vuelve. Es un hecho que la naturaleza ha vivido y sufrido una serie de catástrofes durante el transcurso de su historia, unas peores que otras y sin embargo la vida siempre ha vuelto a vivir. El problema hoy es: ¿Cuál será el futuro de la especie humana? ¿Seremos capaces de romper nuestras contradicciones e iluminar por fin las sombras que nos gobiernan? ¿Nuestra inteligencia será capaz de fundar un conocimiento general que sea capaz de volver  y renovar nuestro amor a la vida y a la Tierra?

Mother! es una obra surrealista y metafórica que explora junto a referencias bíblicas, mitológicas y científicas, la condición humana y su relación con la tierra.

El film está dentro un particular interés de su director por temas como la vida, la muerte y lo espiritual que empezó a explorar con The Fountain (2006), continúo con Noah (2014) y devino en el acompañamiento y la producción de la serie documental One Strange Rock (2018). En las dos primeras películas se nos revela esa apetencia del director por buscar la vida en medio de la muerte y el amor ante los rigores de la existencia y el desaliento, así como su interés por lo terrenal y la vida humana. En Noah –personal visión post-apocalíptica del mito bíblico– son de resaltar la secuencia de la creación y la evolución, así como la piel de la serpiente que hereda Noé de su padre y que el heredará a sus hijos como símbolo de lo terrestre y el cuidado de lo mismo. Hacia al final de la misma nos veremos de frente a una escena entre Noé y su esposa que dice mucho sobre el papel de la mujer como dadora y cultivadora de vida y amor.

Surgida de ese interés y esas imágenes, Mother! es una obra surrealista y metafórica que explora junto a referencias bíblicas, mitológicas y científicas, la condición humana y su relación con la tierra, ese frágil y maravilloso planeta interconectado “repleto de vida en mitad de un cosmos muy difícil y desconocido” (según como lo podemos leer en varios portales con relación a la serie que se vio por NatGeo).  El mismo Han nos dice (e incita):

“Es increíble que en pleno universo frío y oscuro haya un lugar con vida como la tierra. Deberíamos ser siempre conscientes de que existimos en un planeta pequeño pero floreciente en medio de un universo por lo demás sin vida [que sepamos] y de que somos un ser planetario. Es necesaria una conciencia planetaria. Es lamentable que hoy se explote la tierra tan brutalmente. Casi se está desangrando… Hoy hemos perdido toda sensibilidad para la tierra. Ya no sabemos qué es. Solo la concebimos como una fuente de recursos que, en el mejor de los casos, hay que tratar sosteniblemente. Tratarla con cuidado significa devolverle su esencia” (Han, 2019: 32-33).

Byung-Chul Han

Así como debemos devolverle su esencia a la mujer y recuperar la naturaleza de la humanidad. Nos hemos apartado demasiado de ello: “la palabra humano viene de humus, tierra. La tierra es nuestro espacio de resonancia, que nos llena de dicha. Cuando abandonamos la tierra nos abandona la dicha” (Han, 2019: 144). Si se quiere, es transmutar los valores tradicionales al decir de Nietzsche o reinventar el amor según Rimbaud, con el fin de vivir intensa y creativamente, partiendo de la afirmación de la vida y de lo distinto. Saber vivir y entender desde el asombro las diferencias. Tanto la tierra como la mujer –y demás otredades– mantienen su esencia en lo distinto, dominarlas es tratar de sumirlas en el imperio de lo igual. Son esencias opuestas a la humanidad y al patriarcado, por lo que su redención desde la contemplación de lo extraño –la mirada amorosa de lo misterioso– es fundamental para devolverle su poética y su dignidad de lo bello y lo sublime. Querer conocer o querer tener todo en totalidad es como explotar, desgastar brutalmente y despojar la extrañeza de lo mistérico arrebatando lo que tiene para sí de oculto y mágico. Lo otro o lo distinto –por género, nacionalidad o especie–   y la existencia de su esencia por fuera de lo igualable es la base de la experiencia y otras posibilidades. Y experimentar según Han es: “una especie de interpelación y evocación. El objeto de una experiencia autentica, es decir, de la interpelación, no es lo general, sino lo singular. Lo singular es lo único que posibilita encuentros” (Han, 2019: 82).

Nada tiene sentido si perdemos la lucha contra la crisis ambiental. En rigor el problema político decisivo es establecer o volver sobre la relación naturaleza y humanidad.

Intensos incendios forestales, diluvios, terremotos, sequias, inundaciones, además de nuestro estado de codicia y barbarie acosan cada vez más vida sobre la tierra. Y en verdad son pocas y pequeñas las respuestas y los actos de contrición de la humanidad ante la magnitud de las catástrofes que se nos presentan y avecinan. Por el contrario la vida o la naturaleza encontraran siempre la manera de volver a despertar.  Y así comienza y termina Mother!. Una mujer (Jennifer Lawrence) se despierta de día en una casa enorme en medio de un bosque. Vive con su esposo (Javier Bardem), un poeta obsesionado con volver a escribir y crear una nueva obra. Él se refiere a ella como su diosa y según parece es su inspiración. Mientras tanto ella sola y con esmero se dedica a las labores del hogar y de forma creativa reconstruye y repasa “su paraíso”, la casa que fue devora por un incógnito incendio donde su esposo perdió todo.  Un día su compañero deja pasar y acoger a un hombre y una mujer que terminan irrumpiendo espacios de forma descarada y abusiva, como también una piedra augusta, tras de lo cual se desatará una serie de hechos confusos y caóticos que devienen tras ellos y de la mancha de sangre que dejan sus hijos. Luego llegaran otros y otros y otros que lo quieren todo, así hasta generar un contexto insostenible. Muchos de los que terminaran llegando son fieles admiradores de su esposo, que tras publicar su nueva obra, manosearan su persona y su imagen tanto como su casa –Han piensa en Heidegger para decir y argüir: “Estoy pensando en una mano en reposo, en la que se concentra un tocar que queda infinitamente lejos de todo manosear…” (Han, 2019: 85).  La mujer que quedó embarazada luego de la liosa llegada de los primeros, se ve entonces inmersa dentro de un estado de cosas incontrolables que irán deteriorando el hogar que con tanta paciencia y cuidado estaba creando de nuevo, mientras su esposo se deja llevar por un arroyo de gente que lo alaba y lo exige. Aun cuando él desea volver a ella varias veces, finalmente, tras de ser irrespetada –“¡No me hacen caso!”–, saqueada, manoseada y violentada (tanto ella como su hijo) con actos de aversión y alevosía –incluso de su propio esposo– explota llena de rabia dejando tras de sí un incendio apocalíptico. Y aun a pesar de todo este cuerpo femenino guarda en su corazón la fuente de la vida: un nuevo comienzo, un nuevo despertar.

Todo en la película sucede al interior de una casa formidable, con muchos espacios, donde la vida se desarrolla, se deshace en cenizas y vuelve a renovarse. Mitos y cosmovisiones de pueblos indígenas y nativos –que seguro no le son indiferentes al director– consideran a sus territorios como una especie de templo construido por los dioses, a la vez que sus casas ceremoniales –lugares también de habitación para algunos pueblos– representan un microcosmos, una especie de plano del universo, su visión del mundo. Muchos de estos pueblos consideran también que la tierra en la que viven es el resultado inacabado de cataclismos, múltiples creaciones y destrucciones, alcanzados por no mantener el equilibrio a causa del indebido comportamiento humano –No hay que olvidar que nuestro mundo nació de la violencia y vivimos en medio de una tormenta dinámica y cósmica que nos ha constituido según cuenta Will Smith en One Strange Rock. Algunas de estas culturas creen también que la humanidad se repite, vuelven a vivir exactamente como antes de los sucesos terribles, en un ciclo sin fin. Esto me lleva a recordar la concepción del tiempo de los estoicos o la tesis del universo filosófico nietzscheano: el eterno retorno, la eterna repetición de lo mismo, la expresión de la máxima reivindicación de la vida. Un ciclo donde con cada repetición el hombre podrá, teniendo conciencia del colosal destino, llegar a plantearse un desafío existencial para valorar cada instante y por fin hallarle a cada momento todo su sentido, sin miedo y resentimiento, con puro amor a la vida, asumiéndola plenamente e intensamente.

La mujer –una diferente con cada despertar– en la película se muestra fuerte y decidida. Fue según se cuenta la que “le devolvió la vida a toda la casa… Hasta el último detalle”. No obstante, también se muestra sigilosa, inocente y vulnerable. Cuando al primer hombre que llega se le cuenta todo lo que ella hizo con la casa, este responde de forma diciente e insolente: “¿Lo hiciste sola? Ah, no eres solo una cara bonita”. Además de otras imágenes más explicitas de abuso y encierro a las mujeres en la película, vemos otras como esa idea de la felicidad y la entrega al hogar en espera de un pago simbólico, mientras el hombre se vuelca sobre sí y su trabajo como si se les fuera la vida en ello, lo que termina generando un malestar silencioso en ella que termina explotando.

Es evidente que la película es una diatriba contra la explotación y la opresión del sistema cultural y económico desmedido, antropocéntrico y patriarcal –que tiene su génesis en el nacimiento de la agricultura, se constituye con la ilustración y la filosofía cartesiana y se fortalece con la revolución industrial–  que rige y afecta hoy por hoy los destinos de una gran mayoría de seres humanos y otras especies en el planeta tierra. Un sistema jerárquico y despótico que promulga la acumulación y el crecimiento perpetuo en un planeta por demás finito, lo que está ocasionando una emergencia climática y ambiental sin precedentes. 

El ser humano y el hombre han sabido imponer su visión e intereses como agentes superiores y morales sobre la mujer y la naturaleza en su conjunto, lo que a constituido un mundo y unas sociedades profundamente desiguales y conflictivas, a tal punto de creer que los ecosistemas y las mujeres, esenciales para nuestra existencia, suponen solo elementos subordinados a sus causas y objetivos. El hecho de que veamos o se promueva ver a otros como inferiores y a la naturaleza más como un banco de recursos que como un interlocutor digno o un fin en sí mismo, termina por generar más frialdad, discriminación y opresión hacia todas las diferencias.

Si bien la película es un canto a la tierra y a la mujer, lo que nos muestra además el film es un escenario horrible, el peor de los mundos posibles, donde lo humano es llevado a sus límites generando un derrumbe de sus ideales, afinidades y prácticas, volviéndose contra sí mismos: la humanidad en una guerra contra lo humano y el entorno. En este contexto espantoso quizás la única vía posible sea el retorno, al decir de Han, volver al “animal original” que no consume ni comunica desaforadamente, a una vida autentica y verdadera. En su libro Han reproduce un texto de Schiller que va muy en relación con lo anterior: “Ellos (animales y plantas) son lo que nosotros fuimos; son lo que hemos de volver a ser. Fuimos naturaleza como ellos, y nuestra cultura debe llevarnos de vuelta a la naturaleza… Por eso aquellos son al mismo tiempo una imagen de nuestra infancia perdida, que eternamente seguirá siendo  para nosotros lo más querido…” (En Han, 2019: 78)

Es evidente que la película es una diatriba contra la explotación y la opresión del sistema cultural y económico desmedido, antropocéntrico y patriarcal.

Nada tiene sentido si perdemos la lucha contra la crisis ambiental. En rigor el problema político decisivo es establecer o volver sobre la relación naturaleza y humanidad, que separa a lo humano de lo no-humano y a la naturaleza de lo humano. El filósofo italiano Giorgio Agamben considera que es fundamental preguntarse cómo se entiende hoy la vida y la preservación de la misma, más allá de los datos –como lo pensaría Han– teniendo en cuenta una teoría en sentido amplio que sea capaz de dar cuenta de lo común entre lo humano, el animal y la planta (Agamben, 1998, 2005).

Al título de la película lo cierra un signo de exclamación a modo de grito, suplica o rabia, pues aun cuando el medio ambiente y la tierra posee una capacidad inherente de generar, regenerar y sostener la vida, nosotros nos dirigimos a un colapso de la especie –y con la nuestra otras– que aún nos cuesta comprender y que tan solo cuando reconozcamos nuestra debilidad, la importancia de y la cercanía con la naturaleza, quizás podamos ver un camino para vivir a largo plazo dentro de los límites del planeta. 

Es necesario y urgente tomar el camino que va en contra de la desconexión y la fragmentación que rigen a nuestra cultura. Regresar a la tierra, ser uno con todo, volver sobre lo corporal, la sensibilidad y el contacto con la realidad lejos de la digitalización del mundo: “Ya no recibimos esa fuerza vivificante de la tierra que nos hace dichosos. La tierra es reducida al tamaño de una pantalla de ordenador… la realidad se des-realiza y acaba reducida a una ventana dentro de lo digital. Nuestro campo visual pronto parecerá  una pantalla tridimensional” (Han, 2019: 34, 145). Urge dejar de mirar las pantallas y mirar con complicidad el mundo que nos rodea y reconstruir los lazos entre las personas y con la naturaleza. Urge denunciar y cuestionar –bajo un pensamiento crítico constate y comprometido– la economía, la cultura y las políticas hegemónicas del neoliberalismo imperante –extractivita, consumista, productivista, mercantilista, narcisista, etc. – que se ha desarrollado sobre el sacrificio de la vida. Y por sobre todo urge destruir una de las opresiones más antiguas, la represión del patriarcado que diluye la fuerza vital de la mujer y de la naturaleza.

En último lugar, Han nos invita a cuidar y contemplar a la naturaleza y a la tierra –en su “calmada fogosidad”– a través de la práctica del pensar –como forma de agradecimiento– y del cultivar –como forma de meditación– con el fin de generar conocimiento (amor, calidez, asistencia, asombro) y aprender de la pasividad contra los ritmos de  la industrialización y del rendimiento que se nos imponen actualmente.


Referencia bibliográfica

Agamben, Giorgio. (1998). Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida.  Pre-Textos. Valencia.

Agamben, Giorgio. (2005). Lo abierto. El hombre y el animal. Pre-Textos. Valencia.

Han, Byung-Chul (2019). Loa a la tierra. Un viaje al jardín. Herder editorial, Barcelona.

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