Lourdes (2ª parte) – Temerosos de dios

Jesús haciendo milagros

Previamente (parte 1)…

Sólo en la mente del más sádico demiurgo enraizaría la idea de introducir en el mundo las desigualdades, el dolor, la enfermedad y el trauma con la única intención de designar arbitrariamente individuos que sean prueba viviente y fehaciente de su existencia divina, precisamente porque el mismo dios al que presuponemos autor de las leyes naturales les ha escogido a ellos para infringirlas.  ¿Es o no es esto a lo que denominamos milagro…?

“Yo formo la luz y creo las tinieblas,
 doy la prosperidad y causo el mal,
yo Jehová hago todas estas cosas”
Isaías 45:7

Podríamos haber elegido vivir apaciblemente y sin armas, como los taínos con los que se topó Colón en su primera expedición a “las indias”. Podríamos haber optado por tomar del árbol lo que éste quisiera ofrecernos, labrar, pescar y morir en armonía y complicidad con la madre tierra. Limitar los nacimientos a los necesarios para garantizar el equilibrio demográfico, asumiendo que no somos (ni deberíamos ser) ni más ni menos que el resto de los seres vivos con los que compartimos el planeta.

Como los taínos, podríamos haber escogido la hospitalidad y la entrega como estilo de vida, evitar diferenciarnos; desterrar el egoísmo y la envidia malsana, mostrarnos frente a los otros tal como nuestras madres nos parieron –no por primitivismo, sino por elección y un clima favorable- “con tanto descuido y simplicidad, que pareciera no haberse perdido o haberse restituido el estado de la inocencia”, como reconocía el propio almirante en sus diarios. Y, como ellos, podríamos habernos inclinado por comprender que a lo largo de nuestra vida, los momentos de bienestar, plenitud y regocijo son, con mucho, los que imperan, frente a los de congoja y desconsuelo.

Podríamos haber preferido, como los taínos, vivir sin traumas, limitar el sufrimiento, no obsesionarnos con nuestras limitaciones y fumar una mezcla de tabaco con sustancias psicotrópicas para alterar nuestra conciencia y, entre risas, cantos y danzas, agradecer con júbilo a dioses animistas de la naturaleza por la profusión de sus dones.

Sin embargo, el origen de dios (del dios de la mayor parte de la humanidad) no hay que buscarlo en la ubre generosa de una vaca, ni en el imperceptible pero obstinado crecer del trigo o en el fluir del manantial. La génesis divina (para dos tercios de los creyentes) no se encuentra en la seguridad de un hogar, ni en la luz o el calor procedentes del sol, tampoco en el amor de un hermano, ni en el abrazo de un amigo o un beso entre dos enamorados. ¿Qué tendría de trascendente que todo ocurriese según lo esperado…? La voz de dios (para casi 4 mil millones de personas) es un rugir de tripas; surge del hambre inesperada que deviene de que nuestra vaca enferme, o de que una plaga asole nuestros campos. Dios procede de una boca inesperadamente sedienta y cubierta de pústulas; se halla el fondo de un pozo repentinamente seco. Dios surge del miedo a la exposición cuando nuestro techo se derrumba. La idea de dios se comienza a concebir cuando, ateridos por el frío que nos muerde en la noche, desprovistos de luz, vagamos ciegos en la oscuridad. También dios emana del hedor del cadáver que hasta ayer era nuestro hermano, nuestro amigo, el amor de nuestra vida…

Religiones

Según informa Pew Resarch Center, prácticamente el 85% de la población mundial reconoce profesar una creencia religiosa, algo más de 5 mil millones de personas. De las cuales dos tercios pertenecen a las denominadas religiones abrahamicas (cristianismo, islam y judaísmo fundamentalmente y por ese orden en cuanto al número de fieles). Es decir, la gran mayoría opta por creer en un dios cruel que inspira temor. La Torah y el Antiguo Testamento comparten un total de 1157 relatos de extrema crueldad divina, el Nuevo Testamento incorpora 163 testimonios de la ira de dios. El Corán, por su parte se queda en la nada desdeñable cifra de 532. Lo más curioso es que, compartiendo estos cuatro grandes libros el mismo antagonista, que es Satán, al díscolo ángel caído tan sólo se le permita demostrar su proverbial malignidad en tres ocasiones: una en la que persuade a Eva, otra en la que tienta a Job y, ¡la peor!, cuando insta a Jesús a demostrar que es quien dice ser… Comparado con un dios que mata tanto indiscriminada como selectivamente, un dios vengativo, torturador, celoso, intransigente, autoritario, amenazador, abusón, arbitrario y veleidoso, su antagonista Satán, efectivamente, se nos antoja tan peligroso como una culebra.

Así pues, dios (el dios de Abraham) desciende del trauma, de la privación, del dolor, de la ausencia…  Es hijo de una madre curiosa y humilde, y de mil padres altaneros y autocomplacientes. De sus uniones bastardas surgen infinidad de vástagos con diferente apellido pero un mismo nombre en forma de pregunta: ¿por qué…? El estudio de la antropología puede llegar a ser realmente enternecedor si nos dedicamos al análisis de las supercherías que hemos ideado para tratar de explicar antropocéntricamente (como no podía ser de otra manera) la causalidad oculta de la vida. Y que en nuestra voluntariamente ignorada ignorancia y pretencioso victimismo, se nos antojan acontecimientos caprichosos, trágicos complots pergeñados por una mente cruel y veleidosa. Pues sólo en la mente del más sádico demiurgo enraizaría la idea de introducir en el mundo las desigualdades, el dolor, la enfermedad y el trauma con la única intención de designar arbitrariamente individuos que sean prueba viviente y fehaciente de su existencia divina, precisamente porque el mismo dios al que presuponemos autor de las leyes naturales les ha escogido a ellos para infringirlas.  ¿Es o no es esto a lo que denominamos milagro…?

Lourdes

“Dígame padre, ¿es dios bueno o todopoderoso…?”. Como si no suscitase suficientes reflexiones la mera contemplación de ‘Lourdes’, Jessica Hausner nos plantea a través de un personaje secundario este dilema tan delicioso como capcioso. Y digo capcioso porque ella misma nos está suministrando un contexto que nos lleva a deducir que, de existir este dios, no es ni lo uno ni lo otro. Ya en sus ‘Doce pruebas que demuestran la no existencia de Dios’, el anarquista francés, Sébastien Faure pone en tela de juicio la bondad y la omnipotencia de dios al plantearse que “o quiere suprimir el sufrimiento y el mal y no puede, o puede suprimirlos y no quiere. Dios viola las reglas fundamentales de la equidad: hace a los seres demasiado diferentes unos de otros, al permitir el nacimiento de niños deformes o enfermos” y las vuelve a violar -añado yo- al obrar milagros tan rácana como injustamente.

Santos como Pablo y teólogos como Hans Jonas salen al ruedo para tratar de echar un capote en favor de la bondad y la omnipotencia divinas. Con una audacia sin parangón justifican a dios afirmando que se anonadó al crear al hombre. “Si Dios es perfecto e inmutable -razonan, y razonan bien- no puede haber creado. Crear es añadir cambios -introducir dejá vùs en Matrix-. Y al hacerlo pasa de ser todopoderoso a tener frente a él al ser humano, libre y, por lo tanto, limitador de la omnipotencia divina. Al crear al hombre libre, estableció un dominio donde no podía intervenir. Al crear al hombre dios se niega a sí mismo: acepta sufrir con él. No es un dios impasible, está a merced de los humanos, es un dios preocupado, y se siente amenazado por la libertad que concedió a sus criaturas”. No sé a vosotros, pero a mí todo esto se me antoja un sindiós.

Regreso a mi adolescencia a ver si le encuentro algún sentido: en mi ilimitada bondad y omnipotencia de chaval anonadado, ante la posibilidad de idear unas cuantas novias sanas, dichosas, amantes, bondadosas e inmortales, de modo que, en su infinita gratitud, creyesen en mí precisamente por haberlas diseñado tan perfectas, me digo a mí mismo: no, no, no…, eso sería demasiado fácil. Vamos a crearlas decrépitas, lisiadas, enfermas, pobres, vulnerables y decadentemente conscientes de todo ello, a ver si aún así son capaces de rendirme pleitesía. Y, si veo que no funciona, operaré arbitrariamente milagros sobre algunas de ellas para que el resto, muertas de la envidia, contemplen en las agraciadas toda mi bondad y mi omnipotencia… Uff, me vienen a la cabeza algunos adjetivos para calificar la actitud de semejante hacedor. Ninguno de ellos remotamente piadoso, por cierto.

Pero digo yo, ¿no será más bien al contrario…? ¿No es posible que un grupo de aspirantes a novias decadentemente conscientes de su decrepitud, de sus minusvalías, de sus enfermedades, de su pobreza y de su vulnerabilidad decidiesen asociarse para tratar de buscar un marido que, aunque celoso, injusto, cruel, autoritario, intransigente, veleidoso y, lo peor de todo: indemostrable,  estuviese dispuesto a guiñarles el ojo de vez en cuando?

Sea como fuere, una cosa (y sólo una) está clara: absolutamente todo es fruto de la imaginación de alguien.

Y puestos a imaginar, podríamos habernos encuadrado entre ese exiguo 5% de la población mundial que no concibe su existencia fuera del seno de una comunidad total, que incluye tanto a los vivos, como a los antepasados y a todo lo que nos rodea. Podríamos habernos imaginado, como los taínos, una vida abundante sin grandes frustraciones. O habernos entregado sin ambages a la pereza más recalcitrante, ver en ella un deber en lugar de un vicio, como hacen los hawaianos y polinesios, una eficaz vía de armonizar el deseo con la dignidad. Podríamos habernos dotado de deidades animistas como las suyas a las que agradecer alegremente el enorme regalo que es la vida. Dioses holgazanes y libres de toda ambición, manifestaciones de su absoluta plenitud, de su bondad, omnipotencia y perfecto autocontrol. Divinidades que no sintiesen la necesidad de gobernar el destino de los hombres cual relojeros chapuceros cuyas creaciones son de tan ínfima calidad que precisan de vigilancia constante para dar la hora correcta al menos dos veces al día. Artesanos negligentes, fruto de una imaginación limitadísima, a los que justificamos eufemísticamente, queriendo ver milagros en sus incurias.

Debe ser cosa de vivir aislados entre los trópicos, porque el caso de los taínos, de los hawaianos o de los polinesios no es excepcional: testimonios posteriores del almirantazgo inglés, francés y portugués de la época, nos trasladan observaciones muy similares a las de Colón de otras islas tropicales. No en vano, Tomás Moro trasladó en 1516 su particular Utopía a una isla en la que, curiosamente, también imperaba una moral hedonista y pacifista. ¿Casualidad…? No lo creo.

Coexist

La cuna de las tres religiones imperantes en el mundo ha sido, es y será una de las zonas más convulsas del planeta. Escenarios que, con toda probabilidad, han albergado los episodios más crueles, violentos, atroces e inhumanos de toda nuestra historia. Así pues, no es de extrañar que sus dioses compartan esos mismos atributos. Siendo honestos, es mucho más factible concebir una deidad pacífica, inmovilista, bondadosa y plena, olvidados de la mano de dios, pero con buen clima y amigos tan dispuestos como tú a disfrutar de la vida, que en mitad de un secarral estratégicamente situado en la confluencia de tres continentes, paso obligatorio y obsesión de todas las potencias militares que del mundo han sido. Así que puestos a imaginar un ser superior que nos acaudille en la batalla, mejor que sea uno que al menos inflija terror y congoja en los corazones enemigos (aunque con los suyos se muestre igual de tirano). Lo que sea necesario con tal de conquistar los centros de poder: aquellos escenarios en los que cuenta la leyenda que dios decidió manifestarse a los hombres para alterar (una vez más) caprichosamente el curso de la historia.

Están a punto de cumplirse 500 años de que Tomás Moro se diese cuenta de que los seres humanos no necesitamos de ningún dios que nos expulse del paraíso. Como también le ocurriera a Fray Bartolomé de las Casas, coetáneo suyo, Moro fue testigo de cómo hombres poseídos por relatos fueron capaces de destruir, en el transcurso de una vida, edenes que habían permanecido vírgenes desde el origen del mundo. La mayoría de la humanidad no pedimos más que eso: Una buena historia en la que creer. Un bonito cuento en el que tener fe. Una sencilla fábula que explique todo este sinsentido…

Un simple paseo por el museo arqueológico nos sirve para hacernos una idea de la cantidad de narraciones que hemos pergeñado con este único fin. Y que, a pesar de su ingente cantidad, son siempre la misma desde el origen de los tiempos. El relato de un individuo con el que empatizamos porque, al igual que nosotros, sufre a causa de la desigualdad y la injusticia, cuando en el fondo sabe que es un ser “especial”. El relato de una intercesión divina o sobrehumana que, al reconocer que nuestro protagonista es “diferente” decide “ayudarle”, aunque para ello tenga que contravenir el orden previamente establecido. El relato de un ser “elegido” que, una vez que es consciente de que él mismo es una excepción, se siente capaz y con derecho de provocar más excepciones destinadas a derribar todo un sistema anticuado y asfixiante, para anunciar el advenimiento de una nueva era.

Son todos ellos, sin importar su origen ni su época, relatos de milagros, de finales felices y de los lugares donde suceden. Moldes de relatos que han servido eficazmente, desde el principio de los tiempos, para provocar peregrinaciones. Recetas infalibles para movilizar los corazones humanos ora a combatir al infiel, ora a perseguir El Dorado. Migraciones masivas en pos de un sueño provocadas por leyendas que aún hoy siguen funcionando como el primer día, porque están preñadas de la misma promesa: la de la excepción mágica, la del final feliz, la del milagro. La del único milagro que, en este mundo consumista, descreído y cínico, aún estamos dispuestos a comprar: la promesa de que podemos recuperar aquello que no se puede comprar porque lo perdimos irremisiblemente cuando fuimos expulsados del paraíso. La promesa de la indulgencia plenaria, el perdón de todos nuestros pecados, el retorno a la infancia, la reconquista de la inocencia…

Por ello, como ocurriera con ‘Utopía’, la humanidad ha ido creando islas tan artificiales como la de Tomás Moro, cavando a su alrededor un foso mágico que la delimita y separa del resto del mundo, señalando los muros invisibles tras los cuales se opera el milagro. Jerusalem, La Meca, Roma, Santiago de Compostela, Lourdes… Cualquiera es capaz de enumerar al menos cinco lugares mágicos cuya leyenda es capaz de atraer, año tras año, a miles, a millones de personas. Sin embargo, os apuesto lo que queráis a que aunque os tomaseis la molestia de listar todos los lugares de romería que se os ocurriesen, no conseguiríais, ni de lejos, aproximaros a las cifras de que ostentan los tres primeros lugares de peregrinación predilectos por la humanidad… ¿Queréis una pista? Casual o causalmente comienzan por una misma palabra que, ante todo, es una marca. Aunque, en realidad es un nombre. Quizás el único nombre capaz de rivalizar con el del propio dios. Descúbrelo aquí mismo: Ir a la 3ª parte

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Rubén Chacón

Periodista, publicista, colaborador habitual en distintos medios, autor de El Sorprendedor (Temas de Hoy, 2011), diseñador de juegos, cantante de End of Party, cinéfilo empedernido y padre de dos hijos.

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