Léolo (1992), de Jean-Claude Lauzon – Crítica

Léolo

“Porque sueño, yo no estoy loco… porque sueño, yo no lo estoy”.

Léolo.


 

Si hay algún término que define a ‘Léolo‘, ése es poesía: Poesía ante la miseria, poesía ante la realidad, poesía ante la locura.

Con su segunda y última película, cinco años antes de que él y su novia muriesen en un accidente de avioneta en Cánada, Jean Claude Lauzon realizó una obra de carácter complejo, bello y al mismo tiempo completamente subyugante y perturbadora.

La película adopta el nombre de su protagonista, Léolo, un niño que pasa la mayor parte del tiempo escribiendo en su block de notas, tirando hojas arrugadas al suelo, mientras una voz en off adulta nos cuenta todo lo que su mente y su bolígrafo plasman en el papel en blanco. Es un continuo devenir de ideas que convierten el film en una obra que avanza a través de relatos e historias yuxtapuestas sin una continuidad temporal clara, y entre fundidos en negro, elegantes travellings y estudiados cambios de plano.

Léolo vive en un barrio marginal de Montreal, Canadá. Sus padres le pusieron el nombre de Léo Lauzon. Sin embargo, él se inventa una identidad propia para escapar de la locura que padece su padre (y gran parte de su familia). Con tal fin, acostumbra a soñar con una divertida historia en la que un tomate fecundado por un italiano va a parar dentro del cuerpo de su madre, dando a Léolo vida propia. Desde entonces, tal y como él dice: “exijo que se me llame Léolo Lozone. Nadie tiene derecho a decir que no soy italiano. Italia es demasiado bonita para pertenecer sólo a los italianos.”

Como él mismo reconoce, escribe todo lo que se le pasa por la cabeza, convirtiendo a su familia en personajes de ficción sobre los que habla como si fueran extraños.

Una de las figuras más importantes es la de su madre, único miembro de la familia que, como él, está libre del fantasma de la locura. Sin duda, es la persona a quien más ama. Ella “navegaba como un gran barco en el mar de la locura”. “Era cálida y olorosa. Me gustaba que me abrazara entre sus grasas. El olor de su sudor me tranquilizaba.”

Cariño es lo que siente por su hermano. “Yo quería a Fernand por la ternura de su ignorancia”. Desde que Fernand tiene una pelea en la que se rompe la nariz, este se obsesiona con ejercitar sus músculos hasta convertir su cuerpo en el de un culturista. Pero el miedo puede con él cuando tiene que volver a pelearse. “Ese día entendí que el miedo habitaba en lo más profundo de nosotros mismos. Y que ni una montaña de músculos o un millar de soldados podrían cambiar nada”.

Su musa, Bianca, será otro de los personajes fundamentales en el devenir del protagonista. Representa para él la figura del amor supremo, y aparece continuamente en sus sueños. “Entre mi habitación y Sicilia hay 1.889 kilómetros. Entre mi habitación y la casa de Bianca hay 5’80 metros, y sin embargo está tan lejos de mí… Bianca, amor mío, hacen falta sólo tres palabras para decir: Bianca, amor mío. He tomado el camino más corto”.

Por último debemos destacar al Domador de Versos. Con él empieza la película y con él termina. Se trata de un hombre que pasa largas horas en su barroco castillo, entre estatuas griegas, estanterías repletas de libros antiguos y grandes candelabros encendidos. Ocupa su tiempo recogiendo de la basura fotografías y cartas, para leer las historias anónimas que guardan en su interior. Él es el que descubre las hojas que Léolo deshecha de su diario y el único que conoce todo lo que piensa nuestro protagonista.“El domador cree que las imágenes y las palabras deben mezclarse en las cenizas de los versos para renacer en la imaginación de los hombres… me llevó tiempo comprender que él era la reencarnación de Don Quijote y que había decidido luchar contra la ignorancia y protegerme del abismo de mi familia”.

Léolo

Más allá de los personajes y el modo en que Leolo interactúa con ellos, es la iluminación lo que nos permitirá comprender los sentimientos del niño. Los tonos verdes viscosos de su infancia y la oscuridad que predominan alrededor de la presencia del padre se contraponen a la cálida luz amarilla del castillo donde vive el Domador de Versos. Los colores gélidos del psiquiátrico se enfrentan al haz de luz blanca que sale de su armario y que representa sus sueños.

Un elemento recurrente a lo largo del metraje es el agua. Vemos al Domador de Versos y a Léolo andando de noche bajo la lluvia, leyendo junto a una cascada. Aquí, el agua es refugio y símil de su propia salvación. Por ello, se compra un equipo de buceo, desea refugiarse bajo el agua. Aún así, sus sueños se retrotraen a su pequeña piscina azul, en la que un día jugando, casi se asfixia a manos de su abuelo. El agua también representa en otros momentos la miseria en la que viven y de la cual no pueden escapar.

El guión es bastante escatológico. El padre está convencido de que limpiar el intestino es la mejor forma para purificarse y evitar cualquier enfermedad, por lo que todos los viernes suministra un laxante a cada miembro de la familia. Lo hace como un rito habitual, aunque Léolo, a escondidas, tire la pastilla que le da. Él mismo dice: “la mierda se había convertido en la obsesión de mi familia”.

No menos provocativa es la forma en que Léolo descubre el sexo: probando a masturbarse con un trozo de hígado que su madre ha comprado en la carnicería; o el momento en que un grupo de chicos animan a uno de ellos a realizar un acto de zoofilia.

La música también contribuye a conformar una película original y compleja. Las canciones provienen de diferentes autores de diversos países, y están elegidas con la intención de crear determinadas atmósferas puntuales: ‘The lady of shalott‘ de Loreena Mckennitt, ‘Spem in Alium‘ de The Tallis Schollar, ‘Gloria‘ de Ariel Ramírez y los Fronterizos, ‘Cold, cold, ground‘ y ‘Temptation‘ de Tom Waits, ‘Alleluia‘ de Marie Keyrouz, ‘L’Orange‘ de Gilbert Becau, ‘You can’t always get what you want‘, de Mick Jagger y Keith Richards, y la canción ‘Chanson de Bianca‘ de Francois Dompierre, creada específicamente para el film.

El ‘David‘ de Miguel Ángel aparece al principio y al final de ‘Léolo‘. Es posible que el director nos quisiese comparar la lucha del protagonista contra la locura con la pelea entre David y Goliat. Pero Léolo se defiende con su imaginación y con cualquier folio sobre el que pueda escribir. Su director, Jean Claude Lauzon, supo jugar magistralmente con una historia compleja que ganó la Espiga de Oro en el Festival de Valladolid.

Léolo

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Isabel Cabanas

Licenciada en Periodismo y colaboradora en varios medios de comunicación. Me gustan todo tipo de géneros cinematográficos. Eso sí, menos el de terror.

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