La muerte del cine erótico

El cine erótico ha muerto, porque no hay sinceridad en lo que se hace. Perduró de forma brillante durante los setenta y los ochenta y, con la llegada de la comedia romántica de los noventa, todo se fue al carajo.

El género erótico en el cine murió con el puritanismo del siglo XXI. Cincuenta sombras de Grey no es una excepción porque, tanto el libro (2011)  como la película (2017), merecen la hoguera. Los años setenta, con la eclosión del movimiento hippie, nos dejaron perlas de este género donde la imaginación y la sensualidad se unieron magistralmente obsequiándonos con joyas como Emmanuelle (Francia, 1974), El Imperio de los sentidos (Japón, 1976) o El último tango en París (1972). Que sean o no cintas políticamente correctas es aparte. El arte no debe ser moralista o, mejor dicho, no tiene porqué serlo: esa actitud ética debe aplicarse, por ejemplo, en instituciones afines a la enseñanza y en el núcleo de las familias, pero no en el arte que debe pronunciarse como una forma de expresión libre, pues de ahí, de la auténtica veracidad del acto creativo, surgirá la obra maestra. Por esta razón, el cine erótico ha muerto, porque no hay sinceridad en lo que se hace. Perduró de forma brillante durante los setenta y los ochenta y, con la llegada de la comedia romántica de los noventa, todo se fue al carajo, incluso con el orgasmo simulado de Meg Ryan, por muy mítico que sea, en Cuando Harry encontró a Sally. Tal vez, los últimos coletazos del erotismo de calidad, se dieron en Instinto Básico (1992). El tema empezó a desfallecer sutilmente para finar de golpe en el siglo XXI con la cultura mojigata de los ofendiditos. Salvedades las hubo, pero mediocres.

Maria Antonietta Beluzzi en Amarcord

Podríamos comentar muchas vertientes de este tipo de cine tan maravilloso como la comedia picante italiana, el cine gamberro yankee (Porky´s – 1981) o incluso el destape español (Los bingueros – 1979) con sus máximos representantes, Esteso y Pajares, que han sido injustamente denostados por el público y por el transcurso del tiempo. Pero, volviendo a Italia y al erotismo en su sentido más propio, tenemos que hablar del oscarizado Federico Fellini y, en particular, de Amarcord (1973). Para mí este film supuso el despertar de mi temprana sexualidad cuando era un preadolescente imberbe. La escena de la estanquera, protagonizada por la oronda Maria Antonietta Beluzzi, me marcó para los restos, no sé si positiva o negativamente, pero fijó un antes y un después en mi sentido de la sensualidad. Me acuerdo perfectamente donde estaba y el efecto que me produjo visualizar los enormes pechos de la actriz boloñesa desbordándose en la cara del chaval con la pretensión de que se los chupara (la genialidad de la escena es que es, al unísono, cómica y erótica). Ahora, los chicos descubren el sexo en internet de mala manera, viendo páginas pornográficas horrendas desprovistas de guion y de lo más importante que exige el sexo: imaginación. Tampoco deberíamos olvidarnos (aunque son derivaciones eróticas no muy ortodoxas) del cine quinqui (Navajeros 1980 o El Pico 1983) que, aunque se centra en la vida de jóvenes delincuentes, tiene escenas cargadas de erotismo cañí.

Para terminar, les diré que menos porno y más erotismo, menos materia y más imaginación, más seducción y menos inmediatez. Ojalá tomen nota los directores y los guionistas, y se animen a hacer más películas de este tipo.

Que tengan una noche propicia…

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Guillermo Pérez-Aranda Mejías

Soy un escritor romántico con matices quevedescos. Disfruto con lo absurdo del surrealismo y me apasiona encarcelarme en mi castiza torre de marfil, donde desarrollo mi creatividad rodeado de música, de libros, de cine y de lo más selecto de la humanidad huyendo así, en la medida de lo posible, de lo más mundano. Roquero trasnochado y poeta de lo grotesco, he decidido, como si fuera un samurái que se destripa por su honor, entregar mi vida por entero al arte.

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