El señor de la guerra (1965), de Franklin J. Schaffner – Crítica

El señor de la guerra

El señor de la guerra (The war lord) es una película de 1965 ambientada en la edad media y protagonizada por nada menos que Charlton Heston. La película resultó un fracaso de taquilla en su momento y hoy día es poco conocida. Lo primero es algo que no tiene solución… lo segundo puedo intentar remediarlo.

El argumento es el siguiente:

En el siglo XI, Chrysagon de la cruz, guerrero normando curtido en mil batallas, es nombrado amo de un cenagal en el norte de Europa. Acompañado de su fiel Bors y su hermano menor Draco, deberá cuidar el lugar de los belicosos Frisios y mantener la paz entre los campesinos. Un día queda prendado de la hermosa Bronwyn, una aldeana que está a punto de casarse. El señor de la guerra empezará entonces a plantearse el uso del “derecho de pernada”, una antigua tradición pagana que solo los más viles señores deciden invocar. Cuando Chrysagon se decide (animado principalmente por su hermano), no se encuentra con la negativa de los campesinos sino con la aceptación de una vieja costumbre bajo la solemne promesa de que se trate de una única noche… pero hace mucho que el guerrero ha estado solo, deambulando en campos de cuervos y sufriendo todo tipo de penurias. Su única esposa ha sido su fría espada. Y cuando, al fin, recuerda el tacto de una mujer, una mujer joven, dulce y hermosa, que le observa no con miedo, sino con admiración… pierde la cabeza. Se enamora. Y eso significará su fin.

El guión es una adaptación de una obra de Broadway, The Lovers, escrita por Leslie Stevens y que ya protagonizó el propio Heston. Ignoro el contenido de dicha representación porque, diantres, nunca la he visto, pero debo decir que el resultado final es muy cinematográfico y nada teatral.

Franklin Schaffner

Franklin J. Schaffner

El director es el gran Franklin J. Schaffner, un grandísimo realizador, responsable también de El planeta de los simios, Patton y Los niños del Brasil. Schaffner no es tan apreciado hoy como debería, teniendo a sus espaldas semejantes clásicos. Sus dos últimos filmes, Lionheart y Bienvenido a casa son decepcionantes pero, ¿qué artista no comete errores al final de su carrera?

El filme que hoy nos ocupa muestra una veracidad histórica muy poco habitual en la época. Esto se nota en el cuidado puesto en el vestuario, los misteriosos ambientes donde se desarrolla la acción o las interacciones entre vasallos y señores.

Sí, es cierto, el famoso “derecho de pernada” es un invento del siglo XVIII basado en suposiciones y textos mal interpretados. La mayor parte de los historiadores de la actualidad niegan su existencia. Nadie dice aquí que los señores feudales no llevasen a cabo toda suerte de abusos de poder o violaciones, pero es improbable que se tratase de algo institucionalizado. La más reciente Braveheart también incluía este supuesto derecho, bajo el nombre latino de “Ius primae noctes”… pero, como ya dijo el escritor y guionista John O’Farrell, “Braveheart no sería más inexacta ni aunque apareciera un perro de plastilina y el título cambiase a William Wallace y Gromit”.

La estética de El señor de la guerra, está muy alejada del ingenuo romanticismo de Los caballeros del rey Arturo, que era el estilo predominante en la época. Sin embargo, el filme también se distancia de la caricaturesca suciedad de filmes posteriores como Los señores del acero. No critico ni uno ni otro título: considero que ambas son grandes películas. Pero no reflejan la realidad medieval. Y el filme de Schaffner sí lo consigue.

Bien entrados los 60 ya podía verse con cierta distancia el colorido cine de aventuras de Richard Thorpe. De hecho, ya se habían estrenado El séptimo sello o El manantial de la doncella. Pero también había títulos como El cid, protagonizado por el propio Heston, que mantenían una visión utópica del pasado. El hecho es que no era común en Hollywood presentar una Edad Media tan gris y desesperanzada aunque, insisto, veraz y, por tanto, con un elemento humano que no la convierte en una alegoría nihilista.

La Europa del siglo XI era un mundo rudimentario basado en complicados principios de lealtad y honor, donde creencias y supersticiones de toda índole ocupaban un papel central en la vida de la gente. Un mundo amenazado por pestes y guerras en el cual no hay ninguna certeza excepto la existencia de la propia familia. Una era difícil y peligrosa, sí, pero en la cual se podía sobrevivir y, lo que es más importante, vivir, incluso hallar la felicidad, aunque esta sea fugaz.

Grandes éxitos de la televisión actual como Vikings o The last kingdom deben mucho a Schaffner. No menciono Juego de tronos porque es, fundamentalmente, fantasía y en El señor de la guerra toda fantasía se encuentra en la mente de sus protagonistas.

No podemos dejar de lado a nuestro protagonista, John Charles Carter, más conocido como Charlton Heston. No sólo hace una interpretación magnífica, sino que su influencia impregna cada fotograma. Y es que, al parecer, este era un proyecto que el actor llevaba años deseando levantar. Intentó convencer a David Lean y a Peter Ustinov para que lo dirigieran, pero no logró convencerles. También quiso a Julie Christie como Bronwyn, pero, en aquella época, Christie estaba vetada por el estudio, vaya usted a saber por qué. Afortunadamente, del papel se ocupó la canadiense Rosemary Forsyth. ¡Es posible que ganásemos con el cambio!

Rosemary Forsyth

Rosemary Forsyth

El caso es que Heston era, además de un gran actor, una persona inteligentísima, que se involucró en cada aspecto de la producción. Sé que hoy día muchos lo consideran poco más que un chiste (el último ejemplo es su breve aparición en El ministerio del tiempo), pero era pacifista, luchó por el regreso de Orson Welles a Hollywood y, sobre todo, defendió la causa de los derechos civiles. Sí, al final de su vida fue portavoz de la infame “asociación nacional del rifle” pero, como he dicho antes de Schaffner, soy de los que opinan que no se puede juzgar a una persona por sus últimos años.

El guión corre a cargo de John Collier (escritor fundamentalmente de TV) y Millard Kauffman (que había trabajado en todo tipo de producciones, la mayoría serie B). Ignoro cuanto hay del original de Leslie Stevens pero, como gran admirador de esta película, he de mencionar la sutileza del diálogo o el perfecto ritmo de lo que no deja de ser una clásica historia de amor.

Se plantean, además, preguntas la mar de interesantes. ¿Puede una pasión aparentemente desquiciada llevar a un amor sincero y profundo? Chrysagon no conoce de nada a Bronwyn. Carece de la menor conexión con ella y ni siquiera son de la misma clase social. Pero es una mujer hermosa y él lleva años sin sexo… el señor feudal utiliza sus inmorales poderes y se hace con el cuerpo de la chica. Pero tras la primera noche ya no quiere separarse de ella. No se trata de una posesión egoísta, sino de un aprecio total hacia el otro ser, de la necesidad de protegerle, respetarle, de saber más de él. Al mismo tiempo, ella tampoco quiere separarse de él. ¡Se han enamorado!

¿Qué es verdaderamente el poder? ¿De dónde nace? ¿Son más libres los poderosos? Los campesinos sufren, pues apenas son los esclavos del señor feudal. Pero en un sistema tan restrictivo y estratificado como aquel, no existe la verdadera libertad. Tampoco para los líderes. Chrysagon se encuentra atrapado en ese territorio espantoso, literalmente encerrado en una torre ruinosa y obligado a mantener la paz entre gente que apenas habla su idioma. Si bien parece omnipotente, sus decisiones sólo abarcan hasta donde permite la voluntad del Duque que puede, en cualquier momento, poner a otro gobernante en su lugar.

Por otro lado, se explora la convivencia del cristianismo con los últimos paganos. Oficialmente, el paganismo de carácter céltico se creyó erradicado ya en el siglo VIII, pero sería una necedad creer que la gente iba a abandonar así como así los usos y costumbres de sus ancestros.

El feudo donde transcurre todo el argumento es una espantosa ciénaga cuyos habitantes compaginan su fé católica con la adoración de seres inanimados, en este caso, “El árbol” y “La roca”. Tal circunstancia es vista por algunos como una espantosa aberración y por otros con comprensión paternalista.

Se trata con inteligencia la superioridad física y legal (que no moral) del señor feudal, personificado por el héroe ambiguo que es Chrysagon. Él ejerce como juez, como alcalde, como jefe militar y como dueño de las tierras y cuantos las habitan. Su palabra es ley, tocarle significa la muerte. Pero no es un dios lejano, como los reyes orientales. Es apenas un cacique, que los aldeanos identifican como humano y contra el cual no tienen problemas para revelarse si no ejerce su labor con justicia (o con lo que ellos consideran “justicia”).

También estamos ante una película trepidante que no olvida los necesarios momentos de acción y heroísmo. Abrimos con un enfrentamiento contra los Frisios, donde se aprecian las cualidades guerreras de nuestros protagonistas. Y a partir de la segunda mitad, estalla nuevamente la violencia. Esto tiene lugar mediante tres emocionantes batallas en las cuales centenares de guerreros bárbaros combaten contra un puñado de valientes soldados. Escenas rodadas de forma impecable, con un brío sólo comparable al de Kenneth Branagh en Enrique V, veinte años después. La fotografía de Rusell Metty, por supuesto, ayuda. No olvidemos que este tipo ya participó en algunos trabajos de Orson Welles y la mismísima Espartaco.

El señor de la guerra

Otro elemento que merece la pena destacar es la maravillosa banda sonora de Jerome Moross (relativamente fácil de encontrar gracias a la magia de internet). El Main Title es un melancólico tema de romance que nos acompaña en todo el metraje, siendo esencial para entender la piscología de los silenciosos amantes. Moross construye una partitura con la cual identificamos rápidamente la época en la que tiene lugar el relato. De hecho, el acertado uso combinado de instrumentos medievales (sobre todo cuerdas y vientos), nos traslada a una era oscura pero de grandes esperanzas.

La pista llamada The War Lord in Battle, por ejemplo, resulta increíblemente evocadora. Las trompetas anuncian la entrada en combate de nuestro protagonista, contra las hordas de frisios. La música comienza transmitiendo incertidumbre, pero va adquiriendo un tono triunfante conforme se hace patente la grandeza de los soldados normandos, mejor armados, mejor entrenados y liderados por un auténtico veterano.

Otra anécdota curiosa es que el ciclo de poemas Bronwyn de Juan Eduardo Cirlot se inicia cuando el autor ve esta película en la Barcelona de 1966.

El poeta escribió cientos de páginas inspirado por el rostro de Forsyth y la imposible historia de amor que narra el filme. Cirlot forma, en torno al personaje de Bronwyn, un complejo mito poético sobre el rechazo a “esta” realidad, la imposibilidad de hallar el amor, la muerte como resurrección o renacimiento…

Por desgracia, El señor de la guerra no tuvo éxito entre la crítica ni el público de 1965. Que yo sepa, sólo la revista “cinestudio” creyó que esta era la mejor película del año. Aquellos interesados en una historia de amor trágica ambientada durante un tiempo convulso… prefirieron al Doctor Zhivago de David Lean.

No existe ninguna película perfecta (excepto Los cazafantasmas, claro). Hay un par de planos que chocan hoy, por un mal uso de las transparencias (lo cual no deja de ser curioso en una película con tan pocos efectos especiales) y un bosque que no logra convencernos de que no estamos en el interior de un estudio. Pero esto son menudencias que ningún espectador con un mínimo de interés en el argumento puede tomar en serio.

Creo, sinceramente, que estamos ante una obra indispensable. Indispensable para espectadores que busquen una edad media realmente histórica, admiradores de Charlton Heston o, directamente, amantes de las buenas historias.

Además, ¿en qué otra película podemos encontrar un diálogo como este?

“Los jóvenes de estas tierras piensan sólo en fornicar. ¡Desistid! Les digo. Pero ni siquiera me escuchan. Así que, para evitar que el Diablo se los lleve, pregono un texto de las sagradas escrituras ¡Creced y multiplicaos! ¡Poblad la tierra! Y entonces sí me escuchan… ¡vaya que si que me escuchan!”

El señor de la guerra

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Enrique Dueñas

Enrique Dueñas , escritor y guionista, aficionado al género fantástico y la tarta de queso.

3 comentarios

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  1. Poussey Washington 2 julio, 2016 at 20:47 Responder

    Buen artículo, Enrique. Lo empecé con curiosidad y lo terminé con vivo interés. No conocía esta película, espero disfrutarla pronto. Gran aportación.

  2. luis llorens 20 julio, 2018 at 19:40 Responder

    Soy estudioso del arte mediaval, y para poder comprenderlo creo que es necesario conocer como pensaban y vivían las gentes de la época, y esta película ayuda muchísimo. La he visto varias veces y coincido totalmente con tu artículo (excepto lo de la tarta de queso, lo siento)
    Falta hace mas escritos como este, alejado de la vulgaridad alienante que nos ataca todos los días

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