Los cuatrocientos golpes (1959): reflexión sobre un clásico ineludible y liberador

Los cuatrocientos golpes pone de manifiesto como esta sociedad interrumpe cada vez más la capacidad de asombro, de imaginar, de decidir, de arriesgarse, de crear.




Educación y familia

Esta ópera prima del director francés François Truffaut, con la que inauguró la Nouvelle Vague (un cine de autor con mayor libertad de expresión en escritura y dirección), es una obra sutil, nada descomunal, perspicaz… ineludible y liberadora. No sólo es una oda a un cine más abierto y original, sino también es una apología a la espontaneidad, a la niñez y, por qué no, una crítica a la criminalización y alienación de la misma.

No sólo es una oda a un cine más abierto y original, sino también es una apología a la espontaneidad y la niñez.

Otras películas vendrán después con la misma temática, relacionando educación y familia, y retratando a estas últimas como instituciones cerradas y disciplinarias que se encargan de componer una fuerza productiva. Pero Los cuatrocientos golpes seguirá siendo un clásico imborrable al que siempre es bueno volver.


Una niñez enjaulada

El joven protagonista de Los cuatrocientos golpes, Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud), lee la obra de Balzac La Recherche de l’Absolu (La búsqueda del Absoluto). Considero que más allá de que sea un relato autobiográfico del director, esta mención al novelista francés no puede pasar por un simple hecho anecdótico. Quizás, aquí la gracia no es buscar la respuesta quimérica de la alquimia, pero podemos suponer que eso que sorprende en el film al pequeño Antoine Doinel es (“¡Eureka!, lo tengo!”): darse cuenta de su condición de niño, lleno de arrojo, intrepidez, potencia e inteligencia, para buscar un nuevo comienzo. Es posible que no sea una revelación directa, pero es algo constante que gira, lo que finalmente termina por alejarlo de la escuela y su familia…

Es la sociedad la que construye su propio concepto de criminal o delincuente, y la niñez liberada no es otra cosa que una desviación a la que se le deben imponer unos límites y normas.

Doinel (quien no es otro que el alter ego de Truffaut) va más allá de la novela, pues el personaje de la obra de Balzac sucumbe hacia el final en la búsqueda de su objetivo, a diferencia de la película, donde el chico supera los obstáculos que se le imponen y, con astucia y agilidad, corre hacia su libertad (con un inolvidable travelling)… Corre hacia el mar. Metáfora perfecta que utiliza el realizador francés para mostrarnos como su personaje confronta el horizonte del futuro, que puede ser por abierto temeroso… pero que vale la pena.

La obra de Balzac –que integra los Estudios Filosóficos de su monumental obra Comedia humana– hace referencia a la energía humana (que a mi modo de ver se centra en el asombro y, por ende, se proyecta desde la potencia de la puericia), como algo finito que en el mundo se gasta cada vez más en cosas banales, muy comunes al ser moderno, cosas que terminan por último consumiendo a la inteligencia humana, muchas de las cuales se ciñen al cumplimiento de un tipo de orden: social, educativo, religioso, etc.

Antoine Doinel es criminalizado e internado en razón de sus picarescos juegos que, en vez de verse con empatía son casi de forma inmediata juzgados.

Este mundo contemporáneo acosa y ensombrece la niñez. Según la sociología más básica, es la sociedad la que construye su propio concepto de criminal o delincuente, y la niñez liberada no es otra cosa que una desviación a la que se le deben imponer unos límites y normas con el fin último de no perder un sujeto estable social y económicamente importante. La familia, entonces, termina haciendo parte de esta construcción social, pues no existe aparentemente un mundo ideal para liberar a la niñez.

Antoine Doinel es criminalizado e internado en razón de sus picarescos juegos que, en vez de verse con empatía son casi de forma inmediata juzgados. En la obra de Truffaut, el lugar donde es recluido Antoine es un reformatorio que se muestra como un mundo para crear adultos (formales y cuadriculados), pero donde aún se perciben luces de ardid. Doinel corre fuera de los físicos barrotes donde se militariza y encierra a la niñez, escena literal y metafórica que se utiliza en el film, donde los pequeños son encerrados en una jaula.


Diversión como consuelo

Hoy hemos desaprendido a jugar, a divertirnos y la formalidad nos ha llenado de triunfos y resignaciones. Hoy son pocos los que devienen en la suerte del que juega. La diversión hoy solo pasa como una forma de consuelo o una pequeña distracción para seguir trabajando o para seguir (de)conectados a los ordenadores digitales.

Nietzsche pensaba que “madurar es rencontrar la seriedad con la que juega el niño”. El gran filósofo alemán consideraba incluso que la última gran transformación del ser humano debería llegar a ser niño: ser un juego, una rueda que comienza a girar espontáneamente (que se mueve por sí misma). “Oh, quien pudiera de niñez temblando a un alba de inocencia renacer” declama el poeta Barba Jacob. Es substancial caminar y volver al origen, regenerar la experiencia de la infancia trascendental, afirmativa (un sí a un nuevo crear, contra el no de lo concreto), llena de asombro y percepción, que busca dar encuentro a lo diferente. Que se desliga de cualquier propósito, aprende y disfruta la vida y la pura temporalidad (como un niño que juega).

Esta sociedad interrumpe cada vez más la capacidad de asombro, de imaginar, de decidir, de arriesgarse, de perderse, de descubrir, de crear.

La infancia puede también referirse al estado original humano, a un originario Origen o a una vida anterior, cercana a la esencia animal o natural (siempre latente) y a la Tierra, a un estado larval, festivo y mítico, donde estábamos conociendo, no consumíamos y comunicábamos de forma exagerada y teníamos en el horizonte un mundo por descubrir. Establecerse a un paso entre lo más natural y la cultura humana, entre ser otro y uno, entre el misterio y la fábula (que siempre guarda algo y es encantamiento).

El filósofo italiano Giorgio Agamben cree que “la infancia es la verdadera imagen de la potencialidad. El hombre se vuelve humano quedándose en la potencialidad”. Es en este albor donde la filosofía obtiene su intensidad. Lamentablemente hoy destruimos toda duración y potencialidad: son pocos los niños y jóvenes que juegan con su imaginación, son pocos los niños y jóvenes que juegan espontáneamente en las calles, en los parques y se regodean con la naturaleza. Son pocos los que se toman el tiempo para disfrutar de verdad, para vivir, mirar y pensar profundamente (lejos de los ordenadores).

Esta sociedad interrumpe cada vez más la capacidad de asombro, de imaginar, de decidir, de arriesgarse, de perderse, de descubrir, de crear. Pensar debería ser un juego, esforzarse igual… cantar, pintar, crear, vivir deberían estar al son de la diversión… empero todo se hace bajo la aspiración de la novedad, la obligación, la diligencia y la ganancia.

Nietzsche pensaba que “madurar es rencontrar la seriedad con la que juega el niño”.

You better run like hell” canta Roger Waters en The Wall. ¡No seas otro ladrillo más! ¡No más golpes!. No más encierro (mental y social). Es necesario una tierra nueva, nuevos valores, una forma diferente de pensar. Es sugerente y liberadora la secuencia en la que salen a la ciudad en fila los escolares detrás del profesor de deporte y mientras avanzan entre calles, unos y otros se van quedando relegados, casi como un juego, dejando solo al “maestro” (un homenaje a la película de 1933 de Jean Vigo Zéro de conduite).

Para Agamben, es preciso empezar a des-obrar (en francés: dés-œuvrer), con el fin de volver inoperantes y superar la funciones sociales y económicas de las instituciones tal y como las concebimos hoy día. En su breve pero generoso ensayo “Sobre lo que podemos no hacer”, piensa que la capacidad de resistir se constituye desde “la lucida visión de lo que no podemos o podemos no hacer”. Resiste quien puede no hacer. Sugiere que lo que nos puede hacer libres es la ardiente conciencia de nuestra impotencia (potencia-de-no: que no deja de ser una figura de la potencia): “Mientras que el fuego sólo puede arder y los otros vivientes pueden sólo su propia potencia especifica, pueden sólo este o aquel comportamiento inscripto en su vocación biológica, el hombre es el animal que puede su propia impotencia”.


Ficha de la película

País Francia
Dirección François Truffaut
Guion Marcel Moussy, François Truffaut
Música Jean Constantin
Fotografía Henri Decae
Reparto Jean-Pierre Léaud, Claire Maurier, Albert Rémy, Guy Decomble, Georges Flamant, Patrick Auffay, Jeanne Moreau
Género Drama
Duración 94 min.
Título original Les Quatre Cents Coups


Trailer

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