
No he leído ninguna crítica, así que mi opinión es genuina y no está influenciada ni adulterada por ningún medio. Reconozco que las anteriores entregas de la saga de Torrente me hicieron reír, incluso a carcajadas, algo que no siempre es fácil de conseguir en alguien como yo. Si uno va al cine sabiendo lo que se va a encontrar, puede disfrutar de este tipo de películas; de lo contrario, como bien advierte su director, es mejor quedarse en casa o ver otro género. Yo, desde luego, iba con las expectativas que el propio Santiago Segura planteaba…
Sin embargo, y para mi sorpresa, en esta última entrega he percibido a Segura mucho más prudente que en otras ocasiones en lo sexual y en lo escatológico. Entiendo que ser padre pueda cohibir, pero, sinceramente, me han faltado pedos, tetas y culos, y alguna que otra salvajada irreverente como las que definían las entregas anteriores. Esa contención, o incluso autocensura, diluye parte del humor característico del personaje y le resta identidad a la obra. En Torrente Presidente, si uno está al tanto de la actualidad política, puede llegar a sonreír con las ocurrencias y referencias del policía casposo al panorama nacional; pero, al menos en la sala en la que yo estuve, no llegué a oír las carcajadas que sí escuché en otras entregas.
Segura apuesta más por la sátira política que por la irreverencia, el sexo y la escatología más vulgar. El resultado es una película mucho más contenida y domesticada que las anteriores.
Lo mejor —y también lo más esperado —es el desfile de cameos, que innegablemente entretiene: ver a políticos, deportistas, toreros e incluso escritoras en un ambiente —el del cine —que no es el suyo tiene su gracia. Pero, amiguete Santiago, no es solo eso… Yo esperaba más chicha, muchísima más chicha… ¿Te me has hecho mayor?

En esta ocasión, Segura apuesta más por la sátira política que por la irreverencia, el sexo y la escatología más vulgar. La idea, sin ser mala, no acaba de integrar ambos registros: las referencias políticas y rostros conocidos no compensan la falta de la zafiedad gamberra que definía la saga. El resultado es una película mucho más contenida y domesticada que las anteriores.
En este mundo poswoke y buenista de lo políticamente correcto, son necesarios y se agradecen filmes de este tipo en los que el director se atreva a pasarse de la raya. Sin embargo, aunque lo hace en parte, no ha sido suficiente para mí y se queda a medio gas… Demasiado comedida, incluso algo santurrona para lo que uno espera de Torrente.
Si uno está al tanto de la actualidad política, puede llegar a sonreír con las ocurrencias y referencias del policía casposo al panorama nacional.
En definitiva, el argumento es flojo y la película se sostiene, en gran medida, por sus cameos (algunos realmente sorprendentes). ¡Atención, spoiler!: Carlos Herrera se me antoja un actorazo con pose de villano dignísimo y Kevin Spacey, un profesional a recuperar.
Eso sí, hay que reconocerle al director el mérito de darle oportunidades a actores y personajes olvidados: un gesto que, más allá del resultado final, le ennoblece como persona.
En su intento por dulcificarse, Torrente sigue siendo reconocible, aunque ha perdido (aparte de peso) parte de su esencia: ya no incomoda tanto… y, por eso mismo, tampoco hace reír como antes.


