
Comienza como la típica comedia romántica de aire british, muy a lo Bridget Jones. Incluso podría decirse que Robert Pattinson es el fiel y digno sucesor de Hugh Grant: muy anglo, con flequillito descuidado y algo grasiento, tímido e irresistiblemente lánguido (el quita y pon de gafas, por cierto, es característico de Grant). Su compañera coprotagonista es Zendaya: no desmerece, pero el peso del “drama”, nunca mejor dicho, lo sobrelleva Pattinson con holgura, que ha madurado bien tanto en lo físico como en su profesión. Ha pasado hace tiempo página del papel que lo catapultó, el de vampiro recién potado, como decía una amiga mía, de la saga de Crepúsculo.
Aunque a priori parezca una cinta insulsa con un humor algo negro, hace reflexionar sobre temas muy candentes en la sociedad estadounidense actual.
Dos jóvenes atractivos, Charlie (Pattinson) y Emma (Zendaya), se conocen de una forma muy peliculera en una cafetería, se enamoran y planean casarse. Hasta ahí, es todo previsible y podría decirse que reproduce fielmente las comedias ñoñas de los noventa. Sin embargo, días antes del enlace, durante una reunión con una pareja de amigos íntimos, y a raíz de una conversación imprevista, se desencadena una situación que va a cambiarlo todo debido a una sorprendente declaración que hace Emma bajo los efectos del alcohol. Ese punto de inflexión provoca un deterioro psicológico en la pareja, sobre todo en él, que hará tambalear la relación con sus dudas.

Aunque a priori parezca una cinta insulsa con un humor algo negro, hace reflexionar sobre temas muy candentes en la sociedad estadounidense actual, como los tiroteos en institutos o el bullying, y deja ese regusto reflexivo tan positivo en cualquier rama del arte. Cuando una obra te hace pensar, algo bueno tiene. Y no solo se provoca una crisis en la pareja, sino que esa situación salpica también a sus amigos, únicos conocedores de esa revelación. Para mí, aunque aparezca en segundo plano, es fundamental la reacción de ellos: la de él y la de ella, porque son muy distintas. Cuando vayan a verla, fíjense en la evolución de Rachel (Alana Haim), la dama de honor que, desde mi humilde punto de vista, obra como una grandísima hija de…, aunque quizá me equivoque en mi juicio. No obstante, en su haber, debo decir que la actriz, la señora Haim, interpreta muy adecuadamente su papel.
No aburre, es divertida y provoca el debate.
En definitiva, es un filme con un buen guion: no aburre, es divertida y provoca el debate, para que a posteriori cada cual llegue a sus propias conclusiones que pueden ser, me aventuro, muy variopintas. Esto es positivo en los tiempos que corren, porque el director, Kristoffer Borgli, no juzga, sino que muestra una situación complicada y la traslada, en cierto modo, al espectador para que la valore tras el visionado.
A pesar de los clichés y las poses modernitas de los protagonistas, es un film que aconsejo ver porque plantea algo verosímil y delicado de resolver, capaz de generar no pocas conversaciones sobre cuestiones psicológicas y filosóficas. No es un peliculón, pero sí debe recomendarse.
Moraleja: no hay que jugar con fuego porque te quemas.


