
Ya lo dice la Biblia: «la vida es un valle de lágrimas». Y hoy evitamos enfrentarnos a la realidad (a la verdad) a como dé lugar. Nos engañamos a nosotros mismos en las redes sociales, hablando y mostrando nuestra vida como si fuera un modelo a seguir cuando, en muchas ocasiones, es anodina, desgraciada o, sencillamente, no tan perfecta como la exponemos en Instagram o en esas comidas sociales donde rezuman los egos y donde incluso hay quienes osan dar consejos cuando su propia existencia es una auténtica mierda.
Pues bien, este filme refleja todo lo contrario: es realismo puro sin adulterar, crueldad de lo cotidiano sin anestesia, falta de empatía con el vecino y con el amigo. Decepción, lucha, desasosiego y ¿esperanza? Prepárense a sufrir con don Umberto, un jubilado normal que tuvo una vida normal y que, en sus últimos días, vio cómo existir se le ponía cuesta arriba. Prepárense para darse de bruces con algo que hoy nos cuesta asumir: la cruda realidad.
La fotografía es hermosa; de una belleza triste que, a mi modo de ver, es la más auténtica y la más difícil de conseguir.
Umberto es un funcionario jubilado, sin amigos y sin familia. Con la única compañía de su perrito, vive desde hace más de veinte años en una pensión miserable (hoy, los horteras la denominarían coliving). La casera, una cantante de ópera fracasada de mediana edad, haciendo caso omiso de la situación de su inquilino y del tiempo que lleva viviendo allí, amenaza con echarlo a la calle porque se ha retrasado con la última cuota. La asistenta parece su única aliada: una chica que parece buena pero que, en realidad, es simple, por no decir tonta… A veces, las apariencias engañan, y resulta más práctico un malo que un tonto. En cualquier caso, el pobre hombre se pasa la película intentando resolver su situación sorteando muchos bretes. Pero, claro, no voy a contarles qué le sucede y si consigue o no salir de ese callejón sin salida aparente. No voy a destripársela, vamos (y evitaré, claro, recurrir a escribir spoiler, hastiado ya de anglicismos).

Vittorio de Sica, director oscarizado de los años cincuenta del pasado siglo, se luce en esta cinta con imágenes bellas en su ruindad, mostrando una Roma sucia y mezquina donde la podredumbre vence, en lo estético, a la monumentalidad de la Ciudad Eterna.
El guion, de Cesare Zavattini, es inmejorable: delicado, sutil, claro ejemplo del neorrealismo italiano. La fotografía, de Aldo Graziati, es hermosa; de una belleza triste que, a mi modo de ver, es la más auténtica y la más difícil de conseguir. Y los actores, sublimes: capaces de dejar huella en el recuerdo del espectador porque consiguen herir en lo más hondo.
Prepárense para darse de bruces con algo que hoy nos cuesta asumir: la cruda realidad.
Destacaría a Carlo Battisti, el protagonista. Al principio tiene un gesto que desagrada, que causa rechazo, pero luego se entiende. María Pia Casilio, la criada, lo hace también muy bien porque encaja en el papel de guapa y de tonta a la perfección (su mirada bobalicona, de diez, me recuerda a la de un antiguo concursante de Pasapalabra). Y, por último, nombraría a Lina Gennari, la casera, a la que resulta fácil odiar.
No se pierdan esta película de principio a fin. Véanla atentos y del tirón; sean valientes y reflexionen sobre su trasfondo. Y no dejen de revisar jamás su moraleja, porque quizá encuentren cierto paralelismo con la esperanza cristiana, esa cultura que italianos y españoles heredamos.


