Manual de un tacaño (2016), de Fred Cavayé – Crítica

«En El Manual de un Tacaño, la inicial intencionalidad humorística, se contrae pronto para convertirse en una mueca casi de terror.»

Cuando los críticos presentes en un estreno no ríen a carcajadas durante la proyección de una película que se supone debería de ser de humor, mal asunto: es que algo ha fallado. Quizás sea que la idea ni era brillante, ni ha estado bien desarrollada. O todo junto. O algo más. El panorama final que ofrece Manual de un Tacaño es el de una comedia insípida, a ratos triste y en la que el protagonista, miserablemente enloquecido en su tacañería, generaba más conmiseración que sonrisa. ¿Qué ha pasado, pues, para que unos actores que en otras producciones han sabido arrancar riadas de carcajadas, en esta, como máximo, apenas logre esbozar una sonrisa muy de tanto en tanto? ¿Qué ha pasado para que un director que ha realizado algunos thrillers notables, se haya visto empantanado en este comedia frustrada?

La figura del tacaño ha sido reiteradamente explotada por la literatura universal. Está presente en Shakespeare con el personaje de “Shylock” que le sirvió de columna central para construir uno de sus mejores dramas, El mercader de Venecia. En las mismas islas británicas, Charles Dickens modeló al arquetipo de otro avaro odioso, el “señor Scrooge” en su Cuento de Navidad. Más recientemente, inspiró a Bertold Brecht su Ópera de tres peniques (1928) con el personaje de “Peachum”, rival de Makinavaja y “rey de los mendigos”. También en la literatura francesa, la figura del tacaño, fue retratada de manera insuperable en “Harpagon”, protagonista de El Avaro de Moliére. Esto por lo que se refiere a la “gran literatura”, pero si nos centramos en géneros menores, el avaro estuvo presente desde nuestra infancia en las historietas de El pato Donald y lo reconocemos en el personaje del “tío Gilito” o, más recientemente, en la figura de “mister Burns” de Los Simpson.

En alguna ocasión, a lo largo, de nuestra vida, sin duda nos habremos enfrentado a algún personaje que encarna las taras de todos estos personajes de ficción y lo recordaremos como alguien tan odioso como ridículo, permanentemente perdido en su obsesión de ahorro y ajeno a cualquier otra cosa. Y es que la tacañería suele conducir a estilos de vida más que cuestionables: la obsesión de ahorrar para carecer de privaciones en el futuro, lleva inevitablemente a vivir la miseria en el presente. Y este es el problema, que el tacaño termina priorizando el dinero y su posesión, antes que tomar en consideración el aquí y el ahora, las relaciones humanas y cualquier otro valor de carácter positivo, cultural y/o social. No es por casualidad que la avaricia –esto es, la tacañería elevada a la enésima potencia– tenga un lugar entre los siete pecados capitales.

Todo esto lleva más directamente a la tragedia que al drama, al personaje odioso más que al protagonista de una comedia. Y aquí, en El Manual de un Tacaño, la inicial intencionalidad humorística, se contrae pronto para convertirse en una mueca casi de terror. ¿Hay gente así? Sí, la hay. Y para describir sus miserias de manera central, el registro que conviene no es el humorístico, sino (Shakespeare, Dickens, Molière, así lo entendieron), el dramático. Lo que no puede hacerse y resulta extremadamente arriesgado con este tema es dedicarle una comedia que, para colmo, se ha intentado hacer más digerible extrapolándole elementos de pastel azucarado que casi provocan en el espectador un coma diabético. El producto, lamentamos decir –y lo lamentamos, porque detrás de toda película siempre hay esperanzas, buenas intenciones y trabajo de profesionales– que El Manual de un Tacaño es una película fallida que no ha estado a la altura ni de su director, ni de los actores que han participado en el estropicio.

Fred Cavayé, que firma la película, es un director que este año cumplirá los 50 años, es todavía joven para ir añadiendo a su historial buenas películas en línea con las que ya ha filmado y que han tenido interés para la crítica y para el público: de él recordamos especialmente tres thrillers de puro “noir” francés: Cruzando el límite (2008), Cuenta atrás (2010) y Mea Culpa (2014). Antes de dedicarse a la dirección, Cavayé había cosechado éxitos como fotógrafo de modas y actualmente alterna las labores de dirección con la de escenógrafo. Ignoramos qué extraña llamada le llevó a comprometerse en esta aventura de la que, además, ha colaborado en la guionización. La idea original partió de Olivier Dazat, que había diseñado películas como Tres veces 20 años (2011) o Mi mejor amigo (2008), cintas que funcionaron con el público y con la crítica. Pero no siempre se acierta y consideramos que lo frustrado de esta producción se debe, esencialmente, a un guión mal calculado.

Quedaría hablar de los actores. El tacaño en cuestión no es otro que Dany Boon, uno de los rostros que más se han prodigado en el humor francés de la última década. Nos hizo reír, a pesar de lo simple de su concepto y la ingenuidad de la trama, en Bienvenidos al Norte (2008) de la que fue también director, en El juego de los idiotas (2005), o en Nada que declarar (2011), así que le podemos disculpar su participación en aquel disparate posterior que fue Astérix y Obélix al servicio de su majestad (2012). Si a esto unimos que los ingresos principales de Boon proceden de sus monólogos humorísticos, quedará claro que a él no se le debe imputar lo que, en realidad, es una debilidad estructural de la película. Simplemente, el guión no tiene gracia por bien que lo haya defendido. Los papeles secundarios en esta cinta son poco relevantes.

Cabría hablar para terminar de encuadrar a esta película, sobre la salud del cine francés. No parece que esté atravesando su mejor momento. En realidad, lo que da la sensación es que la sociedad francesa ha perdido la conciencia de sí misma y se encuentra confusa y desorientada, inmersa en cambios sociológicos, étnicos, religiosos, culturales y sociales que todavía no ha conseguido digerir. Si exceptuamos Franz (2016) de François Orzon, el último año no ha sido propicio para que salieran películas notables de los estudios franceses. La calidad de Elle de Paul Verhoeven todavía se discute; Los visitanes la lían, era simplemente mala; Las inocentes en donde se plateaba el dilema de razón o fe, no terminó de convencer; Crudo, no salió mal pero era de un género menor; Mustang, premiada y aclamada como “cine comprometido”, en realidad no aportaba gran cosa nueva y solamente podía ser apreciada por feministas de estricta observancia… ¿seguimos?

La sensación que da el cine francés es de profunda crisis. Resulta inevitable unirla a la que está sufriendo el vecino país en estos momentos, cuando todavía no se ha recuperado de los ataques terroristas de los últimos meses y el creador ya no se siente libre sino sometido a las dudas y a las incertidumbres que entraña el futuro. Para colmo, aquella sociedad (y con ella su industria cinematográfica) tiene por delante unas elecciones de las que nadie cree que puedan resolver absolutamente nada. A una sociedad, en crisis corresponde una cinematografía igualmente en crisis. El Manual de un Tacaño es un ejemplo más de esta crisis.

Sinopsis François Gautier es un tacaño. Ahorrar le produce alegría. Su vida gira con el único fin de no gastar nada, pero un día todo cambiar cuando se enamora y descubre que tiene una hija de 16 años de la que no conocía su existencia. Obligado a mentir para ocultar su terrible defecto, esto será el comienzo de todos sus problemas.
País Francia
Director Fred Cavayé
Guion Fred Cavayé, Nicolas Cuche, Laurent Turner (Idea original: Olivier Dazat)
Fotografía Laurent Dailland
Reparto Dany Boon, Laurence Arné, Noémie Schmidt, Patrick Ridremont, Christophe Favre
Género Comedia
Duración 89 min.
Título original Radin!
Estreno 17/02/2017

Trailer

Calificación3.5
3.5

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Amor Díaz Boyero

Trabaja en el mundo editorial, y le gusta la arquitectura, viajar, el cine, la robótica-nanotecnología, hacer tortilla de patata, el té y la buena educación.

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