El séptimo sello (1957): Un Quijote nórdico

Para huir de la estética regalada y de las ideologías de las redes sociales, pueden verse películas como éstas y recibir un bofetón. Una buena hostia a tiempo es muy recomendable para protegerse en adelante de la farsa institucionalizada y de la dictadura de lo políticamente correcto.

El séptimo sello es una película con una estética desagradable, con una inmensa carga filosófica y con unos personajes que se convierten en adalides de reflexiones universales. Tan es así, que sería conveniente, pero no necesario, tener ciertos conocimientos de la historia del pensamiento para poder analizar mejor la trama. Por otra parte, es una obra muy anacrónica ya que utiliza la imagen para provocar repulsión y no atracción (como casi siempre se procura ahora), con la intención de remover sensaciones que conecten con las diferentes corrientes ideológicas que ahí se vislumbran: existencialismo, vitalismo, idealismo…

El séptimo sello está ambientada en el medievo afectado por la peste, aunque la historia podría situarse en cualquier época ya que lo que realmente importa son las reflexiones de cada uno de sus personajes y no tanto su ubicación histórica, que sólo ampara y sustenta la cavilación. Antonio (Max von Sydow) es un caballero que regresa de las Cruzadas junto a su escudero Juan (Gunnar Björnstrand) y, a priori, se me antojan algunas semejanzas con Don Quijote y Sancho. Antonio vive en una continua angustia existencial, no tanto por el temor a morir sino por la incógnita que supone pasar a una dimensión desconocida. El miedo a la nada, al nihil, no le deja vivir en paz y busca incesantes respuestas en cualquier lugar o en cualquier persona. En cambio, su escudero es una persona pragmática, lógica y descreída que da por sentado que la vida es la terrenal, que no hay otra y que, por lo tanto, hay que disfrutarla al máximo.

Antonio va camino de su hogar para reencontrarse con su esposa tras diez años en las Cruzadas y, en ese viaje, se topa con distintos personajes que van a convertirse en acicates para respaldar sus cavilaciones. El primero y más importante, es la mismísima muerte (Bengt Ekerot) con la que el cruzado apuesta su vida en una partida de ajedrez (así se inicia el film). Luego, se encuentra con unos comediantes (José y María) que tienen un niño pequeño (Miguel), con un herrero despechado, con una bruja condenada a la hoguera por haber tenido relaciones con el diablo…

El oscarizado Max von Sydow (El exorcista, Conan…)fue un actor fetiche de Bergman y nos ha dejado hace poco. Fue Jesús en “La historia más grande jamás contada”, Harry Haller en “El lobo estepario” y villano en “Flash Gordon”, pero en su papel de Antonio realiza un trabajo laudable. Espigado, elegante y muy nórdico, verbaliza y se ensimisma sin engreimientos en sus introspecciones más profundas sin perder credibilidad en ningún momento. Es un cruzado con inquietudes intelectuales, muy lejos de la imagen que solemos tener de un soldado de este tipo y ejerce, a lo largo de la cinta, de un saber estar ético, estético y lírico que no deja de sorprender. El escudero (Gunnar Björnstrand) también hace un buen trabajo, pero a cierta distancia del protagonista. No obstante, la muerte sí está al nivel de von Sydow. Bengt Ekerot crea un símbolo a partir del mural medieval de Albertus Pictor (¡ojo al dato!).

El séptimo sello es una película con una estética desagradable, con una inmensa carga filosófica y con unos personajes que se convierten en adalides de reflexiones universales.

Los paralelismos, las alegorías y las referencias son constantes en la obra, de ahí que, a pesar de dejarte un regusto un tanto amargo, requiere de más de un visionado. Hay mucho clasicismo y mucha innovación a la vez, por esto, quizá sea de digestión lenta. Hay un asunto fundamental en la trama, que es un recurso habitual en la literatura universal y en la vida misma: El viaje. En la película se trata como es debido, porque todo periplo debe reflejar un ir y un venir como en la Ilíada y la Odisea de Homero, en Don Quijote o en el mismísimo Camino de Santiago. El viaje siempre tiene que constar de dos partes para culminarlo con éxito.

Para huir de la estética regalada y de las ideologías de las redes sociales, pueden verse películas como éstas y recibir un bofetón. Aunque no esté bien decirlo, una buena hostia a tiempo es muy recomendable para protegerse en adelante de la farsa institucionalizada y de la dictadura de lo políticamente correcto.

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Guillermo Pérez-Aranda Mejías

Soy un escritor romántico con matices quevedescos. Disfruto con lo absurdo del surrealismo y me apasiona encarcelarme en mi castiza torre de marfil, donde desarrollo mi creatividad rodeado de música, de libros, de cine y de lo más selecto de la humanidad huyendo así, en la medida de lo posible, de lo más mundano. Roquero trasnochado y poeta de lo grotesco, he decidido, como si fuera un samurái que se destripa por su honor, entregar mi vida por entero al arte.

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