Fotogenia de la Guerra Fría (VII): Berlín

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Muro de Berlín

A partir de 1945, Alemana quedó dividida en cuatro partes bajo administración de las potencias aliadas: Francia, Reino Unido, EEUU y la URSS. El conjunto de la ciudad quedaba en la parte soviética, pero, en tanto que antigua capital del Reich, tuvo un estatuto especial divida en cuatro partes. Hasta 1961 se trató de una división sobre el mapa de la ciudad, luego, el famoso Muro rodeó los barrios bajo control de los aliados occidentales, separándolos de sus vecinos, administrados por los soviéticos: Berlín reflejaba la situación de una Europa partida en dos, ambas tan cerca físicamente y tan alejadas en sus sistemas políticos y económicos.

Si pudiera atribuirse una capital a la Guerra Fría, es decir, una ciudad que resumiera todo lo que fue aquel tiempo y en donde se cruzaran todos los caminos del conflicto, esa ciudad sería, sin duda, Berlín. Y es que por Berlín discurrieron los momentos más dramáticos de aquel conflicto: desde el bloqueo de Berlín –al que aludimos en la anterior entrega de esta serie– hasta la construcción del Muro que dividió a la ciudad entre 1961 y 1989, pasando por la revuelta popular de 1953, la visita de Kennedy en 1963 con su mal pronunciado “Ich bin eir Berliner” (“Soy ciudadano de Berlín”), las noticias sobre las muertes de los setenta y nueve infortunados que fracasaron en su intento de cruzar el Muro… todo lo cual confirma la “centralidad” de Berlín como capital de la Guerra Fría. La ciudad, entre 1948 y 1989, concentró las peores tensiones que se produjeron en Europa.

Cuando aún no se había disipado el impacto del bloqueo de Berlín de 1948–49, estalló una revuelta popular espontánea en Alemania Oriental que marcó a fuego la ciudad por segunda vez en menos de cinco años. Era el 16 de junio de 1953. Pocos días antes, el Comité Central del Partido Socialista Unificado aprobó una subida de impuestos y el incremento de un 10% en la productividad: más trabajo y menos salario. Inaceptable para los trabajadores. El 16 de junio empezaron las huelgas que se extendieron rápidamente por las empresas que no alcanzaban el incremento de productividad. Al día siguiente, 40.000 manifestantes recorrieron las calles del sector soviético de Berlín. Esa tarde, los soviéticos, requeridos por el gobierno comunista alemán de Walter Ulbricht, movilizaba veinte mil soldados para garantizar el orden público. Los choques más importantes con unidades acorazadas soviéticas tuvieron lugar en la Unter den Linder, entre la Puerta de Brandenburgo y la Plaza Marx–Engels, mientras que en la Postdamer Platz, los Vopos, la policía de la alemana oriental, asumió el grueso de la represión. Aún hoy se ignora el número de víctimas y cuántos huelguistas fueron fusilados en los días siguientes. Se cree que fueron fusiladas 106 personas y que se produjeron entre 124 y 383 víctimas en los choques callejeros. Se sabe que en los meses siguientes se produjeron 1.200 sentencias judiciales y las condenas se elevaron a 6.000 años de prisión. 18 soldados soviéticos fueron fusilados por negarse a disparar sobre los manifestantes.

Nunca más volverían a repetirse movimientos reivindicativos similares en la capital alemana.  Quienes tenían por insoportable aquella situación lo tenían fácil: sólo tenían que caminar unos metros y plantarse en la zona occidental de Berlín. La pesadilla quedaba atrás. A medida que iban pasando los años, la diferencia de renta entre la parte soviética y la parte occidental de Alemania se fue haciendo cada vez mayor. Era inevitable que, unos movidos por la necesidad de mas libertades políticas, otros buscando progreso económico y muchos para dejar atrás una situación de tristeza y asfixia, todos, en definitiva, huyeran de Berlín Este. En los años cincuenta, la población de la parte soviética fue disminuyendo drásticamente. Lo que, tras los sucesos de 1953 fue un goteo, se fue ampliando y un mes antes de la construcción del Muro, en julio de 1961, sólo ese mes, habían abandonado la parte soviética 31.415 personas. El 13 de agosto de 1961 empezó la construcción del llamado “Muro de la Vergüenza”.

Dos años después, el presidente Kennedy se hacía aplaudir por miles de berlineses en el viaje que realizó el 26 de junio, cinco meses antes de ser asesinado en Dallas. Allí pronunció su Ich bin ein Berliner que llegó al corazón de los ciudadanos de la capital, tanto por su dramatismo como por el mal, aunque voluntarioso, acento germano. A su lado estaba Willy Brandt, alcalde de la ciudad. Se trató de uno de los discursos más famosos de Kennedy.

Y así hasta que el 12 de junio de 1987, con motivo del 750º aniversario de la fundación de la ciudad, el presidente Reagan bajo la puerta de Brandemburgo popularizara otra frase: “Mr. Gorbachov tear down this wall!“ (“¡Señor Gorbatschow, derrumbe este muro!”). La Guerra Fría había entrado en su fase terminal. El 9 de noviembre de 1989 se abrieron los pasos fronterizos de la Bornholmer Straße. Luego ya no hubo separación entre las dos Alemanias.


 

Una ciudad fotogénica

Un, dos, tres

Lamentablemente, no todos los episodios de la Guerra Fría que se desarrollaron en Berlín han tenido acogida cinematográfica. Ninguna cinta, por ejemplo, se ha filmado sobre la revuelta obrera de 1953, ni nada tampoco sobre el viaje del Presidente Kennedy. La Puerta de Brandemburgo, sin embargo, aparece en decenas de películas; no mencionaremos a la mayoría porque sus argumentos tienen poco que ver con la Guerra Fría. En realidad, Berlín empieza a ser fotogénica a partir de los años 60, cuando la ciudad ya estaba completamente reconstruida de los destrozos que sufrió hasta abril de 1945. En quince años, el aspecto de Berlín volvió a estar presentable, los escombros retirados, los edificios reconstruidos, la alegría retornó al menos a la parte Occidental. Y fue entonces cuando el genio de Billy Wilder ubicó allí la trama de su desternillante One, Two, Three (1961, Uno, dos y tres), que algunos han osado calificar como la mejor comedia americana de todos los tiempos.

Durante los 108 minutos de proyección es difícil que el público estuviera un solo minuto sin retorcerse de risa en sus butacas. Wilder mismo había elaborado el guión sobre una pieza teatral de Ferenc Molnár. La película nos muestra la visión que los americanos tienen de sí mismos (dinámicos, eficientes, competitivos, implacables), en una Europa en la que todavía hay espacio para el idealismo y el amor. La producción destila ironía. Se suelen recordar los papeles de James Cagney como “C.R. MacNamara” (cuyo proyecto consiste en invadir a la URSS con sus refrescos azucarados, carbonatados e hipercalóricos) y de un juvenil Horst Buchholz, el fanático e ingenuo comunista, pero mucho menos el de Hanns Lothar, eficiente ayudante del Presidente de la Coca–Cola en Alemania. Lothar, antiguo SS que afirmaba seriamente haber permanecido durante toda la guerra trabajando en el metro y no enterándose de nada de lo que ocurría en la superficie, es el paradigma de eficiencia y la disciplina germánicas. Los soviéticos también están presentes como oportunistas, obsesos, degenerados y ansiando solamente el nivel de vida americano.

Hay que ver, pues, esta película como lo que era en realidad: pura propaganda americana. Wilder se prestó al juego porque, en realidad, creyó siempre que los alemanes constituirían la mejor ayuda para los marines en la lucha contra el comunismo. Pero también hay que verla como el testimonio de aquella época: Berlín reconstruido, la Guerra Fría en su punto culminante, los rusos presentados como enemigos empequeñecidos y peripatéticos, la alianza germano–americana victoriosa ante cualquier circunstancia adversa. Uno, dos, tres es pura comedia, no hay en ella espacio, ni siquiera a efectos de propaganda política, para recordar los muertos del año 1953. El adversario soviético es presentado con tintes caricaturescos mucho más que siniestros. Wilder se perdía por conseguir una carcajada. La película acumuló premio sobre premio.


 

En el corazón de la Guerra Fría

Funeral en Berlín

A partir de ese momento, Berlín aparecerá cada vez más en escena. Frecuentemente las tramas tendrán que ver con operaciones de agentes secretos (ver la entrega de esta serie dedicada al cine de espionaje) de los que Funeral in Berlin (1966, Funeral en Berlín) da la oportunidad a Michael Caine de ser engañado por el jefe de la inteligencia soviética interpretado por un más que creíble Oskar Homolka. “Más vale pasar en ataúd que no pasar” es la frase clave de la película. Y se refiere a pasar del Berlín soviético al Berlín occidental. Si vemos esta película junto con Bridge of spyes (2015, El puente de los espías) podremos intuir hasta qué punto aquella ciudad se convirtió en el centro de operaciones de servicio de inteligencia de todo el mundo.

Por el mismo camino discurre Torn Curtain (1966, Cortina rasgada), dirigida por Alfred Hitchcock e interpretada por Paul Newman  y Julie Andrews. Cuando se filma la película, el muro de Berlín ya es una realidad, así que el protagonista y su compañera deben huir a la zona occidental aprovechando una de las redes clandestinas. Y esa parte es la que nos muestra, precisamente, cómo se las ingeniaron los berlineses para burlar a las autoridades comunistas.

No cometeremos el error de recomendar el visionado de Octopussy (1966), a pesar de que parte de la trama discurre en Berlín. Lo excesivamente imaginativo de la serie 007, hace que este episodio no tenga absolutamente nada que ver ni con la historia de la Guerra Fría, ni con la realidad de ningún episodio habido o por haber. La actuación de Louis Jourdan en el papel del malvado Kamal Khan o los ojos hipnóticos de Maud Adams, la chica Bond del momento, son capaces de hacer digerir una trama que le debe todo a la imaginación desbordante de Iam Flemming y al oportunismo de Alberto Broccoli.

Justo lo contrario que ocurre con The Spy Who Came In from the Cold (1965, El espía que surgió del frío) producción realista donde las haya. Esta película tiene como atractivo mostrar los intríngulis propios de los servicios de inteligencia. Habitualmente, el pobre agente de campo, como el marido, es el último en enterarse de lo que pretende su superior (o esposa). La película se rueda poco después de que se haya descubierto el juego de Kim Philby y de su grupo de espías británicos al servicio de la inteligencia soviética. Está de moda el tema del “agente doble” y de esos espías que son, en realidad, cajones de doble, triple o cuádruple fondo. Richard Burton, en su mejor momento, representa al agente Alec Leamas que ha decidido desertar por orden de sus superiores… que, en realidad, traman otro juego que le resulta desconocido. Berlín preside la trama. El Muro (con mayúsculas) ya está allí.


 

Huir del Berlín: una iniciativa de doble dirección

El cielo sobre Berlín

Dependiendo de la ideología que uno tuviera durante la Guerra Fría, su ubicación ideal era el Este o el Oeste. Berlín facilitaba, además, ese tránsito como ninguna otra ciudad europea. Un delgado pero impenetrable muro separaba dos concepciones del mundo y bloques de poder. Alguno, los más atrevidos (o los más desesperados), experimentaban la necesidad de huir y atravesar como fuera aquella barrera. Hay dos películas que ilustran ambas direcciones de fuga.

Cuando Roland Suso Richter filmó Der Tunnel (2001, Un túnel hacia la libertad) estaba narrando un episodio real: la construcción de un túnel subterráneo a través del cual algunos berlineses consiguieron dejar atrás la zona soviética. La película sitúa la trama en el año 1961, justo cuando empieza la construcción del Muro. El protagonista, un convencido anticomunista, consigue huir a la zona Occidental y se propone ayudar a que su hermana escape también. Lo hace a través de un túnel, una opción que efectivamente se dio en la realidad.

Pero no todos escapaban en la misma dirección. La protagonista de Die Stille nach dem Schuss (2000, El silencio tras el disparo) es una terrorista de la Fracción del Ejército Rojo, también conocida como la “Banda Baader–Meinhoff”. El director Andreas Höfer nos la muestra como implicada en numerosos atentados. Llegado un punto, decide huir, ¿a dónde? No, desde luego, a París, las Galápagos o Madagascar, quintaesencias del capitalismo más depravado, sino a Berlín Este, que si no era el paraíso que soñaban construir los bolcheviques, sí al menos, daba algo de calor a los idealistas que, metralleta en mano, habían intentado luchar por la revolución mundial del proletariado. La trama, situada en los años ochenta, tiene como colofón la caída del Muro en noviembre de 1989 y el riesgo que, la nueva situación, entraña para la protagonista cuya extradición pide el gobierno de la República Federal.

Una película extraña, a ratos encantadora y en otros dramática, siempre fantástica, Der Himmel über Berlin (1987, El cielo sobre Berlín), dirigida por Wim Wenders, nos presenta una panorámica de Berlín vista por dos ángeles –sí, dos ángeles que no pueden actuar en los asuntos humanos y que ni siquiera son vistos por la mayoría de los berlineses–. La ciudad está todavía partida en dos; las escenas muestran cómo era la ciudad en aquel momento: los lugares tristes y melancólicos abundan en el metraje. Pero, como siempre, hay lugar para la esperanza: y en aquel momento, la esperanza de Wenders y de tantos alemanes, era que el Muro cayera. Finalmente, dos años después de la filmación de esta cinta, se derrumbó entre fiestas y excesos etílicos: por una vez la historia no se construyó sobre una tragedia, sino que fue el fin de esa tragedia. Era el 9 de noviembre de 1989. Aquel día, de alguna manera, terminó la Guerra Fría.


 

El fin del Muro y el principio del tiempo nuevo

Good Bye, Lenin!

El día que cayó el Muro quien esto escribe estaba de parto. El resultado fue una hija que tiene tantos años como tiempo hace que el Muro de Berlín desapareció. Inevitable poner esta nota personal porque en aquel momento todos tuvimos la sensación de que había empezado un tiempo nuevo. Si ya no habría más Guerra Fría, si las grandes tensiones internacionales habían desaparecido definitivamente, igual era cierto lo que predicaba Fukuyama sobre el “fin de la historia”: a partir de ese momento, no quedaba nada más que ser felices. La prosperidad nos saldría por los ojos y nuestra hija crecería en un mundo sin más tensiones que las que la disputa en casa por el mando a distancia del televisor o por saber a dónde íbamos de vacaciones aquel año. Todo se torció en los lustros siguientes. Vino la globalización y, bruscamente, el 11 de septiembre de 2001, todo el mundo –por primera vez, todo, todo el mundo– vio el espectáculo del hundimiento de las Torres Gemelas. Entonces supimos que el siglo XXI había comenzado de verdad.

Varias cintas recuerdan aquellos días y algunas de ellas con un alto contenido de historicidad. Verlas implica saber casi todo lo que vale la pena saber de todo aquello. Sonreír es lo primero, así que el visionado de Good Bye, Lenin! (2003) resulta casi obligatorio. La cámara nos sitúa en el mes de octubre de 1989, el Muro está a punto de caer. La protagonista, una madre que siempre ha sido comunista, entra en coma. Despierta cuando ya ni existe el Muro, ni la República Democrática Alemana. Pero es una buena mujer y su hijo hará lo imposible, hasta el absurdo, para evitar que se entere de las malas nuevas. Terminan convirtiendo el apartamento familiar en una especie de museo del “socialismo real” en donde la madre sigue convencida de que todo está como en los “buenos viejos tiempos” de Walter Ulbricht, los Vopos y la STASI.

Parece como si la caída del Muro hubiera sido recibida en todo el mundo, y especialmente en Alemania, con una alegría desbordante. En la misma línea que la anterior, Berlin is in Germany (2001, Berlín está en Alemania), es una comedia amarga o una tragicomedia que discurre inmediatamente después de la caída del Muro. El protagonista solamente ha podido seguir los acontecimientos desde su celda de la prisión de Brandenburgo en donde purgaba una condena de 11 años de cárcel. Ha pasado lo mejor de su juventud entre rejas y ya nada es lo que había conocido al cerrarse detrás la cancela de la prisión. El país que figura en su carné de identidad ya no existe, el dinero con el que fue detenido carece de valor y ni siquiera el carné de conducir con los símbolos de la Alemania comunista le sirve para nada. La película es una panorámica sobre el tiempo que se abría para la ciudad recién unificada con la certidumbre de que no todos percibían la nueva situación con optimismo y seguridad.

Caído el Muro, la siguiente victoria norteamericana en la Segunda Guerra del Golfo, con la recuperación de Kuwait y la primera derrota de Saddam Hussein, consagraron el unilateralismo norteamericano y la globalización. Pero todo eso no fue, como suponía Fukuyama, el “fin de la historia”, sino el inicio de otra historia.

En la historia de Berlín, como hemos visto, el presidente Kennedy tuvo su lugar. ¿Qué actitud hubiera adoptado Kennedy ante la globalización? ¿Cómo hubiera encarado el fin de la Guerra Fría? Preguntas vanas, imposibles de contestar. Pero, en cambio, el cine si ha ofrecido abundantes producciones sobre la vida y la obra de John Fitgerald Kennedy.


 

Películas sobre Berlín durante la época de la Guerra Fría:

Películas sobre la Guerra Fría

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Amor DiBó

Trabaja en el mundo editorial, y le gusta la arquitectura, viajar, el cine, la robótica-nanotecnología, hacer tortilla de patata, el té y la buena educación.

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