Fotogenia de la Guerra Fría (XII): Beats, Hippies y Mayo del 68 (II)

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Taking Woodstock

Taking Woodstock

Y los beat mutaron en hippis

La culpa fue del LSD sintetizado por Albert Hofmann, un químico imaginativo y audaz. Con el LSD nació la psicodelia (literalmente, estudio del alma). Los hippis fueron hijos de papá LSD y mamá maría. Es indudable que aquellas drogas les dieron su particular visión del mundo, su estética y sus ideales. El tránsito de la beat generation a la generación hippi no fue brusco, tuvo etapas intermedias que el cine reflejó. En West Side Story (1961, Amor sin barreras), por ejemplo, los acordes de la lucha entre los sharks y los jets reflejan las tensiones étnicas que se prolongarán a lo largo de toda la década y que volverán a ser tratados en otras cintas notables como Mississippi Burning (1988, Arde Mississippi), In the Heat of the Nighy (1967, En el calor de la noche) o Far from Heaven (2002, Lejos del cielo).

Así estaban las cosas cuando irrumpió el LSD y la marihuana (hasta entonces consumida por exiguas minorías marginales) empezó a difundirse entre la juventud. Lo que era agresividad, violencia, desafío, negación y pelea entre los miembros de la “generación perdida”, pasó a convertirse en psicodelia, pacifismo, místicas orientales y pasotismo integral con los hippies. Una película refleja perfectamente el impacto de los hippies en la sociedad americana: Hair (1979), un musical que puede ser considerado como un manifiesto de aquella generación. Dirigida por Milos Forman, se resaltan los aspectos altruistas, la espontaneidad y el pacifismo del flower power. Revolución sexual, psicodelia y pacifismo constituyen los tres ejes de la cinta cuya banda sonora –se trata de un musical– es, sencillamente, excepcional. Por el mismo camino discurre, Jesus-Christ Superstar (1973, Jesucristo super star), la otra ópera rock que cautivó a aquella generación.

Claro esta que no todo fue altruismo, psicodelia y flores. Toda cara tiene su cruz; toda luz proyecta su sombra y todo manjar termina convertido en excrementos. Los hippis también tuvieron su lado oscuro. Este aspecto se podía intuir en Easy Rider (1969), imprescindible película sobre aquella época protagonizada por Peter Fonda y Denis Hopper (que a la vez fue el director) sobre sus monturas de sonoro petardeo, dos choppers Harley, que causaron envidia en Europa. Aunque traficantes de droga, los protagonistas sintonizan con el espectador, un hippi que conocen en el camino, aumenta esa empatía. Pero se ve que todo aquello no podía terminar bien y, efectivamente, la película acaba en drama. Los hubo todavía peores y la realidad superó a cualquier ficción.

Easy Rider

Charles Manson y su “familia hippi” dejó sangrienta constancia de que aquel movimiento también podía incluir los peores aspectos de la naturaleza humana. Lo truculento de los crímenes y el hecho de que una de las asesinadas, Sharon Tate, fuera una estrella ascendente, para colmo, esposa de Roman Polansky que acababa de filmar dos de sus mejores y más siniestra obras (The Fearless Vampire Killers [1968, El baile de los vampiros] y Rosemary’s Baby [1967, La semilla del diablo]), facilitaron que el episodio fuera llevado al cine en varias ocasiones (Helter Skelter [1976, Manson, retrato de un asesino], House of Manson [2014], o Helter Skelter [2004] TV-movie realizada desde el punto de vista de Manson). Cuando se filmaron todas estas cintas, hacía tiempo que los hippis habían desaparecido. De hecho, los asesinatos marcaron su descredito y su final.

El canto del cisne de aquel movimiento fue el festival de Woodstock que congregó a casi medio millón de jóvenes en “tres días del amor, de la paz y de la música”. Los asesinatos de Charles Manson y su familia fueron el 9 de agosto, el festival tuvo lugar apenas una semana después. A partir de ahí, declinaría. De aquel evento ha quedado un documental de tres horas de duración, Woodstock, 3 Days of Peace & Music (1970, Woodstock) con Joe Cocker, Joan Baez, Carlos Santana, Jimi Hendrix, Janix Joplin, etc, actuando en vivo y en directo. Y si se quiere una versión libre sobre cómo surgió la idea de aquel festival, puede visionarse Taking Woodstock (2009) de Ang Lee, con Henry Goodman y Liev Scheider.

Se han filmado muchas más películas sobre aquella época y sobre el hipismo, pero las que hemos mencionado nos parecen las más significativas y darán al interesado por el fenómeno hippi una conciencia más clara de lo que fue. El fenómeno cabalgó en una ola mayor, la contracultura y el pop.


 

El universo del pop y de la contracultura

Andy Warhol

Andy Warhol rodando una de sus películas

Los hippis fueron un accidente en la historia sociológica y cultural de los EEUU durante la Guerra Fría, como previamente los habían sido los beats. La vida seguía y la historia se había convertido en un rodillo de vanguardias contraculturales. Cuando declinaba el flower power, otros fenómenos merecieron la atención del público. Es difícil definir lo que fue el pop (contracción de “popular”, relativo a la “cultura popular”) que ya había estado presente en los años 50 con Lichtenstein, Wesselmann y, sobre todo, con Andy Warhol. Querían una cultura y un arte al alcance de todos. No importaba que su arte no fuera “bello” (de hecho Warhol se propuso deliberadamente serigrafiar obsesivamente imágenes intrascendentes de cultura popular), lo importante es que estuviera extendido y fuera accesible a todos. Warhol, consciente de que la producción industrial era el rasgo del siglo XX, llamo a su taller “la factoría” para acentuar el carácter de producción en serie. De la primera generación de artistas pop, Warhol fue el que gozó de más fama, gracias a codearse con personalidades de todo tipo y realizar incursiones en el mundo del cine. Varias cintas relatan su portentosa aventura.

La más famosa –aparte de los documentales– es I Shot Andy Warhol (1996, Yo disparé a Andy Warhol), historia real de Valerie Solanas que le disparó al negarse a producir un film que le propuso. La película nos introduce en el mundo del pop de los sesenta, el ambiente de drogas, sexo libre y gay, de su creatividad y de las miserias de la época. Warhol produjo y dirigió una docena de películas en los sesenta y en la primera mitad de los setenta. Se trata de cintas extrañas, anómalas, algunas realizadas bajo los efectos del LSD y nada comerciales (en Sleep [1963] el protagonista dormía durante seis horas, la película era la filmación de este sueño; Empire [1964] duraba ocho horas y mostraba sólo escenas del Empire State Building al salir el sol; Eat [1963], por su parte, nos mostraba a un hombre comiendo un hongo a lo largo de interminables 45 minutos…). Se le ha llamado “cine experimental”, pero algunos discuten –discutimos– el que fuera algo más que el producto de un colocón de cualquier droga. Mayor interés tienen otras películas más convencionales, pero igualmente extrañas. Vinyl (1964), por ejemplo, es la primera adaptación de la novela de Burgess La Naranja Mecánica. En Chelsea Girl (1966) dos proyectores de 16 mm proyectaban simultáneamente las imágenes filmadas, se jugaba con efectos de sonido y se trataba de crear “capas de información” superpuestas. Otras películas ilustraban sobre temática gay. La mayoría de cintas de Warhol generaron polémicas y conflictos incluso con los propios actores. Finalmente, en 1968, tras el atentado de que fue objeto, se volvió mucho más reservado en relación al cine.

Warhol se movía en el filo de la navaja: a un lado tenía a la intelectualidad, al otro una legión de marginales, muchos de los cuales mostraban signos de desequilibrios psíquicos. La marginalidad crecía en los EEUU, nos lo mostró Martin Scorsesse cuando rodó Taxi Driver (1976). El ambiente que pinta no puede ser más depresivo, no es la América victoriosa de 1945, ni el país preocupado por el inicio de la Guerra Fría o por la amenaza nuclear, tampoco es la sociedad que alberga pequeñas minorías beat o en donde tribus étnicas pelean unas contra otras en guetos limitados, ni siquiera el país sorprendido por la subcultura hippi. Es el país en el que crece la delincuencia, las bolsas de pobreza, la locura y la violencia, las drogas y la prostitución infantil. Un país que se revela enfermo (como en la canción de Dylan sobre aquel país “viejo y que agoniza y apenas sí acaba de nacer”) en el que Robert de Niro y su locura se presentan como remedio. Por el mismo derrotero circula Serpico (1973) de Sidney Lumet: no sólo la delincuencia es despiadada, sino que la misma policía está podrida. A esta seguirán otras películas sobre el mismo tema que nos mostrarán un país y una sociedad cada vez más desintegradas

Cuatro años antes Stanley Kubrick había filmado 2001: A Space Odyssey (1968, 2001 Una odisea en el espacio). Se engaña quien ve sólo una película de ciencia ficción. Era otro tríptico de la nueva era que se anunciaba en Hair (en el número musical Acuario) y auguraban los hippis. Muerte de la vieja cultura y su renacimiento en forma de “niño cósmico”, mutación cósmica provocada por el misterioso monolito. Rebelión de las máquinas contra la humano y un paso más en la evolución, más allá de lo humano, un paso similar al que supuso para el mono antropomorfo el aprendizaje del manejo de un arma. Se ha polemizado mucho sobre el mensaje que quería dar Kubrick a su cinta, pero hoy aparece como un fresco ideológico de aquel momento.

Si esto ocurría en los EEUU, en la otra meca de la modernidad, Londres, se filmaban películas imprescindibles para entender la sociedad de los sesenta. Debió ser un italiano, Michelangelo Antonioni quien rodó Blow Up (1966, Deseo de una mañana de verano) sobre guion elaborado a partir de un cuento de Julio Cortázar. Nominada a varios Oscars y encumbrada en Cannes-67, nos muestra las costumbres de los jóvenes de la época y el nuevo modelo de sociedad que se estaba construyendo. La revolución sexual, estética y social, se percibe en cada escena. Antonioni incluyó todos los aspectos del pop (moda, arte, música, estética, arquitectura, psicodelia, tribus urbanas). La película sigue siendo el mejor documento sobre aquella época filmado en Europa.

El marco en el que se desarrolla la trama de Quadrophenia (1979) son las luchas entre mods y rockers habituales a mediados de los años 60 en Londres. Parecía como si los protagonistas, pertenecientes a estas tribus urbanas, no soportaran la paz (sus padres y abuelos, en cambio, protagonizaron guerras inmisericordes) y estuvieran dispuestos a vivir intensa y devastadoramente. Si no existían tareas heroicas que realizar, las riñas tumultuarias contra otras tribus urbanas eran el único indicativo de que vivían.

Tres películas filmadas por los Beatles nos describen la música, la estética, el lenguaje y nos dará una idea exacta de cómo fue aquella época. La primera, A Hard Day’s Night (1964, ¡Qué noche la de aquel día!) es un documental sobre los Beatles que nos muestra que la cultura pop se ha convertido en un fenómeno de masas. Mucho más imaginativa es Help! (1965) dirigida por Richard Lester: hoy estamos habituados a los videoclips, Lester en Help! los creó. La moda pop, la minifalda, los grafismos, todo, nos muestra como fueron aquellos años. No se mencionan las drogas, pero es evidente que cuando se filmó, los Beatles ya empezaban a abusar del LSD. La tercera película, Yellow Submarine, aporta poco, salvo la sensación de que alguien se ha pasado de vueltas con el ácido.

A Hard Days Night

Los Beatles en A Hard Days Night


 

La revolución sexual

El escándalo de Larry Flynt

El escándalo de Larry Flynt

Cabalgando con el pop, apareció la píldora anticonceptiva. A partir de entonces, el placer quedaba completamente desvinculado de la procreación. La sexualidad podía ser, finalmente, libre y sin restricciones. Igualdad de sexos, búsqueda del placer y movimientos de liberación sexual fueron las consecuencias directas del Enovid. Una amplia gama de películas ilustró esta temática. Unas trataron del fenómeno en sí mismo, otras fueron productos de esa revolución y alguna que otra lo tomó como excusa para la carcajada. Woody Allen trato la temática en su comedia Everything You Always to Know About Sex (But You Were Afraid to Ask) (1972, Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar). Los esqueches de la película abordan en clave de humor los distintos aspectos de la revolución sexual: en los rasgos del “científico loco” es fácil reconocer al psiquiatra Wilhelm Reich, inspirador del movimiento; el médico enamorado de una oveja y el programa de televisión sobre fetichismos simbolizan el “aquí vale todo” que acompañó a la “revolución sexual”. La película es una buena introducción al tema y refleja perfectamente las exageraciones a las que se llegó. Mucho más comedida es Kinsey (2004) de Bill Condon, que nos relata algunos episodios del autor de El comportamiento sexual en el hombre, más conocido como El informe Kinsey, publicado en 1948 (el año en el que comenzó la Guerra Fría), y que constituye el punto de partida de la revolución sexual. Una película, desde luego, mucho más entretenida que la lectura del documento.

Woody Harrelson encarna perfectamente el papel de rey del porno, en The People vs. Larry Flynt (1996, El escándalo de Larry Flynt) de Milos Forman, biografía del empresario que, en plena revolución sexual, creó una cadena de locales de striptease y la revista Hustler. Flint –que fue objeto de un atentado- se apoyó en la Primera Enmienda de la Constitución Americana para que el Estado tolerase su actividad. A su manera, fue un transgresor, seguramente menos sofisticado de Hug Hefner, pero igualmente hábil en hacer del sexo un negocio lucrativo. El fundador de Play-Boy ha tenido también su biopic: Hefner, Unauthorized (1999, El imperio de Play Boy), sugestiva película en la que el peso de la narración recae sobre una muerta, la antigua secretaria y asistenta de Hefner que se suicidó en 1975 a causa de un escándalo de drogas en Playboy Enterprises. La película nos sitúa con bastante precisión en la “concepción del mundo” de Hefner y en sus circunstancias, pero si lo que queremos es un documental más fiel a la realidad, habrá que ver, necesariamente, Hugh Hefner: Playboy, Activist and Rebel (2009, Hugh Hefner. Playboy , activista y rebelde) que presta una atención particular a la lucha del personaje contra el gobierno y el feminismo.

Richard Lester en The Knack… and How to Get It (1965, El Knack y cómo conseguirlo) nos muestra el universo de los mods londinenses a ritmo de swinging. El protagonista se ha perdido lo mejor de la revolución sexual y un amigo le muestra el camino del éxito en la sexualidad. Es el Londres de los años sesenta el que nos muestran las imágenes. Finalmente, The Harrad Experiment (1973) nos sitúa en ese momento en el que el sexo pasó de ser tabú a objeto de consumo banalizado. La película no ahorra ninguno de los temas novedosos entonces, casi escandalosos, que hoy ya son el pan de cada día.

Luego están las películas de temática erótica que, implícitamente, fueron iconos de la “revolución sexual”. Barbarella (1968) fue la primera de todas ellas, protagonizada por Jane Fonda (vestida por Paco Rabanne). La heroína atraviesa distintas peripecias en la Ciudad del Mal donde la Gran Tirana (Anita Pallenberg) la apresa y condena a morir ejecutada por sobredosis de placer en una “máquina de los orgasmos”. Luego siguieron otras menos imaginativas y más explícitas. En la saga de Emmanuelle (1974) vemos a una atractiva Sylvia Kristel, esposa de un diplomático destacado en Bangkok, teniendo glamurosas aventuras sexuales en medio mundo. Las innumerables secuelas que dio lugar esta primera película son muestra de que el sexo explícito había pasado de los circuitos especializados al público de masas. Solamente la primera entrega fue vista por 300 millones de personas en todo el mundo. La “revolución sexual” había levantado el tabú y, a partir de entonces, ya era posible que amplias masas populares se identificaran con las aventuras de la protagonista. La imaginación erótica se desbordó.

Barbarella

Barbarella

Cuando aún no se había extinguido el eco de Emmanuelle, el espabilado Just Jaekin ya estaba trabajando en la segunda entrega, se proyectó Histoire d’O (1975, Historia de O) también dirigida por él y que fue extremadamente criticada por las feministas al mostrar mujeres sumisas, orgullosas de su sumisión y maltratadas para mayor gloria del clímax masculino. Mencionamos la película, aparte de por la muy notable banda sonora de Pierre Bachelet, por levantar el tabú sobre una parafilia: el sado-masoquismo explícito.

Después de esto quedaba poco por decir, quizás solamente que uno de los mejores directores de la historia del cine, Stanley Kubrick, tomara cartas en el asunto y dedicara su última película a los juegos eróticos: Eyes Wide Shut (1999): la Guerra Fría había terminado diez años antes, la liberación sexual y los fetichismos ya no era una cuestión de vanguardias novedosas como en los años sesenta, sino que había sido incorporado a la cotidianeidad de la burguesía acomodada. En realidad, lo que expresa la película es lo que el Kubrick crepuscular llevaba dentro: el mismo director que había filmado sus mejores películas durante el período de la Guerra Fría, que tanto y tan bien habían reflejado aquellos años, ahora, demostraba también entender el sentido de lo que fue la “liberación sexual”.

Eyes Wide Shut

Eyes Wide Shut


 

Películas para saber más sobre el tema:

Hippies

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Amor DiBó

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