
Como dice la locución latina: nihil novum sub sole, nada nuevo bajo el sol. En la Segunda Guerra Mundial, los americanos fueron los buenos buenísimos, salvadores de la humanidad, y los alemanes —que, quizá, digo yo, no todos fueron nazis— eran todos malos, malísimos. Moraleja de Lucky Strike. Otra película de la Segunda Guerra Mundial, sin más; como si no hubiera guerras que contar y que filmar.
En fin, mis tres o cuatro lectoras que todavía me leen, como escribiría De Prada, dirán que me repito más que el ajo, pero ¿para cuándo una película de la batalla de Covadonga, de Lepanto o de las Navas de Tolosa? Y, si no queremos glorificar a España, pues que la hagan, por ejemplo, de la batalla de Cannas, de Zama o de cualquier otra, para no repetirnos, vamos. No sé, dicen que en la variedad está el gusto.
Bueno, al ajo.
El retoño del gran Clint Eastwood, Scott, protagoniza este filme en el que interpreta a un soldado herido en Bélgica durante la batalla de las Ardenas, Castle. Está aislado y tiene que sobrevivir solo en un escenario adverso, plagado de nazis con muy mala leche. El Eastwood moderno las pasa canutas, pero, gracias a su ingenio, a su preparación militar, a su radio Motorola y a su coña marinera, va, el pobretico, sorteando obstáculos como puede. Lo de la radio, ya verán, tiene su aquel y, en parte, es un hilo conductor porque, gracias a ella, va salvando el pellejo y favorece el final lacrimógeno al uso hollywoodiense.
Otra película de la Segunda Guerra Mundial, sin más; como si no hubiera guerras que contar y que filmar.
El comienzo prometía bastante: las imágenes, la introducción, la trama… Pero luego empieza a languidecer un poquillo. La película es entretenida y, al parecer, está basada en un hecho real, aunque algunos pasajes me parecen un tanto inverosímiles. Además, tiene un punto animalista muy tonto o, para no ser tan crítico, diríamos que curioso. Un soldado que se convierte en un matarife en el campo de batalla no hace volcar un tanque por no atropellar a un perrito. Seamos serios. Luego, y eso no está mal, aparece un caballo blanco como metáfora. Metáfora no sé muy bien de qué, pero sí distingo que hay una pretensión poética en el mamífero. En cualquier caso, no me voy a poner estupendo dilucidando acerca de lo que ha intentado decirnos Rod Davis Lurie, el director, con esa imagen; ya lo pensarán ustedes, y si quieren, me lo cuentan.
Para terminar, les comentaré que el descendiente de Harry el Sucio no me ha encandilado, que el guion hace aguas, pero que sí hay acción y la cinta es correcta para pasar un ratito. Aparte de Scott Eastwood, que tampoco brilla en exceso, no hay nada que comentar sobre el resto del reparto, ya que el filme se basa en la experiencia de este.
Si les gusta el cine bélico, vayan a verla, pero sin pretensiones y sin esperar una obra maestra. Y, en cuanto al nuevo Eastwood, le faltan años y mala leche. E insisto: ¿cuántos cientos de miles de películas más se van a hacer en EE.UU. sobre la Segunda Guerra Mundial y cuántos millones más se van a hacer en España sobre la Guerra Civil?


