Un otoño sin Berlín (2015), de Lara Izagirre – Crítica

Un otoño sin Berlín

«Un Otoño sin Berlín incita al espectador a componer por él mismo las piezas de un puzzle emocional en el que los sentimientos son confusos y enigmáticos, expresados con la sobriedad narrativa propia del cine hecho desde dentro hacia fuera.»

La llegada del protagonista a un lugar desconocido es uno de los arranques narrativos elegidos por muchos guionistas a lo largo de la historia del cine. Funciona a la perfección como detonante argumental para iniciar una trama en la cual el personaje se tiene que aclimatar a un entorno que no es el suyo sufriendo un proceso de cambio y adaptación. Aunque existen variantes, una de ellas es que el personaje ya haya visitado ese lugar anteriormente, incluso habiendo vivido allí, pero el transcurso del tiempo se encarga de modificar el paisaje hasta hacerlo irreconocible, cambiando no sólo su estado físico sino los pensamientos e ideas de las gentes que lo habitan, quedando adheridos irremediablemente a las vivencias y conflictos que el paso de los años deja consigo.

Un otoño sin Berlín arranca con la llegada de June (Irene Escolar) a su Amorebieta natal tras un período en el extranjero. En los primeros compases comprobamos como las tonalidades frías características del otoño vasco están en sintonía con una predominante frialdad comunicativa que se evidencia con vacías y escuetas palabras que impiden que los sentimientos más profundos salgan a la luz. Pero tenemos la sensación de que no siempre fue así, de que antes de la marcha de June todo era distinto, quizá más luminoso, así que su objetivo será intentar lograr que todo vuelva a ser como antes. Para ello, tendrá que atravesar la coraza emocional que protege a los personajes y cerrar viejas heridas: por un lado con su padre (Ramón Barea), con el fin de recomponer los vínculos paterno filiales rotos por un hecho traumático, y por otro lado con Diego (Tamar Novas), su ex novio, que se ve envuelto en una profunda depresión que le obliga a encerrarse entre las cuatro paredes de su apartamento. Un argumento que refleja el desencanto generalizado, siendo un reflejo de los grises tiempos que corren y de una juventud que se ve privada de posibilidades y expectativas. Lo destacable en este aspecto es que en vez de inundar al relato de un pesaroso pesimismo, se opta por darle un tono esperanzador y positivista, con cierto aire naif, lo que aporta un respiro a esa atmósfera aparentemente asfixiante.

June hace todo lo posible para ayudar a Diego a salir de ese apartamento y volar al Berlín idealizado por ambos, pero él decide encerrarse en ese microcosmos de habitaciones vacías y ventanas cerradas y alegóricamente viajar a su añorado Berlín por medio de los premiados relatos que escribe, un juego de contrastes en el que la imaginación y las utópicas ilusiones forman la esencia que empuja a los personajes a la búsqueda de cambio, incluso sin proponérselo, guiados por puro instinto emocional. Si analizamos estructuralmente el relato podemos comprobar como la directora Lara Izaguirre recurre a la utilización de elipsis para hacer avanzar la trama de forma ágil, sin elementos sobrantes que ralenticen su fluido desarrollo, y de esta forma empuja al espectador a componer por él mismo las piezas restantes de un puzzle emocional y argumental en el que los sentimientos son confusos y enigmáticos, y a su vez reales, lo que da lugar a una sobriedad narrativa propia del cine hecho desde dentro hacia fuera, desde la contención, otorgándole al subtexto la importancia que se merece, sin los derroches grandilocuentes de obras que se terminan perdiendo en el falso dramatismo y en las emociones desbocadas.

Un otoño sin Berlín

En el apartado visual, el formato clásico de 4:3 se adueña de la pantalla con el fin de aprisionar a los personajes, provocando una requerida sensación de claustrofobia, un claro ejemplo de simbiosis perfecta entre forma y contenido. Cada plano está cuidado hasta el extremo, rodados con sutileza y elegancia, con los cuidados propios de una ópera prima.

En el apartado actoral debemos destacar y elogiar el trabajo de cada uno de los miembros del reparto, sobre todo Irene Escolar, que se echa la cinta a sus espaldas apareciendo en todos y cada uno de los planos que la componen, realizando un ejercicio interpretativo extraordinario, logrando situarse entre la contención y la expresividad gestual, transmitiendo con la mirada todo lo que cada escena requiere, llegando hasta unas cotas de emoción y tensión expresiva poco habituales, lo que demuestra las tablas y el talento que posee esta joven actriz descendiente de la estirpe de los Gutiérrez-Caba.

En definitiva, Un otoño sin Berlín se podría definir como una película sin pretensiones, que consigue dejar cierto poso entre melancólico y esperanzador, realizada por una directora que ya con este film nos demuestra que tiene una mirada muy personal, enigmática y sobria, con mucho aún por contar.

Un otoño sin Berlín

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