Una pastelería en Tokio (2015), de Naomi Kawase – Crítica

Una pastelería en Tokio

«Una pastelería en Tokio no es el mejor trabajo de su directora; pero ello no es óbice para que el talento de Kawase haga crecer una historia convencional hasta niveles insospechados.»

Naomi Kawase, una de las directoras más interesantes del panorama actual, estrena en nuestras salas su filme más accesible hasta la fecha: ‘Una pastelería en Tokio’. No en vano, la película no parte de un material propio –como es habitual en esta autora–, sino que se trata de la adaptación de la novela homónima de Durian Sukegawa. Dicho lo cual, conviene advertir que, siendo la narrativa de la cinta que nos ocupa menos sensorial y mucho más explícita de lo que la realizadora nos tiene acostumbrados, sin embargo redunda en las obsesiones temáticas y visuales de su filmografía, además de hacer gala de su característica capacidad para emocionar desde la sutileza y la contención.

En realidad, lo que acerca ‘Una pastelería en Tokio’ a un público más amplio es el hecho de estar enmarcada dentro de unas características genéricas fácilmente reconocibles por la audiencia; me refiero, por supuesto, al cine que versa sobre la cocina y la comida, un tipo de obras que parecen conectar fácilmente con los espectadores. O al menos así lo hace creer el (relativo) éxito de filmes de cinematografías tan poco proclives a los réditos internacionales como la mexicana –‘Como agua para el chocolate’ (1992) de Alfonso Arau–, la griega –‘Un toque de canela’ (2003) de Tassos Boulmetis–, la alemana –‘Deliciosa Marta’ (2000) de Sandra Nettelbeck– o la danesa –‘El festín de Babette’ (1987) de Gabriel Axel–, por citar algunos ejemplos dispares y llamativos. En general, ello se explica porque suelen ser piezas con tintes costumbristas, a medio caballo entre el drama y la comedia, repletas de situaciones cotidianas en las que el público se puede espejar y donde tiene una decidida importancia el elemento sentimental asociado a las relaciones de los personajes, de forma que el vínculo que se establece con el elemento gastronómico suele funcionar a guisa de alegoría o sublimación de pulsiones psicológicas y emocionales.

En este sentido, ‘Una pastelería en Tokio’ se ajusta, grosso modo, a tales constantes, pero introduce una serie de elementos propios que la individualizan y, de hecho, la sitúan por encima de la media.

Para empezar, poco o nada de hilarante tiene la historia. En realidad, se trata de un drama muy melancólico, centrado en los lazos afectivos que se establecen entre tres perdedores mediante su encuentro en una pequeña pastelería en Tokio; o, mejor dicho, de un puestecito dedicado, básicamente, a hacer “dorayakis” (tortitas rellenas de dulce de judías). Por otro lado, la fascinación por el placer de comer y/o cocinar que suelen destilar este tipo de relatos siempre queda en un segundo plano, con una trama más interesada en desvelar los secretos que cargan consigo tanto Tokue (una soberbia Kirin Kiki) como Sentaro (Masatoshi Nagase), y que los acercarán desde la pérdida y la renuncia. Asimismo, y sobre todo por lo que respecta al tramo final del metraje –el mejor de la pieza–, Kawase da rienda suelta a su capacidad metafórica y sensual, y se vuelve a mover entre árboles y jardines, un ambiente más apropiado para su visión trascendental de la existencia. Los suaves movimientos de cámara, la sobreexposición de las imágenes, los planos detalle de unas ramas o de un puño cerrado nos devuelven la deslumbrante riqueza visual de la realizadora, que incide en un panteísmo de origen sintoísta en el que todos los elementos del mundo –desde las judías para los “dorayakis” hasta el canario de Wakana (Kyara Uchida)– están entrelazados por un sentido de la pertenencia. Como reza la carta de Tokue: “No importa en qué nos convirtamos. Todos hemos venido aquí para influirnos unos a otros.”

Es evidente, según lo expuesto, que ‘Una pastelería en Tokio’ no es el mejor trabajo de su directora; pero ello no es óbice para que el talento de Kawase haga crecer una historia convencional hasta niveles insospechados. De hecho, logra erigir una elegía sobre el amor, la soledad, el dolor, el paso del tiempo y las ilusiones perdidas que tiene mucho que ver con sus obras más personales. Así que, si bien puede afirmarse que ‘Una pastelería en Tokio’ supone una incursión de Kawase en el ámbito “comercial”, ojalá la emoción honesta y desnuda que destila la película fuera algo habitual dentro del cine mainstream.

Una pastelería en Tokio

Sinopsis Sentaro tiene una pequeña pastelería en Tokio en la que sirve dorayakis. Cuando una simpática anciana, Tokue, se ofrece a ayudarle, él accede de mala gana, pero Tokue demostrará tener un don especial para hacer “an”. Gracias a su receta secreta, el pequeño negocio comienza a prosperar. Con el paso del tiempo, Sentaro y Tokue abrirán sus corazones el uno al otro para revelar viejas heridas.
País Japón
Director Naomi Kawase
Guión Naomi Kawase
Música David Hadjadj
Fotografía Shigeki Akiyama
Reparto Kirin Kiki, Miyoko Asada, Etsuko Ichihara, Miki Mizuno, Masatoshi Nagase, Kyara Uchida
Productora Coproducción Japón-Francia-Alemania; Comme des Cinemas / Nagoya Broadcasting Network / Twenty Twenty Vision, ZDF/Arte / MAM / An Film Partner
Género Drama
Duración 113 min.
Título original An
Estreno 06/11/2015

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Calificación6.5
6.5

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Elisenda N. Frisach

Filóloga y editora de profesión y escritora de vocación, le apasiona el arte en general, sobre todo el cine, la literatura y la pintura. Por eso ha colaborado en diversos medios de comunicación como crítico de arte (reseñas de discos y conciertos, películas y festivales, exposiciones, libros...). Se autocalifica de humanista, y no de ingenua, al creer en el poder del amor, la verdad, la ética y el humor. Ideológicamente, sus principales influencias son Gandhi y Schopenhauer, mientras que le fascina la cultura rusa (Dostoievski,Tarkovski, Agmatova...).

1 comment

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  1. Laura Sofia Ospina Nieto 18 febrero, 2017 at 05:20 Responder

    En esta película se puede apreciar fácilmente la gran importancia de los detalles, la libertad y la conexión con la naturaleza, el espíritu libre de la anciana y el corazón cerrado de el cocinero, es una película bastante recomendada que sin ser una de las mejores películas de Naomi (como ya es mencionado en el post) vale la pena verla.
    pd: te da muchísima tranquilidad es casi que un yoga.

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