Cómo ver cine: reflexiones a propósito de “Synecdoche, New York”

Synecdoche, New York

El ámbito de la verdad brutal es el ámbito de Charlie Kauffman, es el ámbito de la pura y absoluta libertad creativa, y Synecdoche, New York es uno de los mayores actos de libertad creativa cinematográfica.

No sabemos ver cine. No sabemos, porque nos han enseñado, y no lo sabemos. Es muy frecuente que, cuando entramos en una sala de cine, ya sepamos qué nos vamos a encontrar. Esto no es malo, mientras que no se trate de una expectativa “saturada”: la clasificación bajo géneros es genial, pero nos damos cuenta de que algo va mal en el cine cuando la expectativa termina por ser la equivalencia de la propia obra (hay muchas películas que, cuando se ven, no alteran lo que se preveía, nos dejan indiferentes, iguales que cuando entramos en la sala) o, más aún, cuando esa expectativa es la condición de posibilidad misma de vivir la obra. Es una expectativa incierta, no consiste en a) y b), sino que es un conglomerado de hábitos adquiridos mediante años y años de paulatino adormecimiento cinematográfico. Uno no sabe que los tiene, y por eso mismo no los puede superar.

En la tradición hermenéutica, que se ocupa de la interpretación de textos, se aboga por un despojamiento de cualquier preconfiguración comprensiva, afín de que lo que el texto guarda de fondo pueda llegar a las manos del lector “sin filtros”, sin distorsión. Despojarse de estas pre-creencias ayuda a no ver el texto como una defensa o continuación de las propias opiniones. Lo mismo sucede en el cine. Existen cientos de esquemas mentales que viven en nosotros acerca de cómo debería funcionar el cine, lo que trae consigo la captura de la obra, su afincamiento y, en última instancia, la muerte de la libertad creativa. Lo máximo a lo que puede aspirar la película es al mejor de los esquemas. Por eso, es normal que, por una progresiva involución (o, al menos, una total quietud), la mayoría de películas no se liberen de las ataduras que, sin saberlo, les hemos puesto; y las que se liberan se ven condenadas a vivir en el ostracismo, estando plenamente presentes sólo en las mentes de unos pocos. Para el resto serán iguales que las demás, si no peores, más raras. Esta excentricidad de lo genial (entendiendo lo genial como lo que produce el genio) lleva al bullying artístico, sin que se considere tal: más bien, estas películas son los alumnos castigados a permanecer en una esquina de la clase, ninguneados, mirando a la pared.

Desaprendamos, pues, a ver cine, para poder iniciar la verdadera educación. Evitemos hacer nosotros a la película y dejemos que la película nos haga a nosotros.

La labor de la interpretación la tenemos todos cuando se nos coloca frente a la pantalla, todos, y así ocurre que el gradual acostumbramiento a lo mediocre genera nuevas generaciones de cineastas reprimidos, regulares. Poco a poco, la dictadura de la mayoría en el cine va siendo la obediencia ciega a los estándares, arraigados de modo inconsciente. Pero, ¿qué pasa cuando se transgreden todas las normas? ¿Qué ocurre cuando se cuenta la verdad brutal? Ocurre el genio, el milagro, la magia. Primeramente, quien transgrede lo normativo debe comprender profundamente en qué consiste: debe tener muy claras las unidades narrativas clásicas, ser consciente de en base a qué se suele narrar. Sólo así podrá superar tales categorías.

Synecdoche, New York

El ámbito de la verdad brutal es el ámbito de Charlie Kauffman, es el ámbito de la pura y absoluta libertad creativa, y Synecdoche, New York es uno de los mayores actos de libertad creativa cinematográfica (si no el mayor y mejor de la historia). La película nos presenta la monótona y solitaria vida de un “pequeño hombre” que vive su “pequeña vida” pero que tiene la esperanza (vaga y lejana) de encontrarse con alguien que pueda decirle “te conozco”, mientras que va acercándose poco a poco a la muerte. Vive desconectado de casi todo lo que hace, del mundo y de sí mismo, no se siente identificado con nada. En un intento de realizar algo memorable y valioso en su vida, comienza a dirigir un proyecto teatral de unas dimensiones titánicas. Este proyecto es la revelación de la verdad brutal, una búsqueda de sí mismo a través de su misma puesta en escena (a través de un actor que lo conozca). Este proyecto es, en definitiva, su propia película, que cuenta la verdad en ese su estado más desnudo y absoluto. Kauffman se pone a sí mismo ante un espejo. Synecdoche, New York es la parte por el todo, la obra de arte por el mundo, la vida personal por las experiencias universales de la humanidad.

El cine de Kauffman es autobiográfico en el mejor de los sentidos. No es una conversación con un “tú”. Las obras de arte que parten del dirigirse a un “tú” ponen los medios para que tal dirigirse sea efectivo, y caen en la apología fría de las propias verdades, porque la conversación entre personas exige justificación de las propias convicciones, para hacerse entender, y este entender procede de modo argumentativo. Esto no es razón poética. Una película ha de ser un monólogo (o bien un diálogo entre yo y Dios), porque sólo así la verdad se encontrará en su estado más absoluto. Nosotros no nos podemos engañar a nosotros mismos, ni a Dios, por lo que el campo de la conciencia es el ámbito de mayor libertad artística; en palabras de Kauffman, aquí “no estamos constreñidos por la preocupación de cómo aparecemos ante los demás” , no necesitamos caretas. Si la película surge de esa conciencia y es fiel a esa conciencia, es decir, si cuenta la verdad brutal, entonces la comprensión de su verdad por parte del espectador no será mera comprensión (meras inferencias, meras conexiones entre informaciones), sino que será vivencia. La obra de arte permite que el hombre viva la vida de otros por un breve período de tiempo, y mediante esas experiencias comprenda realmente.

Synecdoche, New York permite la privilegiada entrada en la intimidad de Kauffman, permite conocer quién se esconde (o más bien, quién se revela) tras esta obra.

Así sucede en Synecdoche, New York. Contando la verdad brutal, Kauffman no necesita intentar superar las categorías narrativas, sino que esa superación sucede sola. En la fidelidad a lo que se le presenta en su vida, en su aplicación, su mero reflejo (esto es lo que significa que “el arte es desnudarse”) en la pantalla (que obviamente precisa un control técnico absoluto), la buena obra de arte surge, por así decirlo, sola sin complicaciones, sin forzar, porque la forma encajará con el contenido, como lo hace en el sueño , en el flujo de la conciencia. Hace falta técnica, sí, para aplicar, para traducir de un lenguaje a otro; pero lo más necesario es la valentía, las agallas de mostrar las cosas tal y como son: así, muchos recursos “aparecerán” porque necesitan aparecer, porque son insustituibles, únicos medios de dar en el clavo. Estas agallas pueden ser las agallas de utilizar la metáfora visual, tan denostada, tan excéntrica, tan aparentemente pretenciosa, rara, confusa, incomprensible; pueden ser las agallas de apelar al espectador mediante la ruptura de la cuarta pared, etc . Synecdoche, New York permite la privilegiada entrada en la intimidad de Kauffman, permite conocer quién se esconde (o más bien, quién se revela) tras esta obra. Este acceso a la conciencia sucede, como no podría suceder de otro modo, del mismo modo que funciona su conciencia; por eso, las películas de Kauffman tienden a ser oníricas, laberínticas, confusas (¿acaso nos entendemos perfectamente y siempre?). Por eso sus narraciones llevan a la pérdida de la noción espacio-temporal, y también por eso resultan tan meta-artísticas (Synecdoche, New York – la parte por el todo, la vida como un llevar máscara – el teatro como el oficio del protagonista).

Desaprendamos, pues, a ver cine, para poder iniciar la verdadera educación. Evitemos hacer nosotros a la película y dejemos que la película nos haga a nosotros: su vivencia en nosotros será, en definitiva, la obra de arte efectiva (y no la obra encerrada en sí misma, “mascada” para el público, estática). Hagamos que la pantalla del cine sea realmente blanca, nada más. Si leyendo este artículo no se ha conseguido comprender ni a Kauffman ni a Synecdoche New York es porque tampoco es eso lo que se pretende, porque comprender cine es verlo. Gracias, Synecdoche New York, por tu valentía, por decir la verdad sin tapujos.

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