En busca de Guille

En busca de Guille

Pues resulta que he estado en Sitges.

Supuestamente, el tema central de este año era la figura de Drácula aunque, como suele ocurrir en este tipo de eventos, la cosa queda un tanto desdibujada por la oferta cinematográfica actual. Es decir: había pelis de Drácula, pero pocas y en horarios no especialmente atrayentes. Además, la mejor sala (el auditorio) estaba ocupada casi permanentemente por los filmes de la sección oficial.

Sí, he ido a Sitges. En parte para ver películas y pasear cerca de la playa pero, sobre todo, para entrevistar a Guillermo del Toro.

Admiro muchísimo el trabajo de este director mexicano y le llevo siguiendo (de forma metafórica y, a veces, literal) desde hace casi quince años. Porque es un artista con una visión única y poética, de los que quedan muy pocos, porque podemos comunicarnos en español y, lo más importante, porque es un héroe de la causa friki.

Este año Guillermo del Toro ha completado la que él mismo considera su mejor película hasta la fecha: The Shape of Water. Visto el resultado, es difícil negar dicha afirmación. Se trata de una fábula maravillosa que, como el propio director ha dicho, está “enamorada de la vida y enamorada del amor”. Un homenaje a todos los seres solitarios que, por un momento, se han sentido monstruos. Puede que hable en mayor profundidad de la película en esta misma web o puede que sea otro colaborador quién lo haga. En cualquier caso, este es uno de esos filmes que se explican solos. No necesita a un crítico parlanchín declamando sus virtudes: es una obra maestra que merece ser visionada y reflexionada de forma individual.

Retomando el relato inicial, llegué a Sitges emocionado, sin mucha idea de dónde me metía pero con la esperanza de poder encontrarme cara a cara con uno de mis directores de cine favoritos. Debido a mi precaria situación económica sólo estaría cinco días de los diez que dura el festival pero imaginé que no necesitaría más.

De forma que, como el Van Helsing de Peter Cushing, me presenté en una región remota armado con un maletín de cuero. Dentro ocultaba mis herramientas: una acreditación de “El Cine en la Sombra”, un programa de mano, una libreta, dos bolis, y un botellín de agua para soportar el calor. Todo parecía indicar que no me resultaría difícil conseguir esa entrevista.

Sólo un obstáculo me separaba de mi objetivo: soy idiota.

En primer lugar, la casa que alquilé estaba situada en un lugar muy cuco de la ciudad, pero se encontraba un poco lejos del hotel Meliá, que es dónde se concentra toda la acción y el famoseo. Lo que significa que tenía que madrugar y echar a caminar todos los días por las empinadas carreteras de la ciudad. Madre mía, la cuesta. Eso SÍ que es terrorífico.

Los que no hayáis ido nunca al festival no podéis ni imaginaros la tortura que es una travesía diaria desde el pueblo hasta el Meliá, sobre todo cuando uno se ve obligado a realizar dichas travesías a horas a las cuales sólo deberían permanecer despiertos los vampiros. La situación venía agravada por mi estúpido maletín, que, incluso vacío, pesaba como un cadáver.  Afortunadamente, este año se regaló a los acreditados una mochila gris que, aunque me hacía parecer un repetidor irredento, resultó ser mucho más cómoda de llevar.

Con una ingenuidad suprema, lo primero que hice fue meterme en la web del festival, en la sección de prensa, y solicitar una entrevista con el señor del Toro. Era tan sencillo como rellenar un formulario y pinchar en el botón “enviar”. Veréis, la susodicha sección de prensa es muy chula porque puedes hacer cosas como esa, solicitar entrevistas. Con directores, actores, productores, dictadores de Corea del Norte… el resultado viene a ser más o menos el mismo. Rellenas el formulario pinchas en “enviar” y, ¡vuelta a empezar! Es muy divertido. A menos que quieras entrevistar a alguien de verdad, claro. Entonces la cosa cambia.

He de decir que, tras hablar con críticos más curtidos en estas lides, descubrí que a alguno SÍ le conceden entrevistas mediante este método. Será cosa de los astros. Igual no he hecho los sacrificios necesarios a Nyarlathotep.

En cualquier caso, no tardé en darme cuenta de que haciendo las cosas digitalmente no iba a ir a ningún lado. Que uno es idiota, sí, pero hasta un punto. De forma que tracé a un plan: le solicitaría a del Toro la entrevista en persona, en cuanto le viera.

Entonces tuvo lugar, casi por casualidad, mi primer encuentro con el director mexicano: en la rueda de prensa en la que presentó The Shape of Water. Llegué tarde y tuve que acomodarme en un asiento que, más que en Sitges, parecía estar en Cuenca.

Aquí dejo una foto del evento que da una idea aproximada de mi situación geográfica:

Sobre el género fantástico (o más concretamente, la estética del cine de terror) dijo:

“Lo que me atrae del género es la poesía. Los elementos como el miedo o la sangre me atraen menos. Por eso me interesa realizar películas con la mecánica del cuento de hadas”.

A este respecto, contó una anécdota graciosa, cuándo una mujer le dijo que él era un director de horror y él respondió “no señora, soy un horror de director”.

También habló de las referencias y homenajes al propio cine que pueden verse en su última película:

“He procurado siempre evitar ser posmoderno, es decir hacer referencias sólo como referencias. Si eso fuera así, cuando la cámara entra al cine se vería Cantando bajo la lluvia, Ciudadano Kane, El halcón Maltes… y yo dije, vamos a poner películas cutres… porque las películas que muchas veces te salvan la vida son películas de domingo”.

Habló de Sally Hawkins como “una presencia luminosa” y quiso dejar claro que para él era la única actriz posible para este personaje. La historia es la historia de “La bella y la bestia” pero esta bella no es una princesa Disney, sino una mujer madura que hierve huevos todas las mañanas y se masturba en la bañera.

También, como no, habló del proceso de diseño de la criatura que debía ser, al mismo tiempo, “un dios, un animal y el protagonista masculino”.

Un mazazo para los fans fue la confirmación de que su versión de Las montañas de la locura de H.P. Lovecraft no tiene muchas oportunidades de resucitar. Quién sabe si algún día podremos verla pero, de momento, parece improbable. Comentó del Toro que la gente cree que un director está “tumbado en un diván, mientras le abanican y le dan de comer uvas” pero, que, en realidad, él se siente más como un vendedor ambulante. A veces compran su producto, y a veces no.

Por último, comentaré una de las citas más reveladoras de la rueda de prensa. Y es que, para el director, esta película es “un ungüento para la época actual, en un momento de mucha crispación”. Una historia de amor esperanzada en tiempos ira y confusión.

Al terminar la rueda de prensa, del Toro abandonó la sala de inmediato. No logré solicitar la entrevista.

Pero que no parezca que estamos hablando de una estrella de cine distante. ¡En absoluto! Guillermo del Toro es majo. Muy majo. No creo que os hagáis una idea de lo majo que es.

Es una persona capaz de otorgar TODA su atención a los fans, sin importar cuántos haya o cómo de pesados sean. En su paso por la alfombra roja, estuvo cerca de veinte minutos firmando autógrafos, estrechando manos y haciéndose “selfies”.

Este fue mi segundo encuentro con el director y, debido a la situación, tampoco quise decir nada. No quería formar parte de ese ejército de admiradores que empezaba a agobiarme hasta a mí. Como las cabezas de la hidra, saludabas a uno y otros dos ocupaban su lugar. Las chicas de prensa mostraban claros signos de impaciencia y los tiarrones de seguridad se echaban las manos a la cabeza.

Pero, ¿quién soy yo para criticar? Del Toro estaba bien. Parecía feliz de dar, aunque fuera, un minuto de su tiempo a cada una de esas personas. Y mentiría si no digo que resultaba entrañable, sobre todo cuando el fan en cuestión es una chiquilla de nueve años que ha flipado con Pacific Rim.

Dirigí mis pasos a la sección de prensa del hotel, oculta en las mazmorras del hotel Meliá, y allí solicité la entrevista a la gente que se dignó a atenderme. A pesar de su simpatía, sospecho que el efecto de esta iniciativa no fue muy distinto al del formulario de internet.

Esa noche pude disfrutar, al fin, de The Shape of Water. Que, con tantas idas y venidas, todavía no había tenido la oportunidad de ver la maldita película. Es más: ese primer día no había podido disfrutar de NINGUNA película, puesto que para cuando me enteré del sistema de reserva de entradas, ya se habían agotado casi todas. ¿He dicho ya que soy idiota? Por cierto, tuve una experiencia similar al día siguiente, aunque el domingo (el día antes de partir) sí que disfruté de una maratoniana sesión de cine.

En definitiva, tenía entradas para ver la película, pero en un cine relativamente pequeño, el “Retiro”, y a las tantas de la noche.

¿Y sabéis qué?

¡Esa era la sala a la que Guillermo del Toro asistió en persona! ¡Menuda potra, amiguitos!

Al parecer, tal y como nos dijo, aquel cine le recordaba sus primeras experiencias presentando Cronos en el festival. De forma que, esta vez sí, aproveché la ocasión para solicitar la puñetera entrevista. Tuve que hablar con él, claro, con una de las chicas que trabajan en Fox y con otra de las chicas que trabajan en Fox pero, AL FIN, me otorgaron cinco minutos con el director a solas para el día siguiente. No, no había nada sexual en la oferta (siempre que él no quisiera, claro).

El caso es que, cuándo me presenté a la hora prevista en el lugar acordado, me propinaron un machetazo digno de Jason: habían cancelado mi entrevista. Al parecer, había mucha gente interesada, se habían movido los horarios y, en fin, se había montado un pitote de mil pares de narices.

Pero, como en las más cutres películas de aventuras, cuando todo parecía perdido, surgió, repentinamente, un rayo de esperanza. Podía estar con el director no cinco, sino quince minutos aunque, eso sí, en un grupo grande con otros cinco periodistas de distintos medios. Y debía estar ahí a la una y diez.

¡Ya lo creo que iba a estar a la una y diez! Permanecí sentado varias horas frente a la sala dónde tendría lugar la entrevista, sin comer ni beber nada. Sólo me entretuve haciendo dibujitos en mi libreta, como el idiota que soy.

Esta decisión implicaba un sacrificio importante y es que me perdería la rueda de prensa con Susan Sarandon. Rueda de prensa que tenía lugar a apenas unos metros de distancia, pero con las puertas bien cerradas. ¡Qué crueles son a veces las Nornas!

Adoro a Susan Sarandon. De verdad, la adoro, desde siempre. Haría cualquier cosa que me pidiera. Cualquiera.

Pero soy, ante todo, un hombre de compromisos férreos. Había venido a hablar con Guillermo del Toro, y por todos los murciélagos de Transilvania que lo iba a conseguir. Aunque eso me costase oler el pelo de una Diosa. ¿He dicho oler el pelo? No, no quería decir eso (en realidad sí).

De todos modos, logré escaparme brevemente para hacer una foto a la actriz, en un momento en el que parece estar diciendo “Dios, si existes, sácame de aquí”.

En fin. Volvamos con lo nuestro.

A la una y diez nos dejaron entrar en la sala y, unos minutos después, entró el campeón del cine fantástico al grito de “¡qué hay, cabrones!”. Se me ha olvidado comentarlo antes, pero a Guillermo del Toro le gusta llamar “cabrón” a todo el mundo. Es su estilo. A mí me mola.

Ahora bien, este gesto provocó una de las situaciones más embarazosas de toda mi vida. Empoderado por mis aventuras en el festival y excitado como un mandril en un concurso de arrojar heces, sólo se me ocurrió saludar al director mexicano con la palabra “¡Hijoputa!”.

Todas las cabezas se giraron. No había sido buena idea.

Por un momento, estaba seguro de que me echarían de la sala. Afortunadamente, no lo hicieron, y doy gracias por ello. Como dijo un filósofo: Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir.

De forma que sí, pude entrevistar a Guillermo del Toro, junto a otros colegas de profesión. Aquí tenéis la transcripción completa de nuestro encuentro. Pongo mis preguntas en rojo para que el alcance de mi idiotez quede bien claro al lector.


 

Estamos en Sitges, Cataluña. Hay una pregunta que puede resultar muy tensa pero que creo que es obligada: ¿cuál es tu película de Drácula favorita?

Mi película de Drácula favorita… para mí, la de Coppola. O el Nosferatu de Murnau, o el Nosferatu de Herzog. Pero sí, la de Coppola, porque para mí la obra de arte perfecta es la imperfecta. Una en la que sus virtudes y sus defectos son una sola cosa. Esta película arriesga, gana, pierde, siempre con una vocación poética profunda, con un romanticismo absolutamente desbordado, con un estilo hermosísimo. Y el mejor Drácula es, para mí, como figura romántica, sin duda, el de Oldman. Y te lo digo con el conocimiento de causa de quien conoce la historia del cine de terror y sabe de Christopher Lee y sabe de Bela Lugosi, pero me da igual. El Drácula de Oldman ES Drácula.

Esta película habla de temas que entiendo que no ha tocado en otras películas como la homosexualidad, el racismo, la gente que es un poco “diferente”. ¿Crees que, en este sentido, es su película temáticamente más ambiciosa?

No lo creo. Es diferente, pero temáticamente El laberinto del fauno es muy ambiciosa, El espinazo del diablo es muy ambiciosa… es decir, nosotros no partimos tanto de la ambición como de una formulación más adulta. Es decir, la reformulación de una infancia que a los veintitantos años llevó a ciertos caminos… pero a los cincuenta y tantos años viene una necesidad de empezar a preguntarse cosas que tienen que ver con mis inquietudes de adulto y no las inquietudes que me surgieron de niño.

Yo creo que tardas cuarenta años o cincuenta años reponiéndote de la infancia. Los primeros diez años es el crisol de la MIERDA. Dónde te forjan una identidad equivocada, donde te dan una idea del mundo equivocada, donde te dan todas las reglas heredadas, las ideologías de los viejos. Y te pasas el resto de las décadas parcheando esa rotura. Eres un cántaro roto al que se le sale el agua. Pero si lo logras parchear de alguna manera, o enmendar de alguna manera, tienes tiempo para reformularte en algo nuevo, y eso es lo que pasaba con La forma del agua.

Yo quería hablar del amor, hablar del cine, sí, pero de una manera esperanzada. Todas mis películas anteriores, no importa si es Pacific Rim o si es El laberinto del fauno todas están impulsadas por la idea de la pérdida y la nostalgia. La película de La forma del agua es la primera interesada en la vida. Es la primera vez que estoy interesado en la vida, en el sexo, en el amor al cine… es una película vital, MUY vital. Las otras eran películas de cementerio. La poesía del cementerio, mirando a lo que se ha perdido.

¿Y por qué en este momento hablar del amor?

¡A cada cuál su biografía! La mía, en lo personal, me parece que viene preñada de una idea de intolerancia social que nunca que se ha ido.

Es decir, como mexicano siempre he sentido una tensión muy fuerte a nivel racial, de intolerancia, a nivel de discurso hacia tu origen que es, ideológicamente muy destructiva. Y creo que ahorita para mí es importante hablar de la “otredad” y de que la solución al miedo y la solución al odio es el amor. Que es muy sencillo y a la vez muy difícil de practicar, porque estamos en un momento en el que, a nivel de redes sociales, a nivel de relaciones interpersonales hablar del amor suena torpe, suena ingenuo, pero en cambio cuando hablas del cinismo o del odio puedes sonar mucho más inteligente. Si yo te digo que algo no me gusta, automáticamente piensas que soy más inteligente que si digo que algo me gusta.

¿Hay mucha metáfora detrás del monstruo y de todas estas relaciones personales?

¡Claro! Todo el cine es metáfora. ¡Aún el cine realista! Es imposible para el cine “ser” la realidad. Como decía Borges de la poesía: Si yo hago de un mundo la poesía, la poesía es el mundo. Es decir, ha de ser TODO el mundo. Ante esa imposibilidad, lo único que te queda es la parábola. Te queda el cuento de hadas, porque eso sí que es poesía.

¿Qué importancia tiene el cine y el cine fantástico en esa época que se forja la personalidad que decía antes?

Bueno, cada cual se busca una fabulación que se acomoda a él. Hay quién se hace católico. Yo me hice “monstruólico”. Hay gente que encuentra a Jesucristo, yo encontré a Frankenstein.

Es una vocación que te habla espiritualmente. Para mí son figuras que me hablan espiritualmente. Para mí no hay una figura del martirio, del calvario, más perfecta que  la de Boris Karloff como La Criatura. Sus ojos son “beatíficos”. Hay una suerte de inocencia pascual muy grande en esa figura. Para mí, la historia del cine fantástico es un santoral muy complejo.

En el cine fantástico se puede ver un rango enorme, desde Re-Animator hasta El espíritu de la colmena. Igual que en la literatura: si empiezas por el fantástico más puro y duro, indudablemente acabas con Víctor Hugo, con Oscar Wilde, con Marcel Schwob, con Poe, con Henry James. Es decir, al transitar por un género, terminas en expresiones artísticas muy sofisticadas, si transitas con un deseo y con una avidez muy grande. Entonces, para mí, son figuras que me han hablado espiritualmente toda mi vida.

También debo decir, que, siendo una película muy dulce y muy hermosa, he visto una cosa que a mí me ha gustado especialmente, que es una defensa del improperio. Tú antes me has saludado al grito de “cabrón”. Y eso está bien. Viendo la película, me parecía muy curioso que los personajes malhablados son heroicos, son buenas personas, y los villanos dicen “por favor”.

Eso está ya en El laberinto del fauno. El capitán es un caballero. Cuándo sale su mujer él se levanta, le quita la silla… es un caballero. Creo que la mayoría de la ultraderecha se considera muy galante. Normalmente son finísimas personas. Los fascistas son finísimas personas en los banquetes y en las reuniones sociales.

Para mí, creo que el improperio, la imperfección, son profundamente deseables. Son las que nos permiten ser humanos.

He leído que en un momento se había planteado hacer la película en blanco y negro, en homenaje a la Universal, y viendo la película eso me parece, perdón, casi un crimen. El tratamiento del color es excelente. ¿Cómo tratas el color cuándo haces una película de este tipo?

El color ha de tener dos pesos. Uno es temático, es decir, tiene que estar contando algo en la película. Esta película es muy sencilla a nivel color porque en el espectro de los colores fríos existe Sally y existe el monstruo. Es decir, están en el cian, en el verde aguamarina, en el azul… todo eso es el universo de ella. El universo del agua. El universo del aire está en los colores ámbar, cálidos, dorados… si te fijas en el vecino, viven a un lado el uno del otro pero un apartamento existe en la luz del día y el otro existe en una luz permanentemente nocturna. La gente no se da cuenta mucho de eso, pero es algo completamente dicotómico. El aire al lado del agua. Entonces, al clasificar el mundo del aire en dorados, en tonos cálidos, y el otro en tonos fríos de agua, ya estás contando algo. Evitamos completamente el rojo, excepto en tres ocasiones: la vida, el amor y el cine. Cuándo ella consuma con la criatura su relación física, sus zapatos se vuelven rojos, se pone una cinta en el pelo roja y luego termina envuelta en un abrigo rojo. El cine es rojo. La puerta que lleva al cine y que lleva a la vida son rojas. Y la sangre. Pero, fuera de ahí, no encuentras el color rojo. Es decir, una paleta de color tiene que existir tanto por los colores que permites como por los que no permites. Por ejemplo, no va a haber nunca un color tal. Tienes que tomar una decisión.

La otra manera en que existe es porque las disciplinas de diseño, fotografía, vestuario y dirección son, en realidad, una sola disciplina. Son cuatro patas de una misma mesa. Y existen para permitir a la criatura que haya un “terrario” en el que pueda existir. Es decir, imagina en una diana de tiro al blanco. El centro es la criatura. Lo demás existe para que esa criatura pueda respirar. Si yo tomo a esa criatura y la pongo en una película de andar por casa, es un tipo en un traje de goma. La manera en que se diseñan los claroscuros, las fuentes luz, el color de la luz, el color del vestuario… todo está ligado a esa criatura. Los colores de la criatura son los colores de la película: negros, fríos y dorados.

Hablando de los actores, Sally Hawkins y Richard Jenkins forman un tándem increíble. ¿Cómo ha sido trabajar con ellos? Pero, en especial, ¿cómo ha sido trabajar con Michael Shannon?

Ellos son un solo personaje. Tomé una ventana enorme (que es una ventana robada de la película Los zapatos rojos de Michael Powell), y la dividí en dos, con una pared en medio. Entonces, son dos hemisferios de un mismo personaje. Él habla por ella, ella siente por él. Él está clavado, enclaustrado en un egoísmo, en no pensar en la realidad, y ella siente por él. Son una “dupla” muy íntima.

Escribí el papel para Sally, específicamente. He estado desde el 2015 escribiendo el guion. Está hecho para ella y ella participó en la labor de guion. Me decía “puedo intentar esto, puedo intentar lo otro”… es decir, está creado para ella. Y en cuanto a Richard, bueno, no lo escribí para él, pero fue el primer actor en el que pensé y el ÚNICO actor al que le ofrecí el papel porque es un tipo excepcional.

También escribí el papel para Shannon. Lo que quería era un “malo” que a mitad de la película tenga un par de momentos en que entiendes que él también es parte de una estructura y que él también está con presión, que él también tiene emociones (aunque sean equivocadas).

Pero, ¿por qué una criatura y por qué acuática?

La idea para mi empezó cuando tenía 6 años y vi La mujer y el monstruo y vi a la criatura de la laguna negra nadar bajo Julie Adams en su traje de baño blanco. Me enamoré de Julie Adams, me enamoré de la criatura, me enamoré del amor que existía en esa imagen y yo quería que terminaran juntos. Y no terminaron juntos. Yo lo que quería era corregir ese error tan grave.

Lo que sucede es que para mí, la criatura es la definición encarnada de la otredad. Está la otredad del artista homosexual en el armario, la otredad de una mujer de la limpieza afroamericana, una muda, un espía ruso que no tiene ni siquiera su nombre… son invisibilidades. Pero la invisibilidad más grande es la de la criatura, que para Shannon es una criatura oscura y sucia que viene de Sudamérica, ¿no? y que en realidad puede ser eso, o puede ser un dios. A partir de ahí empecé a elaborar la idea de cómo hablar de un amor a nivel visual y pensé en el agua.

En el “Tao” hay una idea que también decía Bruce Lee también, que es que el agua es el elemento más poderoso del universo, porque no tiene forma. Porque toma la forma del recipiente en el que está. Es fluida, y no la para ni el acero ni la roca, ni el correr del tiempo. Y eso es el amor. El amor no tiene forma. El amor es válido en todas sus formas. Puede romper todas las barreras: tarda, pero lo logra. Puedo usar el agua como elemento visual en la lluvia, en las lágrimas, en el agua del río, lo puedo usar en la necesidad de beber… cada dos minutos, en la película, se ve el agua, aunque sea en el sudor. Y pensé que podía usar a la criatura como encarnación misma del agua.

Todas tus películas, de una forma u otra son cuentos de hadas. Yo tenía la duda de si alguna vez te has planteado hacer un cuento de hadas en un contexto de cuento de hadas, en lugar de llevar el cuento de hadas a otros mundos. Por ejemplo, algo estilo “La princesa y los goblins” o “Lord Dunsany”…

Lord Dunsany me encanta. De hecho estuve en contacto con la familia de Dunsany para ir al castillo de Dunsany a revisar los papeles que dejó detrás. Dejó una infinidad de escritos.

Pero, para mí, hasta ahorita, la única vez que lo he intentado fue con El Hobbit, porque era un libro vital para mí de niño. Yo nunca pude leer la trilogía de niño, no podía entrar, pero en El Hobbit pude entrar porque tenía un espíritu más gentil. Es la única vez que lo he intentado. Lo voy a volver a intentar con Pinocho. En algún momento. Quiero hacer un Pinocho ambientado en la época de Mussolini que creo que es un momento interesante para hablar de títeres.

Pero creo que el cuento de hadas, tal cual, no me interesa mucho. Lo hice en La bella y la bestia. Escribí una versión para Warner Brothers que era muy especial, muy bonita, tenía un final hermosísimo… ¡pero no se hizo! Date cuenta de una cosa, tengo 25 guiones escritos y he hecho 10 películas. Hay 15 guiones que están escritos, en algunos casos con diseños, con trabajo de un año, que no se hicieron. Entonces, llevo 25 años haciendo cine y por lo menos 10 o 15 años los he perdido en proyectos que no suceden.

Pero eso no se pierde.

Eso les digo a los diseñadores, cuando trabajamos y se cae una película. Hicimos todo el diseño de Pacific Rim 2 y se transfirió a otro director y la cambió. Hicimos todo el diseño de Las montañas de la locura, trabajamos dos años… pero fue práctica. Es buena práctica. Nos sirve a nosotros para tener un lenguaje más evolucionado después.

Como demuestra la exposición itinerante, eso tiene un valor artístico intrínseco.

¡Esa es la idea de la exposición itinerante! La idea es que se habla de un diseñador en moda, o de un diseñador en arquitectura… y me interesaba mucho decir, mira, estas son las influencias que puede tener un diseñador en cine. Es decir, pueden ser tan disímbolas como Goya, o Bernie Wrightson, o Jack Kirby. Y puede tener el mismo valor como influencia sin tener que sancionarlas por venir de un género menor.

Hay una pudibundez muy grande en el arte en el que el fantástico o géneros menores se miran con displicencia.

Hasta que gana el León de oro.

O cuándo ocurre esto, lo otro…

Pero, a mí, los practicantes que me gustan del género, Terry Gilliam, David Cronenberg, Romero… son gente contestataria. Son gente con una profundidad temática muy grande y con una preparación artística muy profunda. Gilliam es EL grande. ¿La facturación de imagen de Gilliam? No hay mejor. Y sin embargo es un tipo que sigue existiendo en los márgenes de la industria. Cada vez que no rueda, la humanidad es un poco peor.

—————–

Tras esto, del Toro charló brevemente con todos nosotros. Incluso me recomendó un libro: La lista de los siete, de Mark Frost, sobre una investigación policial en la que Arthur Conan Doyle destapa una red de satanistas en el Londres victoriano.

Y hasta aquí este relato repleto de vergüenza ajena, exasperación, y, sobre todo, amor por el cine. Espero que haya resultado mínimamente entretenido al lector. También recomiendo, como no, el visionado de The Shape of Water. En España se llamará La forma del agua y su estreno está previsto para el 26 de enero del año que viene.

Como colofón final, os dejo con dos citas de dos grandes directores:

La tontería es infinitamente más fascinante que la inteligencia. La inteligencia tiene sus límites. La tontería no.

-Claude Chabrol

No entiendo de magia ni de niños felices y rubios. Lo mío son los monstruos que se los comen.

-Guillermo del Toro

Comparte este artículo

Enrique Dueñas

Enrique Dueñas , escritor y guionista, aficionado al género fantástico y la tarta de queso.

No hay comentarios

Añade tu comentario