The Leftovers: Respuestas al sinsentido

— ¿Qué he hecho tan mal…? –puede que no sea la mejor pregunta para hacerse de puntillas sobre un taburete…
— ¿En qué momento comencé a cagarla tanto…? –quizás no sea la cuestión más pertinente cuando uno siente el áspero abrazo de la soga alrededor del cuello.
— ¿Cómo es posible que haya llegado hasta este punto de degradación…? –se pregunta el dedo gordo del pie derecho al otear los Abismos de la Desesperación.
— ¿Y ahora qué…? –plantearse esta duda mientras ejecutamos una frenética danza en el vacío, convulsiva y patética a partes iguales, es lo que provoca que se nos relaje definitivamente el esfínter.
The Leftovers

Las princesas Disney reunidas alrededor de una mesa camilla en casa de Frida Kahlo, beben y fuman mientras se lamentan de sus miserables destinos.

 

— ¡Hicimos todo lo que se nos dijo. Ni una sola vez nos hemos salido del guión…! ¿Dónde se han metido todos los príncipes azules? ¿Es este el mundo ideal que nos prometieron? ¿Qué fue de los finales felices…?

Su queja es la de toda una generación, la de toda una civilización que comienza a sospechar que no existe ningún futuro color de rosa. Como ellas, centenares de miles de personas en ese mismo momento, frustradas, reprimidas, dolidas, resentidas, desesperadas, angustiadas, desquiciadas, desahuciadas…, canalizan toda su furia, concentran toda su rabia en un haz de odio absoluto capaz de seccionar y atravesar la materia. En ese preciso instante, otro grupo no menos numeroso de seres humanos se sienten víctimas de una broma macabra: están convencidos de que el universo confabula para reírse de ellos y dejan de luchar; se rinden.

Ellos no son conscientes, pero tanto unos como otros están a punto de cometer un crimen atroz… En cualquier instante, una molestia adquirirá la forma de otro ser humano y será el objetivo a batir. Los ojos de los primeros fulminarán la contrariedad con su láser de rencor (un bebé que llora en el momento más inoportuno; una amante anónima que encarna el remordimiento de la infidelidad tras un polvo rápido y sucio; incluso tus propios hijos y tu marido cuando estás convencida de que, por su culpa, acabas de perder la llamada para esa entrevista en la que habías depositado todas tus esperanzas de salvar una maltrecha carrera profesional, tras años de abnegada maternidad…).

Los ojos abatidos del segundo grupo sencillamente renunciarán a ver: mirarán hacia otro lado, ejecutando a su víctima con la más desalmada de las indiferencias (¿verdad que, en este caso, nos podemos ahorrar los ejemplos…? La cotidianeidad nos los arroja a cientos, a modo de potenciales obstáculos emocionales que, si no esquivamos con la pericia del esquiador experto, amenazarían con interrumpir nuestro rápido descenso en slalom hacia esa deseada ignorancia revestida de felicidad).

Podría haber sido en cualquier otro momento. Y sin embargo, fue en aquella mañana del 14 de octubre cuando la música de las esferas dejó de sonar tan sólo un instante. Lo justo como para que, en su lugar, se escuchasen las voces de miles de criminales anónimos gritando al unísono en el más clamoroso de los silencios “ojalá no existieras”. Y, como si de un macabro juego cósmico de las sillas se tratase, acto seguido un 2% de la población mundial (la friolera de 140 millones de personas) acababa de perder su sitio y, sencillamente, desapareció.

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Millones de crímenes perfectos y ni una sola pista sólida que permitiera el inicio del sumario. Y, aún en el caso de que la hubiera, ¿qué jurado de este mundo sería capaz de plantearse la hazaña de repartir tanta culpa entre tanto culpable…? ¿Habría cabida en nuestras prisiones para tanto homicida pasivo? Tan sólo los coautores de tamaño holocausto conocen su cuota de responsabilidad en este genocidio. Y, ni están dispuestos a reconocerla ni preparados para asumirla, de modo que se afanan en pasar página apresuradamente con la complicidad de y en connivencia con el resto de la humanidad.

Y, a falta de cadáveres, deciden enterrar costosos y elaborados muñecos que se asemejen a los finados (el género humano siempre tan creativo en lo que a sacar pingües beneficios con el negocio de la muerte se trata).  Pero el camelo es tan atroz, tan ridícula la tropelía, que los protagonistas de esta historia se percatan demasiado tarde, con demasiado dolor, de que la página que tanto desean voltear quizás sea la última del libro. Que, sin pretenderlo (o puede que ansiándolo inconscientemente) hayan precipitado el final de la Historia.

Pero no debiéramos olvidarnos de contemplar a un tercer tipo de criminales: aquellos que, en un alarde de mileniarismo, se convierten a un tiempo en víctimas y en verdugos. Aquellos cuyas miradas fulminantes se vuelven contra sí mismos; aquellos que silencian a pleno pulmón la reivindicación de su propia desaparición. A este tercer grupo pertenecen las más de 800 mil personas que se quitan la vida cada año, una cada 40 segundos y casi el doble que el número de muertes provocadas por 5 años de guerra en Siria. Cifras que adoptan la fealdad más descarnada cuanto más jóvenes son sus rostros. ¿Acaso no es horrible que el suicidio se haya convertido en la principal causa de muerte entre los adolescentes? Decidme vosotros si tiene algún sentido que, mientras millones de personas se juegan la vida tratando de alcanzar ese lugar llamado “Milagro” para darle un futuro a sus hijos, otros jóvenes, que gozan de todos los privilegios en ese “paraíso”, decidan abandonar sin previo aviso a sus familias para engrosar las filas de la violencia silente de los Guilty Remnants del Daesh.

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¿Cuántas muestras más de corrupción, nepotismo, prevaricación, abusos de poder, fraudes, degradación moral, destrucción medioambiental e, incluso, crímenes de lesa humanidad por parte de las clases dirigentes necesita una sociedad para indignarse hasta el punto de resetearse? ¿Acaso no hacerlo no podría suponer una suerte de suicidio colectivo…?

Mientras continuamos estupefactos, incrédulos ante tanta ignominia y absortos en tratar en vano a dar respuesta a estas preguntas, asistimos al desmoronamiento paulatino e imparable de toda una civilización que se ha quedado sin sueños; a la que le han robado el futuro delante de sus narices; cuyas nuevas generaciones renuncian a reproducirse, a prolongar la agonía. Nuestro modelo está agotado: es tiempo de dejar paso a otros; ha sonado la hora de la anomia.

The LeftoversCuando sucede un colapso entre los medios institucionales y las metas culturales, en el acceso exitoso a los objetivos de una sociedad por medios legítimos, se produce una conducta desviada llamada anomia. En el ámbito de la sociología se denomina anomia (literalmente «ausencia de ley, orden, estructura») a la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos de lo necesario para lograr las metas de la sociedad.

El primero que pareció caer en la cuenta de que cuando se interrumpe el orden colectivo -permitiendo que las aspiraciones humanas se eleven por encima de toda posibilidad de alcanzarse- a los humanos nos puede dar por suicidarnos, fue Émile Durkheim.  En La división del trabajo social (1893), y El suicidio (1897), y, posteriormente (1949), por el sociólogo estructuralista Robert K. Merton, en su Teoría social y estructura social.

La anomia es bastante común cuando el entorno social asume cambios significativos y, más generalmente, cuando aprecia una brecha insalvable entre las teorías ideológicas y valores comunes enseñados y la práctica en la vida diaria. El término anomia, que se emplea en sociología para referirse a una desviación o ruptura de las normas, es también utilizado para señalar las sociedades o grupos en el interior de una sociedad que sufren un caos debido a la ausencia de reglas de buena conducta comúnmente admitidas, implícita o explícitamente, o peor: debidas al reinado de reglas que promueven el aislamiento o incluso el pillaje más que la cooperación.

Como el caso de una comunidad pequeña en armonía, cuyos habitantes son capturados y convertidos en esclavos por otra comunidad más poderosa, para luego caer una y otra vez en las manos de diferentes comunidades étnicas, raciales y sociales. Modificando sus valores, creencias, costumbres y normas, una y otra vez. Transformando, evolucionando, y reproduciendo este efecto de generación en generación, hasta crear una gran anomia que hace prevalecer la sumisión, abnegación y adaptación al medio hasta sentir un bienestar subjetivo aun ante la muerte. Acaso, al final de la cadena se encuentra una gran pobreza como disfraz de una nueva forma virtual de esclavitud, con un poco de mejores prerrogativas, que le permiten a los grupos más fuertes, aunque indiferentes, sentirse bien y ajenos de causa.

Sin embargo, algunos se han atrevido a otear tras el reverso tenebroso de la anomia, como el filósofo Jean-Marie Guyau, quien ha sabido contemplar el benéfico intrínseco que la anomia puede llegar a aportar a toda sociedad, al contribuir a crear formas nuevas de relaciones humanas, de autonomías que no son las de una referencia a unas normas constituidas, sino abiertas a una creatividad posible. Ella no resulta, como en Durkheim, de un porcentaje estadístico; incita al individuo a unas sociabilidades hasta entonces desconocidas, de las cuales dirá que la creación artística es la manifestación más fuerte.

Personalmente encuentro que la reinstauración y despegue de la Economía Colaborativa no se debe sólo al auge de las tecnologías de la información y de la comunicación a nivel mundial, sino que hunde sus raíces precisamente en un sustrato de anomia. Como una suerte de respuesta ante la frustración: “es una consecuencia de la digitalización, pero también una réplica frente a los abusos en los precios, el mal servicio y la pésima regulación”-apunta el emprendedor y business angel Carlos Blanco, fundador de la incubadora de nuevos negocios Grupo ITnet. Un caballo de Troya dentro de un sistema que fomenta que en el planeta haya objetos valorados en 533.000 millones de dólares que no se utilizan.

Desde la noche de los tiempos, el sentido de posesión ha sido inherente al ser humano; sin embargo, algo empieza a cambiar: “Hemos The Leftoverspasado de un mundo en el que sobra de todo a otro en el que la mayoría no puede disfrutar de lo que este siglo ofrece a menos que sea compartiéndolo”, apunta el inversor en nuevos negocios Rodolfo Carpentier.

Robert K. Merton definía la anomia como la imposibilidad para ciertos individuos de acceder a los medios que sirven para obtener los fines establecidos socialmente, o viceversa. Y es ésta y no otra la premisa que sirve de cimiento para la nueva Economía Colaborativa. Fue precisamente tratando de explicar cómo los individuos se comportan ante la situación de anomia o cómo adecuan sus actitudes ante fines y medios, como a Merton se le ocurrió desarrollar su célebre Tabla basada en la “Teoría de la tensión” (Strain Theory), en la que nos sugiere cinco posibles adaptaciones a este dilema:

  1. Innovación: individuos que aceptan metas socialmente aprobadas, pero no necesariamente los medios socialmente aprobados. Este tipo de adaptación es mi favorito, pues en él queda impresa, como en una plancha de blanda arcilla, las huellas indelebles de la hipocresía y la incongruencia inherentes a nuestra especie. La historia de la humanidad está repleta de ejemplos de criminales que en su época fueron considerados héroes y, sobre todo, viceversa.
  2. Retirada: los que rechazan metas socialmente aprobadas y los medios para adquirirlos. El abstencionismo, en el sentido más amplio del término, sería un buen ejemplo de retirada.
  3. Ritualismo: los que incorporan en sus esquemas vitales sistemas de medios socialmente aprobados, pero pierden de vista las metas. Encuentro un caso muy paradigmático de ritualismo adquirir una vivienda familiar en propiedad (por no hablar directamente de traer nuevos individuos a este mundo) cuando no se tiene conciencia, ni la visión, ni la esperanza, ni la fuerza de voluntad, ni la capacidad de abnegación necesaria para alojar y consolidar en ella a una familia unida.
  4. Conformidad: los que se ajustan a los medios y a las metas del sistema sin cuestionarlos, aquellos que optan, no a la felicidad a través de la ignorancia, como ellos mismos suelen aducir, sino por la renuncia a su libertad, por la renuencia a cultivar un espíritu crítico; que eligen, al fin y al cabo abandonar el debate y la reflexión que acompaña a la condición humana.
  5. Rebelión: gente que niega metas y medios socialmente aprobados creando un nuevo sistema de metas y de medios aceptables.

A pesar de su cegadora lucidez, su vocación premonitoria y su rabiosa pertinencia, no es realmente necesario ver esta gran serie creada por Tom Perrota y Damon Lindelof para llegar a reconocerse en la esquizofrénica proactividad del sheriff Garvey (Justin Theroux), o en la desesperada conformidad de su hija Jill (Margaret Qualley)… ¿Eres de los que rumian en silencio su sentimiento de culpabilidad, como Laurie, la ex de sheriff (Amy Brenneman); o, al igual que Matt (Christopher Eccleston), eres de los que corres a abrazar (e incluso a tratar de emular) al primer “mesías” que te promete una luz al final del túnel…? Quizás yo me encuentre más próximo a Megan (el personaje interpretado por Liv Tyler), entre los que tienen la insana tendencia de hacer volar todo por los aires en cuanto comienza a oler a rancio. Puede que no sea más que mi fachada “rebelde” para tratar de ocultarme a mí mismo esa otra realidad en la que no soy más que un LEFTOVER del que el mundo puede prescindir perfectamente para continuar en su camino a la perdición…

¿Una última voluntad…? Hacerlo acompañado de alguna de las exquisitas melodías compuestas por Max Richter, que conforman la maravillosa banda sonora de esta nueva versión del Apocalipsis según San Hachebeó.

The Leftovers

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Rubén Chacón

Periodista, publicista, colaborador habitual en distintos medios, autor de El Sorprendedor (Temas de Hoy, 2011), diseñador de juegos, cantante de End of Party, cinéfilo empedernido y padre de dos hijos.

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