The look of silence (2014): El caótico aleteo de una mariposa

The look of silence

«The Look Of Silence nos pone las gafas para ver con nitidez un mundo lleno de corrupción, desvergüenza, represión, barbarie, descomposición, en pro de dogmas creados y sustentados tan lejos, que como un efecto mariposa, afectó de manera caótica a otros territorios más allá de donde se produjo el aleteo»

Al finalizar City Lights (1931), Charly Chaplin, apoyado en dos últimas frases, genera una elipsis que condensa de manera perfecta la idea que subyace en el film: pregunta él “¿Ahora  puedes ver?”, “Si… ahora puedo ver” le responde ella. Chaplin logra así mediante la metáfora crear una analogía entre la ceguera de ella y la ceguera del mundo con la acción de ver, lo que es igual o supone un efecto de iluminación de lo no-visto pero que siempre ha estado ahí.

De algún modo, lo anterior es también la idea que subyace en el documental The Look Of Silence dirigido por Joshua Oppenheimer, que complementa (cuando no necesariamente) su obra maestra The Act Of Killing (2013). ¿Que es la obra (el lente) documental de Oppenheimer, sino la herramienta para arrancar de una sociedad la ceguera y el silencio a través del relato y el reflejo de sí misma? Una obra, un documental, un lente totalmente ético que indaga en la memoria; re-leer y re-escribir desde la voz cruda de sus protagonistas, una historia política y cultural, un cuadro de la sociedad, la representación de un lugar y un escenario del horror, común desde el silencio, la impudicia y la complicidad para tantos otros pueblos testigos de la guerra.

The Look Of Silence, es la pieza documental que cinematográficamente enfrenta e integra de manera precisa y oportuna la totalidad de una mirada convulsionada y perturbadora en de The Act of Killing, film que puede leer el público como una de las grandes manifestaciones del odio y la locura metódica, en consecuencia de la propaganda de guerra y sus artefactos. Un archivo que por retratar pavorosamente el sadismo y la crueldad se asume durante el desarrollo de la imagen y el discurso como una ficción de la realidad (cuando es la verdad por sí la que habla), uso estratégico en la producción que a partir del teatro reforzara una imagen de ficción a los ojos mas distantes o dudosos.

Estas dos piezas representan un acto valeroso en contra del silencio y el cinismo que se ha perpetuado en la población de Indonesia (y por qué no, en el mundo) tras las sucesivas masacres cometidas entre 1965 y 1966 que pretendió borrar toda señal de la oposición o la libre expresión, luego de un golpe militar fallido que fundo toda una historia de persecución y represión sistemática contra el pueblo indonesio en nombre del anticomunismo. Acciones y relatos “heroicos” en la voz de los propios victimarios (paramilitares y funcionarios del gobierno) llevarán a la pantalla 50 años después una exposición de crímenes infundados que abren una discusión e identificación publica sobre los verdaderos responsables de estas masacres.

Werner Herzog, una de las figuras relevantes del cine y el documental, ha precisado con gran admiración sobre The Act of Killing: “No he visto una película tan potente, surreal y terrorífica en al menos una década”. Palabras preponderantes que afirman el reconocimiento y trascendencia que ha ganado con pulso el trabajo de investigación y producción documental de Oppenheimer, como un artefacto comunicativo de la realidad, de los procesos de escalonamiento de las violencias y su relación con los lugares y actores de poder, que lleva a dar al cine documental el escenario de denuncia y provocación a la reflexión política, en particular sobre la incidencia de las ideas, acciones económicas y políticas anticomunistas y sus efectos en territorios tan distantes como Indonesia.

The Look Of Silence, se centra en la figura de un oculista anónimo que indaga dentro de su misma población (luego de mucho tiempo) a los hombres del escuadrón de la muerte que llevaron a cabo los atroces asesinatos, en especial el de su hermano mayor en 1965. Bajo la simple pretensión de hacer unos exámenes oculares rutinarios, el oculista confronta de manera pausada (con silencios admirables) y muchas veces directa, a los protagonistas de los más viles actos de violencia, en quienes no se percibe remordimiento, dolor o arrepentimiento y más bien si un heroísmo y un orgullo por lo acontecido, lo que remueve en el espectador cierta sensación de indignación, tristeza y pena (como condena). Este archivo audiovisual no pretende sólo interrogar una comunidad, sino al mundo o los espectadores que lo observan: ¿Qué es lo humano? ¿Dónde queda el límite entre el ser y el deber ser? ¿Es la violencia y el horror una condición permanente de la naturaleza humana? ¿En qué momento el crimen deja de percibirse como la falla y pasa a hacer la norma?

El documental es una afrenta de cara a la naturalización del homicidio, donde se percibe la insana locura en la manera como los verdugos se ven a sí mismos como un efecto histórico necesario y no como un error humano. Así mismo es perturbador el hecho de que el oculista vive en una comunidad donde todos saben que paso, quienes fueron y donde viven los monstruos, que para muchos no son tan inhumanos, impíos, perversos o sanguinarios y si al parecer figuras relevantes para la historia de esa nación. Es dentro de este marco que el director y su interrogador pueden acudir y generan que sus receptores hablen casi libremente, pues dentro del manto de la senectud, el hecho de haber hecho lo correcto y pensarse por encima del bien y del mal, gracias a un gobierno que los protege y los hizo verse a sí mismos como lo oportuno, es que estos viejos asesinos hablan y revelan de manera abierta lo que hicieron.

Cuando el primer documental parece estar en el centro, en las figuras y actos de los verdugos, el segundo film lo hace desde la periferia, en un poblado y alrededor de las víctimas: en sus rostros, historias, reflexiones, tristezas. Pero cada uno parece estar dirigido a ser una expiación y catarsis de la culpa y el dolor.  Los protagonistas, incluso el mismo espectador, entran y asisten a una tragedia, cuya experiencia pretende por medio de la narración y la visualización, generar una nausea al involucrarse en la trama, de modo que puede llegar a sentirse lo que se dice, cuenta o muestra, aún sin sufrir los verdaderos efectos. Siendo así, uno percibe que el director lo que quiso (o quiere) es que al final de la obra pueda llegarse a una reflexión del sí mismo, para que no vuelvan a repetirse las decisiones que llevaron a esa nación y sus sujetos a ese camino fatal.

Al generar ver, hablar, incluso actuar a muchos de los sujetos (principalmente a los paramilitares) los hechos trágicos, el director desbloquea emociones y recuerdos,  que generan un impacto en ellos o muchos otros, pudiendo entender un poco mejor lo sucedido a través de la crisis evocada. Los documentales pasan también por ser un ataque, casi una burla, al orgullo desmedido (producto del miedo, la complicidad, la alienación) de quienes protagonizaron los crímenes y hoy se vanaglorian de su crueldad y sadismo. A modo de hipérbole o sarcasmo, principalmente en las sugeridas puestas en escena de los victimarios en The Act of Killing (o en los videos que se exponen desde una pantalla de televisor en los dos documentales), el director se aprovecha y plasma una exageración intencionada con el objetivo de impactar y visualizar la memoria desesperada en contra del olvido; acentuación de las acciones (que desde la imagen y el tiempo cinematográfico) no pretende más que hacer parte del dolor con el fin de recordar y hacer justicia desde el confiteor para abordar la máxima culpa.

Otro elemento crítico que pretende mostrar su director de una manera transversal, es la provocación de la violencia a través de la industria del cine norteamericano; evocación que se manifiesta inicialmente en el cine western y se fortalecerá con el cine gánster y el cine negro, delincuentes para quienes el crimen constituye su forma de vida y que a través de esa exaltación o admiración provocada desde el cine, donde prevalece el punto de vista del criminal, es que empieza a construirse simbólicamente un personaje, un modelo y una justificación del terror al que por ejemplo el Macartismo (anticomunista) acudió de manera hábil para difundir sus ideas, justificación y provocación de la eliminación del otro a través de la violencia. La construcción de estos artefactos y estos personajes (como un grotesco modelo del sueño americano) generaron quizás muchas experiencias culturales del terror aprendidas por medio de la pantalla y el gran teatro de la sangre como bien lo comentan los propios victimarios en Indonesia. La intención de este tipo de producción al que German Rey (psicólogo y periodista colombiano) apunta como “posibles generadores o como constructores de un ambiente que genera condiciones favorables para la violencia”,  no son de ninguna manera ocultas; las escenas en este documental son la experiencia que corrobora ese poder del lenguaje construido con el fin en esencia de una enseñanza a matar, una naturalización de la crueldad y la “fútil” vida.

Finalmente, a partir de las múltiples imágenes y comentarios se establece al documental, como una denuncia sobre los largos tentáculos del macartismo y por ende una arremetida a la complicidad que de una u otra manera tuvieron los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña por su lucha anticomunista. Así a modo de examen ocular el director y el oculista nos ponen las gafas para ver con nitidez un mundo lleno de corrupción, desvergüenza, represión, barbarie, descomposición, en pro de dogmas creados y sustentados tan lejos, que como un efecto mariposa, afecto de manera caótica a otros territorios más allá de donde se produjo el aleteo.


País Dinamarca
Dirección Joshua Oppenheimer
Guion Joshua Oppenheimer
Música Seri Banang y Mana Tahan
Fotografía Lars Skree
Género Documental
Duración 103 min.
Título original The Look of Silence
Año 2014


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