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Decía el escritor francés Georges Bataille que «el erotismo es, ante todo, afirmación de la vida, incluso en la muerte». Y tal vez por eso el cine erótico tiene ese poder magnético: no solo nos confronta con la piel y los sentidos, sino con las contradicciones humanas más profundas, esas que laten entre el deseo y el abismo.
Pensemos en El imperio de los sentidos (Ai no corrida, 1976), donde Sada y Kichi se embarcan en una relación tan intensa que convierte el placer en un campo de batalla. O en Nueve semanas y media (9½ Weeks, 1986), donde John y Elizabeth juegan al gato y al ratón con una sensualidad tan desbordante que incluso una nevera parece peligrosa. Y qué decir de La vida de Adèle (La vie d’Adèle, 2013), donde los momentos íntimos entre Adèle y Emma traspasan la pantalla, mostrando un erotismo tan natural que duele.
Estas películas nos recuerdan que el cine erótico no es solo un desfile de cuerpos perfectos; es un espejo en el que vemos reflejados nuestros anhelos más salvajes, nuestras inseguridades más profundas y, a veces, nuestros límites más incómodos. Porque, aceptémoslo, el erotismo en el cine no solo busca encender la llama, sino quemarnos un poquito en el proceso.
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