Malick y El Árbol de la Vida

El Árbol de la Vida

Terrence Malick, de la misma forma que Gustav Mahler hacía con sus sinfonías, busca que sus películas lo abarquen todo.

Una noche calurosa de verano, uno -que está harto de todo y de todos- solo quiere llegar a casa, cenar y ver una película para desconectar. Quizá lo más indicado en estos casos es una película “ligerita”, pero cuando un título te parece sugerente, y la leyenda que lo envuelve también, es inevitable no verlo, por muy denso que sea. Había oído hablar mucho de Terrence Malick, muy bien y muy mal, y en concreto de Tree of life. Siempre que preguntaba de qué trataba, me decían “de la vida”, -eso habrá que verlo- pensaba yo. Así que ahí estaba, en el sofá, peleado con el mundo y muerto de calor, pero con ganas de ver con qué me iba a encontrar. La sorpresa fue tremenda, la película me pasó por encima. Lloré en dos ocasiones, de tristeza y de alegría. Me perdí y me volví a encontrar. Recordé mi infancia y pensé en la muerte. Disfruté como un enano y cuando acabó, agarré el teléfono y le pedí disculpas a mi madre por un enfado que habíamos tenido esa misma tarde. Que una película consiga semejante gesta, reconciliar a un mindundi con el mundo, aunque fuera momentáneamente, es sencillamente, o al menos así lo pensaba, imposible.

Pueden odiarla con toda su fuerza o amarla con todo su corazón, una cosa es segura, no les dejará indiferentes. Si algo consigue Terrence Malick es remover algo de intensa fuerza.

Cuando tal milagro sucede, lo lógico es venerar a Terrence Malick como si fuera un dios. Vi todas sus películas una tras otra. No me parecieron demasiado buenas, me gustaron, pero no tuvieron el mismo efecto en mis entrañas que Tree of life. Usted puede pensar que quedé decepcionado, pero nada más alejado de la realidad, tuve la oportunidad de ver a un misterioso artista perfilando un lenguaje en cada obra, tratando de lograr la perfección de dicho lenguaje y buscando poder describir el mundo con él algún día. Y qué lenguaje: planos imposibles, imágenes rodadas al atardecer, un sonido perturbador, como de otro mundo, música celestial, escenas en las que no se habla demasiado y unas interpretaciones enigmáticas, exactamente como su forma de dirigir actores. Cabe mencionar la fama que tiene Malick a la hora de meter tijeretazos inmisericordes en montaje, según muchos, no respeta el trabajo de los actores, quizá no han oído aquella frase de Oscar Wilde: «Las buenas intenciones pueden tener valor en un sistema ético; pero en arte, no. No basta tenerlas; se ha de realizar la obra». Malick trabaja para su obra, no para los actores. Todo tiene el mismo peso: imagen, sonido e interpretación.

Tree of life narra la vida de un niño desde su nacimiento hasta prácticamente la pubertad -eso si dejamos de lado el capítulo sobre el origen del universo, con dinosaurios incluidos-. Brad pitt interpreta maravillosamente al padre, bondadoso pero excesivamente severo, y Jessica Chastain interpreta a la madre, excesivamente cariñosa y permisiva. Ambos forman una pareja formidable en pantalla, una suerte de ying yang que funciona excepcionalmente. El niño tiene una evolución ligeramente tenebrosa, va perdiendo la inocencia. Quizás cuanto más se enturbia, menos interesa, pero el halo místico que genera Malick en ningún momento se pierde. Y aquí voy, la historia en sí es sencilla, pero de qué habla, y la sensación que produce, son cuestiones más complejas y arcanas. A mi me viene a la mente un verso: “Yo sé un himno gigante y extraño”. Así es como el vate Gustavo Adolfo Becquer se refería a la poesía. Es justamente la descripción más precisa -dentro de la ambigüedad del asunto- que haría de Tree of life, un Himno de proporciones colosales por la extensión que abarca lo que describe: desde lo más grandioso, hasta lo más diminuto e insignificante; desde las Galaxias y el transcurso del tiempo, hasta la risa de un niño cuando su padre le moja con una manguera. Y extraño, profundamente extraño: uno siente en todo momento que el código empleado pertenece a otro mundo, uno ancestral y trascendente. Al final resulta que tenían razón cuando decían que Tree of life va sobre la vida.

Malick, de la misma forma que Gustav Mahler hacía con sus sinfonías, busca que sus películas lo abarquen todo, que sean como el mundo. El precio a pagar por ser así de ambicioso es un gran número de detractores. Y es que hay una delgada línea roja entre la ambición y la pretenciosidad, a menudo se confunden ambos términos, es por ello que se castiga tanto la ambición, pero qué afortunados somos de que existan artistas ambiciosos, de sus aciertos nacen lo que llamamos obras maestras, y sin embargo cómo los castigamos cuando fallan.

En resumidas cuentas, vean Tree of life, beban de ella, pero quedan advertidos, pueden odiarla con toda su fuerza o amarla con todo su corazón, una cosa es segura, no les dejará indiferentes, si algo consigue Terrence Malick es remover algo de intensa fuerza.

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