Sauvage (2018): retrato de carencias en una película maravillosa

Sauvage (2018)

Leo, un joven de veintidós años entrega su cuerpo por un poco de dinero día tras día, y vive en las calles. Recibe golpes y humillaciones y lo acepta con resignación como la única vida posible para él.  Vende su cuerpo, pero mantiene libre su alma en la búsqueda desesperada de amor. 


¿Qué pudo pasar en la vida de un chico que ha caído en la prostitución?

Esa es la pregunta que sugiere Sauvage, ópera prima de Camille Vidal-Naquet. Sin embargo, al autor no le interesa dar la respuesta a esta interrogante, no da antecendentes con retrospectivas ni diálogos informativos, solo nos presenta unas semanas, tal vez, en la vida de Leo. Es fácil imaginar así cómo fue su pasado y también cuál será su futuro. Somos testigos de la resignada aceptación de la vulnerabilidad, el dolor y las humillaciones por parte de Leo, como si fuera la única forma de vida que conoce. Sin una queja por su pasado ni su presente, simplemente sobrevive y deja pasar los días. Tiene veintidós años y la tristeza de su rostro, magistralmente prestado al personaje por Féliz Maritaud (lo vimos antes en 120 battements par minute / 2017), nos descubre un ser atravesado por múltiples dolores desde mucho antes, en su búsqueda incesante de protección y afecto. Son muchas las carencias más allá de las económicas las que se adivinan. Su único acto de voluntad es el empeño en buscar apoyo, solidaridad y dar y recibir afabilidad. De ahí que, cuándo alguien le brinda un poco de apoyo y le muestra algo de afecto, se aferra y no quiere soltar.  

En una entrevista el director declara: “No necesariamente sabemos cómo es la vida cotidiana de un prostituto, y yo quería trabajar sobre ese tema. Cuando hablamos de prostitución, siempre usamos esta expresión “ faire une passe”.   Es una expresión (…) en realidad, bastante mordaz. Quería mostrar qué había detrás de esta expresión (…) Es una película de ficción, pero es una realidad a la que me acerqué yendo al campo. Entré en contacto con ellos, hice merodeos en el Bois de Boulogne. Conocí gente, hice amigos, y en lugar de pasar una noche, pasé tres años allí”.  Cabe aclarar que el Bosque de Bologne está fichado como uno de los lugares más peligrosos en la noche, tal vez el equivalente a nuestra Casa de Campo. Allí se desarrolla buena parte de la trama exterior de la película, por tanto, el acercamiento antropológico a esta realidad es casi documental.  Tal vez por eso no hay lástima en la mirada de Vidal-Naquet, es una exposición casi científica, un retrato de una (o varias) vidas.

Un guion asombroso y nada predecible. Sorprende por sus escenas de sexo duro, golpes, laceraciones, frases hirientes que provienen de un mundo sin piedad, por parte de colegas y también de clientes que no se inhiben al desprecio si es necesario. A fin de cuentas, la sociedad los considera unas no-personas sin nombre, sin historia, sin sentimientos. Solo objetos de satisfacción. Es este el discurso de Vidal-Naquet en este maravilloso filme.

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