Excesos y mitos en ‘The Lighthouse’

the lighthouse

Una breve interpretación de la película The lighthouse a través de varios mitos clásicos.

Edgar Allan Poe nunca llegó a ver terminado su relato, The lighthouse (título no oficial), ya que murió poco después de comenzar a escribirlo. La historia, contada como una serie de entradas de un diario datado en 1796, gira alrededor de un joven solitario que obtiene un puesto de trabajo en un faro perdido en algún lugar de Escandinavia.

Basándose en la estética gótica y terrorífica del esplendor de Poe, Robert Eggers (creador de La Bruja) se embarca en esta nueva historia de terror ambientada en los viejos mitos marinos. Filmada en blanco y negro, 4:3 y 35 mm, Eggers la hace funcionar como homenaje al cine mudo del expresionismo.

Es cierto que el visionado va preparando poco a poco al espectador para los marcados excesos que rugen en la segunda parte de la película (a los que, por cierto, el cine moderno más mainstream no nos tiene acostumbrados). Unos excesos que dan pie a la libre interpretación y que se basan en numerosos mitos.

Decía Albert Camus en El mito de Sísifo lo siguiente:

‘Todas las morales se fundan en la idea de que un acto tiene consecuencias que lo justifican o lo borran. Un espíritu empapado de absurdo juzga solamente que esas consecuencias deben ser consideradas con serenidad. Está dispuesto a pagar. Dicho de otro modo, si bien para él puede haber responsables, no hay culpables. Todo lo más consentirá en utilizar la experiencia pasada para fundamentar sus actos futuros.’

Este podría ser el mensaje oculto a lo largo de toda la obra. De principio a fin. En todo momento, se presentan justificaciones para cada acción realizada y reacciones inmediatas; no se maneja un culpable, debido principalmente a la simultaneidad de personalidades presentes, a veces un tanto confusas.

Nuestro aprendiz encarna el papel de Prometeo. Prometeo subió al monte de los dioses para robar el fuego y traer así el conocimiento a la humanidad.

Sísifo, fundador de Corinto, fue tan astuto que consiguió engañar a los dioses. Ya en el inframundo, el castigo impuesto tanto por Zeus como por Hades, consistío en subir una piedra de enorme tamaño (en la película, aceite) por la ladera de una montaña (El Faro). Una vez arriba, la roca caería al valle, repitiéndose de nuevo el ciclo por toda la eternidad. Esta escena es recreada literalmente dentro del film.

‘Los dioses habían condenado a Sísifo a transportar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con algún fundamento, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza’. Albert Camus

El momento trágico coincide con el de la locura, cuando el personaje siente la condición del absurdo. Es en la tragedia antigua donde podemos mirar el esencialismo del mundo de manera profunda, en un dualismo de contrarios, entre lo finito e infinito: Maestro y aprendiz, calma y tormenta, luz y oscuridad. Prometeo y Proteo.

‘El camino arriba y abajo es uno y el mismo.’ Heráclito

Esta frase de Heráclito bien encaja con la conocida serie de Fibonacci, representación matemática del infinito, visible desde dos puntos de vista, desde la parte inferior del faro (plano terrenal) y la parte superior (parte celestial). Dos posiciones, dos puntos unidos por una línea recta, como dirían los seguidores de la secta pitagórica, cómplices incondicionales de este desarrollo del concepto dual. Las matemáticas unirían el mundo sensible, atenuante a los sentidos (parte inferior), y el mundo de las ideas (parte superior). Tal es el concepto que desarrolló Platón, a través de la influencia pitagórica, de las matemáticas. El número 3 -representación del misterio divino, presente en numerosos mitos y conceptos religiosos, símbolo de los dioses- aparece como el número de avisos que las gaviotas -poseedoras de almas inferiores- dan a nuestro protagonista con la intención de parar al pobre Prometeo en su intención de desentrañar la verdad.

Nuestro aprendiz encarna el papel de Prometeo, buscando la luz. Prometeo subió al monte de los dioses para robar el fuego y traer así el conocimiento a la humanidad. Por otro lado, el maestro farero sería Proteo, dios del mar, ‘anciano hombre del mar’, como diría Homero. Castigado, un águila devoraría el hígado de Prometeo. Pero al ser inmortal, el órgano le crecería de nuevo, sufriendo cada día un sufrimiento inimaginable y eterno.

Cuatro semanas son las que tienen ambos, aprendiz y maestro, para llevar a cabo todo esto. Número clave en la naturaleza del hombre. La Ley Universal, y la justicia inexorable.

Share this post

Adolfo Martínez Rodríguez

Estudiante de Filosofía residente en Rotterdam (Holanda). Músico, compositor y bioquímico. Participo organizando el Festival de Cine Global de La Haya.

1 comments

Añade el tuyo

Publica un nuevo comentario