La primera cita (2018), de Jesús Ponce – Crítica

La primera cita

Las pretensiones de Jesús Ponce en La primera cita son loables y admirables. Aunque insuficientes para mantener el interés de una obra en la que resulta difícil entrar, pero tremendamente fácil salir.

Isabel, ama de casa de mediana edad, nunca ha recibido demasiadas atenciones de su marido Sebastián, un alto cargo militar prejubilado. A pesar de los largos años de matrimonio, no ha podido evitar sentirse sola, cuasi invisible. No le ha faltado nada material, es cierto, pero precisamente lo que ha añorado durante tanto tiempo no es algo que pueda comprar el dinero. Un alma ignorada paradójicamente condenada a olvidar, pues ha sido diagnosticada de Alzheimer. Ahora, en ese presente incierto que no hace sino anticipar un futuro desolador, Sebastián se verá obligado a intercambiar roles con Isabel, descubriendo no solo la difícil existencia que su mujer ha tenido, sino también secretos de un pasado demasiado lejano.

Jesús Ponce, realizador sevillano de filmografía notoriamente social se reúne de nuevo con viejos conocidos para dar forma a una historia íntima, sello de la casa, de pocos personajes, y drama siempre presente. Como en su anterior trabajo, estamos ante una obra de puesta en escena humilde, pero, a diferencia de Todo saldrá bien(2015), nos encontramos con un libreto que no acompaña, que decide enseñar demasiado rápido sus cartas y que se limita a jugarlas una y otra vez. La enfermedad, que va y viene a conveniencia del guionista/director. La banda sonora lacrimógena, que trata de sensibilizar al espectador enfatizando el cuándo y el por qué. La falta de tacto de Sebastián, que parece deba quedar patente en todas sus escenas.

Ponce aborda la enfermedad desde el respeto, pero de forma anodina. Los ingredientes son similares a Todo saldrá bien, pero el resultado es mucho más discreto.

Está claro que La primera cita no ha tenido que ser una película fácil de rodar, empezando por su temática y terminando por sus escasos medios. Y que las pretensiones de Jesús Ponce son loables y admirables. Pero, en el caso que nos ocupa, son insuficientes para mantener el interés de una obra en la que resulta difícil entrar pero tremendamente fácil salir. La trama apenas avanza y se empeña en mostrarnos de forma reiterada las equivocaciones de Isabel, resultando todo excesivamente obvio. No hay mayor interés que el asistir a las interpretaciones de Isabel Ampudia, Sebastián Haro y, especialmente, Mercedes Hoyos, cuyo personaje se beneficia de una mayor credibilidad al estar mejor perfilado.

Film humano, que busca conmover al público pero que lo hace con tosquedad. Ponce aborda la enfermedad desde el respeto, pero de forma anodina. Los ingredientes son similares a Todo saldrá bien, pero el resultado es mucho más discreto, más cercano a una ópera prima bienintencionada que al fruto de un cineasta de trayectoria consolidada.

Aunque se agradece el esfuerzo realizado, La primera cita acumula suficientes fallas como para pasar desapercibida por la cartelera patria. Solo recomendable a aquellos apasionados del cine comprometido.

La primera cita

Sinopsis Isabel sufre un brote de Alzheimer. Empieza entonces a confundir a su esposo con otras personas, y es así, por accidente, que Sebastián descubre la verdad que nunca reconoció sobre su agrio carácter.
País España
Dirección Jesús Ponce
Guion Jesús Ponce
Música Juan Cantón
Fotografía David Barrio Calderón
Reparto Isabel Ampudia, Sebastián Haro, Mercedes Hoyos, Víctor Clavijo, Mario Ayuso, Darío Paso, Ana Cuesta, Daniel Morilla, Carlos Bernardino, Lucía Hoyos, Andrea Haro
Género Drama
Duración 104 min.
Título original La primera cita
Estreno 03/05/2019

Calificación4.5
4.5

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Guillermo Pérez-Aranda Mejías

Soy un escritor romántico con matices quevedescos. Disfruto con lo absurdo del surrealismo y me apasiona encarcelarme en mi castiza torre de marfil, donde desarrollo mi creatividad rodeado de música, de libros, de cine y de lo más selecto de la humanidad huyendo así, en la medida de lo posible, de lo más mundano. Roquero trasnochado y poeta de lo grotesco, he decidido, como si fuera un samurái que se destripa por su honor, entregar mi vida por entero al arte.

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